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Morir de hambre y no por contagiarse de la Covid-19 es el temor de decenas de familias que se ganaban la vida en las ferias errantes, en los juegos mecánicos, puestos de pan o comida, rifas, canicas, lotería, tiro al blanco… Apostados en avenidas, buscan sobrevivir de la caridad, vendiendo sus alcancías y peluches o intercambiándolos por despensa.

El mayor miedo de los ferieros de México es morir por hambre y no por Covid-19. Este sector de trabajadores informales lleva casi 10 meses sin poder obtener ingresos de la tradición familiar que los sostiene: las ferias errantes. Es el caso de 79 familias –cuyos integrantes varían de 10 a 20 personas– que actualmente  sobreviven gracias al cambalache de sus alcancías por comida o dinero con quienes transitan por la avenida Central y Nuevo Aragón, en el municipio de Ecatepec de Morelos, Estado de México.

Desde el 31 de marzo de 2020, cuando se emitió la Declaratoria nacional de emergencia sanitaria por la pandemia, profesiones y oficios no esenciales –entre ellos los ferieros– dejaron de laborar para prevenir los contagios de Covid-19. Las personas dedicadas a vender diversión –mediante juegos mecánicos y puestos de comida, canicas, tiro al blanco, en fiestas patronales religiosas, fiestas de mercados, aniversarios de colonias o pueblos, entre otros festejos– se encuentran varadas donde la suspensión de actividades les tomó por sorpresa, pues se mueven a lo largo y ancho de la República “como gitanos”, aseguran.

Sobre uno de los camellones de Avenida Central, a unos cuantos metros de la estación del Mexibus Palomas se observan decenas de alcancías de diferentes figuras. Detrás de ellas, sentado bajo una lona, está Bernardo. Vigilante, mira el pasar de los automóviles y de las personas.  Mientras tanto Marisol, su compañera de vida, y su hija menor de 7 años, Kimberly, botean (piden limosna) entre el tránsito de la avenida.

Sólo uno de los carros se detiene y hace caso al audio que se reproduce de una de las bocinas; esta llama a apoyar a la familia Morales, ya sea con uno o dos pesos o productos de la canasta básica, así como con la compra de una de las figuras de cerámica exhibidas, lo hacen para subsistir y poder regresar a sus municipios de origen, explica Bernardo Morales de la Rosa. “Estamos aquí parados porque no tenemos con qué movernos”.

La familia Morales tuvo que quedarse en Ecatepec, debido a que la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2 hizo parar las fuentes de trabajo de miles de “compañeros”, dejándolos varados a su suerte en pueblos y comunidades.

El hombre de 51 años nació en la feria, bajo el techo de lámina de un remolque, y cuenta que él y su familia de cuatro integrantes decidieron mantener su pequeño remolque en la entrada del municipio de Ecatepec y no moverse a zonas más rurales como Teotihuacan o Texcoco, pues los niveles de pobreza ahí son mayores.

“Aquí en la entrada a la Ciudad [de México] es donde hay un poquito más de recursos y a nosotros nos agarra de paso porque la gente que viene a los centros comerciales de la Central de Abasto pasan por aquí”.

Los primeros 2 meses de iniciada la Jornada Nacional de Sana Distancia, la gente “respondió: nos traía frijoles, arroz, sopa, aceite”. Los productos donados fueron repartidos entre quienes permanecen en este municipio, así como en estados aledaños como Guerrero e Hidalgo.

Miguel Ángel Morales Delgado, sobrino de don Bernardo, quedó varado junto con Mariana Sánchez Ramírez, su compañera de vida, y su hijo recién nacido, en la colonia Nueva Aragón, también en Ecatepec. El joven de 21 años explica que “nos han traído ropa, zapatos y hasta despensas, nos han ayudado económicamente con algo. Nosotros no vamos a pedir tanto, o sea, lo que nos quieran ayudar”.

