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El 17 de julio de 1861, durante la presidencia de Benito Juárez, el Congreso suspendió por 2 años los pagos de la deuda, pues consideró prioritario atender las necesidades de la Nación (Miranda Basurto, 1962: 215).

En este periodo podemos observar que la política de Morelos y al triunfo de la Independencia la postura fue de no reconocer deudas. Fueron los conservadores: Lucas Alamán, Anastasio Bustamante, Miramón y Zuloaga quienes endeudaron al país y que todos los gobiernos progresistas: Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Valentín Gómez Farías y Benito Juárez suspendieron el pago de la deuda para atender las prioridades del país y de su población.

Este pretexto fue utilizado por tres potencias para intervenir militarmente en México. Con el apoyo de los conservadores, derrotados en la Guerra de Reforma y quienes no dudaron en recurrir a los extranjeros para oprimir a su propio pueblo, Inglaterra reclamaba 70 millones, Francia 27 millones y España 10 millones.

Frente a un enemigo muy superior militarmente, con necesidad de retroceder de ciudad en ciudad y en ocasiones a un paso de la muerte, el presidente Juárez no depuso jamás las armas, no accedió nunca a un compromiso con el enemigo. Rechazó con energía todas las proposiciones de paz de Maximiliano y encontró en el pueblo de México la fuerza para resistir y triunfar sobre el poderoso ejército francés y aliados.

En 1867, después del triunfo de la lucha del pueblo de México contra los invasores extranjeros Juárez se negó a reconocer las enormes deudas contraídas por Maximiliano que ascendían a 281 millones de pesos, así como lo hizo antes con los empréstitos que pidieron los gobiernos conservadores de Miramón y Zuloaga.

Maximiliano había aprobado un tratado en 1886 en el que a cambio de nuevos créditos se comprometía a pagar a Francia casi de la mitad de los ingresos del gobierno.

Oponiéndose al pago del adeudo de 450 millones de pesos que le exigían, Benito Juárez y su ministro de Hacienda, José María Iglesias, consiguieron hacer ajustes y bajar el adeudo con el exterior. Solo reconocieron 84 millones de pesos (González Luis, 1978:185).

Entonces la deuda se contabilizaba en pesos, la paridad era de 1 peso por 1 dólar. En esos años, el peso estaba mejor cotizado que el billete verde, en 1859 se pagaba 0.92 pesos por dólar.

Porfirio Díaz concilió en todo con los capitalistas extranjeros, buscó la importación de capitales y la restauración de nuestro crédito mediante el reconocimiento de viejas deudas nacionales, dando garantías y facilidades al capital para atraerlo a México. Con el fin de congraciarse con los capitales internacionales, Porfirio Díaz negoció en términos muy desfavorables la deuda exterior y reconoció en los primeros años de su mandato la suma de 191 millones 385 mil 781 pesos. La política antinacional del régimen porfirista, que tendió a convertir a México en un país semicolonial y dependiente de Estados Unidos y Europa, se manifestó también en el renglón de la deuda, que creció desmedidamente al alcanzar los 441 millones de pesos en 1910 (Meyer Lorenzo, 1978: 57) Porfirio Díaz también devaluó la moneda, para 1905 ya estaba a 2 pesos por dólar.

A esa suma de 441 millones de pesos heredada del porfirismo se habría de añadir la de 40 millones de pesos contratados por los gobiernos de De la Barra y de Madero, más 16 millones de libras esterlinas obtenidas en Europa por Victoriano Huerta, suma que nunca reconocieron los revolucionarios. Después de haber estallado la Revolución Mexicana se suspendió el pago de la deuda en el año de 1919 (Meyer Lorenzo, 1978: 57). Nada más natural, ya que la revolución campesina de 1910 estaba dirigida contra los terratenientes y grandes burgueses nacionales y extranjeros.

Después de la Revolución y en contra del espíritu nacionalista por el que derramaron su sangre los mexicanos que lucharon contra la dictadura y la usurpación, el presidente Álvaro Obregón, quien quería congraciarse con Estados Unidos para reestablecer las relaciones diplomáticas, firmó en 1922 en el marco de los Tratados de Bucareli un convenio sumamente desventajoso y oneroso para el país, aceptando las deudas de las dictaduras de Porfirio Díaz y Victoriano Huerta, reconociendo una deuda externa de 1 mil 450 millones de pesos.

A la luz de este triste hecho se aclara y engrandece la prevención de Emiliano Zapata en contra de la fracción burguesa-terrateniente que hegemonizó la Revolución tras derrotar los ejércitos populares de Francisco Villa y de Zapata. En octubre de 1916 el caudillo del sur, en su Exposición al Pueblo Mexicano y al Cuerpo Diplomático, manifestó que “La Revolución no reconocería y declaraba formalmente nulos y sin valor los tratados, acuerdos y convenios que pudiera realizar el carrancismo con potencias extranjeras o con particulares de otros países, tanto si estaban relacionados con indemnizaciones, concesiones, préstamos o cualquier otro tipo de asuntos”.

