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Última parte. Massimo Madonesi, uno de los estudiosos de la teoría y los procesos de revolución pasiva, explica sus ventajas y dificultades de la siguiente manera: “el potencial del concepto de revolución pasiva en relación con el análisis histórico ha sido confirmado por las múltiples y diversas aplicaciones que se le han dado y se le siguen dando en el terreno historiográfico. Más problemático es su uso como clave de lectura de fenómenos en curso o que tienen lugar en los escenarios abiertos de la hora presente. Sin embargo, asumiendo que una revolución pasiva es un proceso pero también y simultáneamente un proyecto, es posible y pertinente colocar el análisis en el presente y no sólo retrospectivamente en el pasado.” (21/06/2016).

Efectivamente, la problemática teórica surge al aplicarlo a una situación en movimiento, a un proceso dinámico del presente, a un proyecto en curso, a una dialéctica de fuerzas políticas en un contexto progreso-restauración, cambio-preservación del statu quo, como es el caso de México. Se trata de dos tendencias que chocan constantemente, que no necesariamente se repelen, porque la conciliación puede actuar desde ambos lados, salvo que alguna de las dos fuerzas que está detrás de cada una de las tendencias decida no hacerlo e ir a la confrontación. El proceso entonces cambia su dinámica.

Líder actual de la cuarta revolución pasiva en México con un programa progresista, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es quizá uno de los líderes de izquierda más heterodoxo que ha existido en México y América Latina, con fuentes de inspiración ideológicas en las diversas doctrinas políticas de contenido social orientadas a la lucha por la igualdad, la libertad y la fraternidad, incluyendo en su acepción más amplia la vertiente de la doctrina social del catolicismo-cristianismo latinoamericano (que tiene también posiciones conservadoras importantes), genéricamente identificada con las Comunidades Eclesiales de Base y la Teología de la Liberación surgida en la década de 1960, en el Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín (1968).

No hay espacio para abundar en esto. Sólo mencionamos una tesis del teólogo argentino Juan Carlos Scannone: “lo común a todas las distintas ramas o corrientes de la teología de la liberación es que teologiza a partir de la opción preferencial por los pobres y usa para pensar la realidad social e histórica de los pobres, no solamente la mediación de la filosofía, como siempre utilizó la teología, sino también las ciencias humanas y sociales”. (11 de febrero, 2015, Religión Digital).

El proyecto nacional alternativo tanto tiempo mencionado por la izquierda mexicana, convertido en programa político de la cuarta transformación a lo largo de las luchas obradoristas de 20 años atrás y de las múltiples contribuciones de otros movimientos sociales en México, anteriores y posteriores a la segunda guerra mundial de distinto contenido ideológico, programático y político-social, parcialmente por lo menos, es posible que el líder de esta cuarta transformación pueda aterrizarlo en la construcción de las bases esenciales de un nuevo modelo de desarrollo nacional para el bienestar, un nuevo pacto social que refunde el Estado mexicano para que emerja una cuarta república.

Dicho programa tiene una concepción política general: la reconstrucción nacional de México y la necesidad de un nuevo orden social, con dos grandes pivotes de cambio: el impulso a las políticas de bienestar social y la erradicación de la corrupción estructural, sistémica, para que pueda surgir una nueva institucionalidad pública que constituya la cuarta transformación histórica de México.

La lógica estructural es la siguiente: nuevo orden social que contenga un nuevo modelo económico que distribuya la riqueza y abata la enorme desigualdad social y cuyo eje transversal de todas las políticas públicas sea el bienestar social y los derechos humanos, una nueva hegemonía ideológica y cultural con nuevas bases educativas, culturales, de sustentabilidad ambiental y de valores sociales, un nuevo pacto social-constitucional que incluya: un nuevo sistema político, un nuevo régimen político para un Estado nacional transformado en sus prioridades estratégicas, que otorgue seguridad multifuncional, que ejerza la soberanía y auto determinación nacional, una nueva república federal, democrática, étnicamente incluyente, con un poder público descentralizado en sus tres niveles de gobierno, y ejercicio independiente de cada uno de los tres poderes de la república, sujetos al marco legal-constitucional, cuyo eje de la vida pública sea un ciudadano nuevo, reeducado y revalorizado.

Y una proyección regional-mundial de cooperación estratégica con las potencias occidentales y con los nuevos poderes globales emergentes de la región Asia-Pacífico, un nuevo modelo de cooperación con América Latina basado en la independencia nacional y el rechazo al hegemonismo regional-global para reforzar la soberanía nacional y la autodeterminación.

Pero, en materia de política exterior, el presidente AMLO rechaza la formación de nuevos “bloques político-ideológicos regionales” para contrarrestar el reagrupamiento de la derecha latinoamericana que modificó el equilibrio de poder en la región y la geopolítica subcontinental, como se lo propuso el presidente de Argentina en 2019. Sin embargo no rechaza los bloques económicos de libre comercio como el de América del Norte, que promueve de manera entusiasta como un motor de crecimiento de la economía mexicana. Así es su heterodoxia ideológica y política.

Esta heterodoxia pragmática es lo que lleva a otros analistas a descalificar desde la izquierda radical el proceso de revolución pasiva actual como de contenido progresista, que es el caso de Sergio A Méndez Moissen (trotskista): “en el terreno simbólico, la cuarta transformación se presenta como el inicio de un nuevo régimen político pero está muy lejos de integrar cambios o transformaciones que solucionen de forma parcial, pero cuando menos notoria, las demandas de la población harta de impunidad y de pobreza en México. En todo caso tenemos una caricatura de revolución pasiva y priman más los rasgos conservadores o restauradores. Existe una fuerte retórica de cambio, pero la política real es más y más conservadora. (14 de octubre, 2019).