No obstante, así como han recibido ayuda, también insultos, pues han sido tachados de “huevones”, detalla Bernardo Morales de la Rosa. Incluso, Miguel Ángel agrega que hay quienes cuestionan “dónde está el dinero que ganamos [antes de la contingencia sanitaria]. Creen que ganamos mucho y no es así”.

Sobrevivir con 100 pesos al día

En tres días, durante tiempos normales, cuando podían trabajar sin restricciones y sin el temor de contagiarse por el coronavirus, ganaban entre 2 mil y 3 mil pesos, aseguran, pero sólo si trabajaban los días más fuertes: viernes, sábado y domingo. Con ese dinero tenían que pagar los permisos necesarios a las autoridades locales, la mercancía que necesitan, gasolina y peaje, además de su propio sustento.

Miguel Morales recuerda que el último día que pudieron trabajar fue lunes, antes de que Protección Civil les diera la orden de ya no laborar, pues si lo hacían los multarían. Aquel día no hubo ganancias, recuerda.

Ahora Miguel Ángel se cuestiona: “qué vamos a trabajar si los juegos están orillados”. Por lo que, a decir del señor Bernardo Morales, “a veces sólo sacamos 100 pesos diarios”, otros días “nos vamos con las manos vacías”. Ambos tienen en cuenta que mucha gente ha perdido sus empleos y también sufre los estragos de la crisis.

Así, en esta nueva normalidad los ferieros sobreviven con 500 o 600 pesos a la semana, cuando los gastos de una familia de cinco personas es de 3 mil pesos, “porque tenemos que pagar agua, luz, comida y alimentos”.

Para ellos no hay opción para ahorrar si quiera un poco y destinarlo a comprar la botella de insulina de 500 necesaria para atender la diabetes de Bernardo Morales, o juntar para su diálisis. “Muchas veces hemos ido al gobierno para que nos apoye pero no hay recursos”.

Como “no soy derechohabiente, en el Seguro [IMSS] me niegan los medicamentos. He ido a las clínicas de las colonias, pero no la hay, me niegan y me dicen que son escasos los medicamentos y que debo llevar una receta médica de una dependencia del gobierno”. Receta con la que no cuenta.

Bernardo Morales se dice avergonzado de tener que sobrevivir de esta manera, pues una persona adulta como él, a quien le enseñaron un oficio, hoy tiene que “estar en la calle pidiendo limosna”. Aunque, afirma, muchos han buscado emplearse: sólo su sobrino logró poner un puesto de comida cerca de su remolque. “Por falta de estudios [a la mayoría] no nos lo dan y muchos de nosotros, con trabajo terminamos la primaria porque nacimos en la calle”.

El hambre y la inseguridad, lo más difícil de enfrentar

Como los ingresos obtenidos al día son pocos, si bien les va, hay ocasiones que “no nos llevamos ni un trago a la boca porque preferimos que nuestras criaturas coman”, dice Bernardo Morales.

Por eso, los Morales de la Rosa “le tenemos más miedo a morir de hambre que de Covid: sabemos que de coronavirus moriremos en dos o tres días en un hospital; pero de hambre, la agonía es más lenta. Morir de hambre por una infección renal está más complicado que morir de una enfermedad como el coronavirus”.

En este tiempo, para la familia de Miguel Ángel Morales el hambre ha sido y será el principal reto a enfrentar: “de dónde vamos a sacar dinero. Hasta cuándo vamos a vender alcancías, si tenemos el material justo”.

La desesperación acompaña la pobreza. Mariana Sánchez Ramírez, de 20 años y de oficio feriera, considera que lo más difícil, al principio, fue no conseguir un empleo. “Nosotros salíamos a buscar trabajo y nos decían que no había vacantes. Nos sentíamos muy mal en ese aspecto porque ya no teníamos dinero. [Los vecinos] nos llegaron a apoyar con despensas o con dinero  para nuestro hijo”. Ni con estudios de preparatoria, su esposo Miguel encontró un empleo formal “por lo mismo de esta situación que nos pasó a amolar”.