Por otra parte el 5 de noviembre de 1915, semanas después del reconocimiento a Carranza por parte de Washington, el general Villa publicó, desde Naco, un manifiesto a la nación en el que declara: “Nuestra Querida Patria está en peligro. Todos debemos unirnos para rechazar la invasión de nuestros eternos enemigos, los bárbaros del norte”. En el manifiesto exigía la confiscación de los bienes de las compañías extranjeras ya que “los norteamericanos son en gran medida responsables de las calamidades de nuestra nación (…) por lo tanto han perdido el derecho de poseer bienes inmuebles. ¡México para los mexicanos!” y exigía la nacionalización de las minas y líneas ferroviarias, y cerrar la frontera para promover la manufactura nacional. Además, propone la abolición de la deuda pública.

Sin embargo, los pagos acordados inicialmente por Obregón no pudieron efectuarse por diversas razones y se suspendieron en 1923. En 1925 Calles volvió a negociar las obligaciones, separó la cuenta de la deuda ferrocarrilera y contempló pagar 890 millones de pesos. En 1927 México tuvo que volver a suspender sus pagos.

En 1930, además de la deuda facturada, los intereses extranjeros reclamaban la indemnización por los daños sufridos por la revolución y además la deuda por las expropiaciones agrarias. Reclamaban un gran total de 1 mil 400 millones de pesos. El 25 de julio de 1930 se firmó un tercer convenio con el Comité Internacional de Banqueros sobre la deuda mexicana. En virtud del convenio Montes de Oca-Lamont, México reconocía una deuda de 267 millones de dólares. El monto de la deuda volvió a disminuir por haberse cancelado una buena parte de los intereses vencidos desde 1914. Se hizo un primer pago de 5 millones de dólares, pero luego, debido a la depresión se suspendieron pagos durante dos años. “Y posteriormente en 1933 el gobierno mexicano se declaró incapacitado para hacer frente a sus deudas externas como resultado de los estragos causados por la crisis mundial” (Meyer Lorenzo, 1978: 61).

Durante el mandato de Lázaro Cárdenas continuaron suspendidos los pagos de la deuda y no se le concedió ningún crédito a México. Además, como reacción a la expropiación petrolera y la Reforma Agraria, las potencias imperialistas bloquearon a nuestro país, le cerraron los mercados petroleros, le negaron la venta de refacciones y tecnología, suspendieron la compra de plata mexicana a un precio preferencial, y exigieron a México el pago inmediato de las compensaciones. Pero no lograron su objetivo y México salió adelante, reforzó su soberanía nacional. En esa época The Wall Street Journal de Estados Unidos publicaba: “Durante 25 años México ha sido una espina clavada en el corazón de Estados Unidos”.

El Instituto Mexicano del Petróleo, fundado por Lázaro Cárdenas, impulsó el desarrollo tecnológico de México, lo que le dio independencia a la industria, por ejemplo, el tetraetilo de plomo, que era necesario para elaborar la gasolina, sólo era vendido por tres compañías extranjeras. Cuando los mexicanos se decidieron a producir esta sustancia de muy difícil elaboración, altamente peligrosa y sumamente tóxica, y su tecnología era monopolio de la empresa angloholandesa Shell, el directivo de esta empresa alardeó públicamente y con burla que “iba a beber cada gota de tetraetilo de plomo que los mexicanos fuesen a producir”. Pero más bien se tragó sus palabras porque México produjo, no sin sufrir sabotajes y percances, el tan necesario tetraetilo de plomo.

México se apoyó en sus propias fuerzas y venció. Cabe remarcar que el boicot decretado por las compañías extranjeras como respuesta a la nacionalización del petróleo fue total. En esa época no vendían a México ni un tornillo, ni le compraban una gota de petróleo. Pero la inventiva y capacidad creadora de los obreros y técnicos mexicanos produjeron las piezas que antes importaba, mismas que fueron fabricadas con ingenio y precisión, surgiendo así, las grandes refinerías de Salamanca, Azcapotzalco, Minatitlán, Poza Rica, Ciudad Madero y Reynosa.

El arreglo para el pago de la deuda externa, así como la indemnización por las expropiaciones agrarias y las compensaciones por daños causados a intereses extranjeros durante la Revolución no se impulsaron durante el régimen cardenista, que mantuvo la suspensión de pagos. En 1940 la inversión extranjera directa había llegado a su punto más bajo. La estadunidense, que al finalizar el porfiriato se había calculado entre 745 y 1 mil 230 millones de dólares era de sólo 300 millones de dólares (González Luis, 1978,197).

Bibliografía

González, Luis. 1978. “El Liberalismo Triunfante”, en Historia General de México. Tomo 3. El Colegio de México.

Miranda Basurto, Ángel. 1962. La Evolución de México. Editorial Herrero.

Meyer, Lorenzo. Historia de la Revolución Mexicana. Tomo 13. El Conflicto social y los gobiernos del Maximato. El Colegio de México. 1978. México DF

Pablo Moctezuma Barragán*/Segunda de tres partes

* Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social