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“Cuando los periodistas nos encontramos en grave peligro, siempre hay una voz que pregunta: ‘¿Por que??’. ¿Cómo demonios hemos acabado arriesgando así nuestra vida? ¿Por el director? ¿Por la aventura? O sencillamente porque no pensamos, no calculamos los riesgos, no nos preocupamos de reflexionar que toda nuestra vida, nuestra educación, nuestra familia, nuestros amores y nuestra felicidad, estaban a la merced del azar y unos pocos párrafos […]. El tópico nos dice que la vida no cuesta nada. No es verdad. La muerte no cuesta nada. Es fácil, terrible y completamente injusta.”

Eso le pasaba por la cabeza a Robert Fisk mientras corría en medio de un bombardeo que se cebaba contra una humilde población afgana. “¿Por qué?”, seguía reflexionando escondido en un humilde hogar que encontró como refugio luego de ser perseguido…

A sabiendas del peligro, había decidido abandonar el hotel que los gobernantes habilitaron para la prensa. Los demás periodistas y corresponsales se habían quedado en la ciudad, a salvo. Él solo (un loco, sin duda, se recriminaba a sí mismo) se desplazó a la región que padecería el ataque inminente, para ser testigo de cómo enfrentaría la población lo que se le venía encima. La cita, como las demás de este texto, son tomadas de su penúltimo libro La gran guerra por la civilización. La conquista de Oriente Próximo (2005, Ediciones Destino).

No viene al caso detallar en dónde fue y en qué año. Ahí está su obra para releerla y estudiarla. Este tipo de situaciones se convirtieron para él cotidianas por más de 3 décadas en todos los países de Oriente Medio que caminó este trotamundos. Pero no se quejaba. Era periodista. Decidió consagrar su vida a la sociedad y aceptó una vida de adrenalina, peligros, presiones y amenazas.

Así que debía estar ahí, donde está la injustica, la violencia, la guerra. Escribió, incluso con gracioso tino, desde su propia experiencia: “El destino de los periodistas es estar en el lugar adecuado en el momento adecuado y, más a menudo, en el lugar equivocado en el momento equivocado”.

Mientras el grueso de los corresponsales de guerra mandaba sus notas desde hoteles o salía “empotrado” a la cola de los ejércitos invasores, Fisk caminaba las calles de las poblaciones la víspera de que fueran arrasadas. También estaba ahí cuando no había ataques pero la guerra se expresaba de otras formas: hambruna, ejecuciones extrajudiciales, enfermedades. Sus ojos se posaban en “[…] el tipo de lugar que nadie visita nunca. El pueblo, un rectángulo de casas de una planta de barro y arcilla, se encontraba al final de un camino de tierra; un grupo de niños y un montón de estiércol en el que picoteaban unos pollos gordos daban la bienvenida a los desconocidos”.

Fisk reporteó desde el mismo lado de los vulnerables, las víctimas, los bombardeados, las violadas, los de miembros amputados, los huérfanos: “de los que sufren”, pues. No creía en la “imparcialidad”.

No nos confundamos. Fue crítico con todos los entes beligerantes. Denunció a todos los bandos en pugna. Era criticado, temido y, a regañadientes, respetado finalmente por todos quienes hacían la guerra.

Podemos advertir un dejo de orgullo, de saber su deber cumplido, cuando los poderosos de una y otra facción enfurecían con su trabajo: “Mi forma de periodismo, que debía ‘condenarse con firmeza’, al menos tenía el mérito de molestar a ambos bandos”.

Lo que le preocupaba era fallar como periodista. Un reportero que miente, oculta o, por incapacidad, falla se hace cómplice de los perpetradores, de los poderosos:

“Cuando los periodistas no logramos transmitir a los lectores la realidad de los hechos, no sólo hemos fracasado en nuestro trabajo, sino que también tomamos partido [incluso involuntariamente] en los sangrientos acontecimientos de los que se supone que informamos. Si no podemos contar la verdad sobre cómo fue abatido un avión civil –porque eso perjudicará a ‘nuestro’ bando en una guerra, o porque retratará a uno de los países que ‘odiamos’ en el papel de víctima, o porque podría molestar al dueño del periódico–, estamos contribuyendo a esos mismos prejuicios que provocan guerras en primera instancia. Si no podemos denunciar a un buque de la marina que acribilla a civiles en el cielo, estamos convirtiendo futuros crímenes de la misma clase en algo tan ‘comprensible’ como la señora Thatcher creyó que éste lo era. Si se borra el pánico y la incompetencia de los estadunidenses –cosas que quedaron desveladas durante los meses siguientes– y se insinúa que un piloto inocente es un fanático suicida, ya sólo es cuestión de tiempo que se derriben más aviones de pasajeros. El periodismo puede ser letal.”

No animaba a Fisk el ansia de reconocimientos. De hecho y a pesar de merecer los más importantes, apenas recibió unos cuantos. Desde Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel se bloqueaban los premios que podrían otorgársele. Para lo que le importaba.

Periodista de investigación, no se contentaba con hacer la crónica de un bombardeo, un ataque. Buscaba explicar las causas, desnudar las verdaderas razones de los poderosos, y los efectos en las personas. Documentar los crímenes de guerra y lesa humanidad. No se iba cuando todos se iban:

“Siempre vuelvo a las antiguas guerras y hablo con los antiguos soldados. Vuelvo a Irlanda del Norte, a Bosnia, a Serbia, a Argelia y al sur del Líbano, a Kuwait y al Bagdad de después de la invasión. Supongo que intento desentrañar el sentido de lo que he atestiguado, colocarlo en un contexto con el que no contaba mientras intentaba conservar la vida y hablar con los hombres con quienes –si bien brevemente– compartía esas pesadillas. Creo que estoy esperando que el calidoscopio deje de girar para ver los pedacitos de recuerdos sueltos reflejados en una imagen definitiva e irremediable. ¡Conque de eso se trataba! A veces, al escribir este libro, oigo moverse las piezas de cristal del calidoscopio, como el sonido del disco duro de mi portátil, que abre aplicaciones y programas mientras tecleo en busca de una conclusión, una pantalla clara con un recuerdo indiscutible.”

Y es que, en el fragor de los ataques, a veces sólo podía decirse: “[…] qué narices importa el peligro… tú contempla la guerra”.

Finalmente, él mismo respondió con claridad las preguntas que se hacía y con las que iniciamos este texto. ¿Para qué arriesgarse? ¿Para qué ser rebelde frente, incluso, a los medios para los que trabajó? Para no ser cómplice de la injusticia; para tratar de llegar al fondo de los hechos, revelar de dónde viene la violencia y estar del lado de los que sufren… En fin, para hacer un poco mejor este mundo. Honestidad a toda prueba. Nadie llenará el hueco que deja. Hasta siempre, Fiski.