La delincuencia es otra variable por la que viven preocupadas las dos familias. Y es que al habitar la vía pública, en un camellón de la avenida Central o San Juan de Aragón, los riesgos incrementan, aseguran a Contralínea.

Bernardo Morales de la Rosa expone que los delincuentes se roban desde las lámparas de los juegos hasta los fierros de los juegos mecánicos, para venderlos al kilo. Lo que son unas cuantas monedas para los delincuentes, son años de inversión para las familias.

Eso no es lo peor. A sus dos hijas (Kimberly Alondra de 7 años y Dana Paola de 13 años) y a su esposa Marisol, de 26 años, las han tratado de violar. “Han intentado abrir el remolque y meterse a la fuerza”.

La señora Mariana Sánchez también teme lo peor. Por eso, en cuanto escucha “cualquier ruidito me asomo por algún hoyito para ver quién es. Como tengo perritos, ladran cuando se acercan. Sí me da miedo que llegue a pasar otra cosa, pero es lo que estamos aquí. Entre familia nos cuidamos”.

Robo, secuestro o sufrir violencia sexual son sólo algunos de los riesgos que corren, puesto que muchos “deben buscar lugares en terrenos baldíos o insalubres: el gobierno no nos quiere ver en los camellones que porque damos mal aspecto, una mala imagen al municipio. Somos obligados a escondernos en terrenos baldíos, en los cuales somos presa fácil”, dice Bernardo Morales.

Al vivir en condiciones insalubres, Morales de la Rosa afirma que “han fallecido alrededor de mil personas del gremio. Sin embargo, para el gobierno no valemos. Nos hemos presentado ya con las actas de defunción a decirles: ‘miren, los ferieros se están muriendo de Covid”. Pero no hubo apoyo, denuncia.

Invisibles para el gobierno

“Para el gobierno municipal y estatal no somos nada, porque cuando nos utilizan que para un evento de política ahí si estamos, pero ahorita…”, manifiesta Miguel Ángel Morales. Sólo han recibido una despensa por parte del presidente municipal de Ecatepec, Fernando Vilchis Contreras. Pero fue “a raíz de que nosotros nos acercamos a ellos”.

El 13 de abril fue la primera vez en que alrededor de 100 ferieros marcharon al Zócalo capitalino para dirigirse a la Secretaría de Bienestar. Llegaron, pero les fueron requeridos documentos oficiales como la credencial de elector, comprobante de domicilio, acta de nacimiento. Documentos “con las cuales los ferieros no contamos”.

Ante la ausencia de la documentación para que pudieran acceder a un préstamo de 6 mil pesos, se comprometían a dejar las facturas de sus camionetas. “Pero con ese dinero no comemos más de una semana”. La propuesta de los trabajadores no fue aceptada por las autoridades, asegura Bernardo Morales.

Incluso advierte que fueron víctimas de discriminación en las oficinas de la Secretaría: “cuando nos presentamos en las oficinas del Bienestar nos rechazan, nos ven como animales raros, casi se tapan la nariz y nos sacan a empujones  porque dicen que no valemos porque no tenemos la documentación.  Nosotros de dónde vamos a tener tantos documentos si, con trabajo, tenemos estudio”.

Pasados 10 meses de suspendida su actividad laboral y en pleno semáforo rojo declarado en el Estado de México, el gremio continúa a la espera de que el gobierno los ayude de alguna forma. “Vamos a tardar años en poder abrir de nuevo”.

La Unión de Ferieros pide ser reconocida, porque “también forma parte de una sociedad. Es importante que el gobierno nos voltee a ver y contemple el plan de sanitización de la asociación cuando regresemos a  actividades: contamos con gel, cubrebocas, dispensadores porque estamos haciendo un plan de trabajo para cuando el gobierno nos permita regresar a las calles. Ya tenemos barandillas, sanitizadores”.

 

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