Creo que en la cita hay mucha más pujanza ideológica que análisis histórico y teórico-político, incluso de coyuntura, porque si las políticas públicas del presidente López Obrador y su discurso ideológico y cultural fueran cada vez “más y más conservadoras”, ¿cómo explicar la creciente intensidad y animosidad de toda la oposición en México? Hablar ya a dos años de “una caricatura de revolución pasiva” es no tener el mínimo sentido de los procesos sociales en perspectiva histórica. La modernización porfiriana en México duró 35 años (1878-1911) y desembocó en una revolución activa; la modernización neoliberal llevaba 34 años, desde el ingreso al GATT, 1984-2018, y fue interrumpida por otro proceso de la misma naturaleza (“revolución pasiva”) pero de contenido adverso que lleva dos años. La historia se está escribiendo, no ha sido escrita. La situación mexicana es inédita.

Que se transfieran rentas públicas a los particulares más vulnerables (tan sólo cuatro programas sociales estarán costando este año 206 mil 300 millones de pesos, 19.7 por ciento más que en 2019, pero en total son casi 450 mil millones de pesos para todos los programas), dinero que antes se iba a corrupción, devoluciones fiscales a grandes corporativos privados, fideicomisos que financiaban campañas electorales y fraudes, negocios privados de la clase política, etcétera. ¿Eso es instrumentar políticas “cada vez más y más conservadoras” o “restauradoras”? No se puede escribir con tanta ligereza y superficialidad.

No será aún lo que muchos aspiramos ver, pero la política “es el arte de lo posible, no de lo deseable”. La política del cambio social se hace en el mundo de la realidad, no de las ideas, éstas guían la intencionalidad política y mediante ello se va transformando la realidad. Ni siquiera en las revoluciones activas sucede así, porque no hay decretos ideológicos que imperativamente cambien el entorno. La nueva realidad se construye, no se decreta.

La fuerza de oposición a este programa político en México (“todos contra AMLO”) está desarrollando una táctica de confrontación que viene subiendo de tono. Su apuesta estratégica es la polarización política total (que ha sido la estrategia de la oposición venezolana, por ejemplo) para detener el curso del actual proceso social en nuestro país. Quieren dividir a México en dos: los que apoyan a López Obrador y los que quieren derrocarlo y a su programa de la cuarta transformación. Es decir, pueden forzar el proceso político desde la conciliación al antagonismo. Siempre habrá esa posibilidad por remota que sea, como también habrá la posibilidad de que las fuerzas restauradoras ganen la mayoría social. Es la naturaleza de una revolución pasiva.

Por ello, empiezan a aparecer algunos momentos de violencia, muy probablemente tratando de llegar a un cierto clímax hacia el proceso electoral de 2021 que hasta hoy, no hay duda, puede ganar el bloque de fuerzas estructurado con el presidente, un entorno de cierta violencia política que provoque una reacción de las fuerzas más conservadoras en México y Estados Unidos.

Es una ruta muy arriesgada y desgastada porque pueden forzar el desarrollo desde una revolución pasiva progresista en México hacia una revolución activa, no armada, no, pero sí con un protagonismo cada vez mayor de las masas populares en las distintas coyunturas por las que vaya cursando el proceso político-social. Ésta aceleraría los cambios previstos en un horizonte temporal distinto, situación en donde aparezcan momentos de violencia gradual, pero ahora de signo contrario. Esto aumentará exponencialmente el rol de los cuerpos armados del Estado. Cuidado con eso, no le conviene a nadie, porque además, desviará la atención de tales cuerpos en su lucha actual contra el crimen trasnacional organizado, nuestra problemática estructural álgida.

Lo mejor hoy es que la dialéctica de la lucha política se mantenga en cauces conciliatorios, que no se desborden los marcos legal-constitucionales, porque una vez produciéndose ello y la consecuente polarización, el propio líder de la revolución pasiva –que atempera, que modula los probables antagonismos, que desmoviliza para conciliar– tendrá problemas serios para atemperar los ánimos de una masa popular que demanda triunfos políticos palpables y requiere acortar tiempos en la mejora sensible de su situación social.

Los juicios y encarcelamientos que pueden venir en algunos pocos meses pueden ser factores de contención transitoria, pero sólo mientras avanzan los demás cambios, no de manera permanente. Pero si la táctica opositora de hoy se vuelve una estrategia dominante y se decide tensar en todos los ámbitos, tensar la situación de manera que estos factores de contención transitoria no lleguen porque varios de los líderes opositores pueden ir a la cárcel, la situación política se vuelve más compleja aún para un mentor de la conciliación como el presidente López Obrador.

En esas estamos. Son los perfiles que hoy exhibe la revolución pasiva de contenido progresista comandada por AMLO y su grupo más cercano de colaboradores hacia la cuarta transformación y la cuarta república, teniendo una amplia base social como reserva de poder y apoyo, semi-movilizada tratando de hacer avanzar su programa en condiciones que se pueden ir complicando.

Jorge Retana Yarto*

*Licenciado en Economía con especialidad en inteligencia para la seguridad nacional; maestro en administración pública; candidato a doctor en gerencia pública y política social. Tiene  cuatro obras completas publicadas y más de 40 ensayos y artículos periodísticos; 20 años como docente de licenciatura y posgrado; exdirector de la Escuela de Inteligencia para la Seguridad Nacional.