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Un día inesperado sus pasos no llegaron. Su voz se fue como en un túnel en el tiempo. El familiar simplemente dejó de comunicarse y nunca se le vuelve a mirar. El rostro quedó marchito. Nada se sabe, como si la tierra se lo hubiera tragado. Pasa un día, pasan dos, tres sin ninguna noticia; pasan las horas en vilo entre la desesperanza y la esperanza de que ande por ahí o de que llegue a la casa…

Buscas cualquier idea que ande revoloteando en el pensamiento o te imaginas algo positivo para que siga la llama de la esperanza. Los días siguen infinitos rogándole a un Dios para volver a ver a tu familiar. La eternidad de los días pasa. Se parecen más a la desesperanza porque te sientes impotente ante la desaparición de un ser querido.

Giovanny Jaimes Contreras desapareció el 30 de agosto de 2019. Justo se cumplió un año en el Día Internacional de la Desaparición Forzada. Nada se sabe de él. Ese día salió a trabajar y hasta la fecha no ha regresado. Dejó una niña y un niño al desamparo en este mundo.

“En los primeros días no quería reconocer que mi hijo estuviera muerto. Pero ahora que ya paso el tiempo y que no se sabe nada, me he resignado. Al principio, cuando sucedió la desaparición, soñé que mi hijo ya estaba muerto; esa noche sufrí tanto porque sentía una gran impotencia de no poder salvarlo de todo lo malo. Me imaginé lo que le habían hecho esas personas malas. La violencia es como una máquina que tritura la vida. Sin embargo, con el paso del tiempo un día pedí a mi padre Isidro, quien ya falleció, que por favor me avisara si mi hijo estaba con él. En el sueño, mi padre me dijo: ‘Tu hijo está aquí; ahí está en la ventana asomándose’. Fue entonces que me tranquilizó un poco al pensar que mi hijo estaba bien en otro lugar, que no es la Tierra. Desde aquel sueño revelador empecé un proceso de resiliencia, pese al dolor que aún sigue, ya que como madre es imposible dejar de pensar en un hijo que lo tuve en el vientre, lo vi crecer jugueteando por aquí y por allá. El dolor es inexplicable, es la ausencia y los recuerdos que andan como tumbos de agua. Aún lo sueño.”

Vivos o muertos: es una ausencia que se habita desde el primer día que tu ser querido ha sido desaparecido, sientes su presencia. Desde el momento en que te arrancan la vida, ese ser de las entrañas, empieza un gran camino de búsquedas y de tocar puertas con las autoridades. El sendero a recorrer es largo. El primer paso es interponer la denuncia al Ministerio Público (MP) o a la Fiscalía General del Estado de Guerrero, ubicada en la ciudad de Chilpancingo. La espera es eterna para que te llamen a la Unidad Especializada para la Búsqueda de Personas no Localizadas, donde se relata los hechos a una persona que ni siquiera crea las condiciones de privacidad porque hay otras personas que están escuchando todo, aun cuando uno no quiera.

Fue el viernes 30 de agosto de 2019 cuando Giovanny Jaimes salió de la casa como a las 10 de la mañana con rumbo a Mezcalcingo, municipio de Chilapa de Álvarez, donde le habían pedido aparatos electrónicos de Televisión. Él se desempeñaba como técnico para instalar el servicio de televisión Sky. Antes de salir dijo que llegaría el sábado en la noche. Tenía la idea de comprar una ficha de internet para comunicarse con su familia porque en la comunidad no hay señal. Llegó el domingo sin que escribiera. En la empresa para la que prestaba sus servicios dijeron que el último día de trabajo había sido el jueves. Desde que se fue a Mezcalcingo no trabajó ni vendió.

“En la denuncia que uno interpone como familiar en el MP suelen preguntar cómo iba vestido, si es alto, chaparro, flaco, gordo, si tiene un lunar, ojos claros o negros, color de piel, etcétera. Luego se tiene que pasar al laboratorio para que tomen muestra de sangre del hijo, de algún hermano o padres del desaparecido para que a través del ADN [ácido desoxirribonucleico] puedan identificar el cuerpo, si llegara al Semefo [Servicio Médico Foorense].” (Mireya)

Nada ocurre ahí, las búsquedas no se realizan de parte de las autoridades, quizá porque no hay una empatía hacia el otro ni la sensibilidad humana. Al final las personas desaparecidas son un número más en las estadísticas. No se avanza en las investigaciones y toda la historia del desparecido queda archivada.

En medio de la incertidumbre y la angustia no falta el terror infundido por los grupos de la delincuencia organizada. Empiezan las extorciones, llegan mensajes por medio del Facebook a los parientes más cercanos del desaparecido. Frases como “tenemos a tu hijo, ¿no lo quieres ver?, está de chillón”, acompañados de palabras anti sonantes. Dejan pasar meses y vuelven a mandar mensajes en el mismo sentido, pero esta vez pidiendo dinero, supuestamente para entregar al familiar que tienen en sus manos los captores. Abundan las amenazas de que conocen a tu familia y saben dónde vives. Es un miedo que entra en todo el cuerpo como un escalofrío, atraviesa el alma y entra en la mente cual cincel golpeando contra una piedra, te pones a pensar que debes de irte de tu casa. Abandonar todo. Sales a la calle volteando a los lados pensando que te están vigilando, que de pronto te atravesará una bala, quieres dejar todo lo que has construido a nivel familiar, pero decides no salir. Se apaga la vida de los vivos. La impotencia que se siente es desesperante, no puedes salir a buscar al familiar porque todo es peligroso. Llegan las sombras, los días son noches eternas. ¿Dónde lo buscas? ¿Cómo lo buscas? ¿A quién puedes acudir para que te ayude? Es cierto que hay autoridades encargadas para las búsquedas y la investigación, pero la realidad es otra. Los familiares estamos solos. Al transcurrir del tiempo uno va a asimilando la situación y aprendes que no estamos exentos de este terror que se vive aquí y en otros lugares del mundo.

Poco a poco se va asimilando esta pesadilla. El dolor de las madres, padres, hijos, hijas y hermanos recorre sus cartílagos. Se siente una infinita tristeza de no saber nada de los hijos, hijas y padres que, por sólo salir a comprar tortillas al mercado, a ver a la novia o novio, irse de fiesta, salir a trabajar, desparecieron. No se tiene ni un consuelo porque no hay un cuerpo para darle la santa sepultura, como es costumbre. A su paso está la otra tragedia, porque se dejan a hijos o hijas sin una imagen paterna o materna; los niños, niñas y adolescentes sufren la pérdida, algunos salen ilesos, otros solo extrañan o se guardaran para ellos mismos los recuerdo y sentimientos. El monstro de la tristeza sigue.

En esta tesitura, en Tlapa de Comonfort, Guerrero, con el Colectivo Luciérnaga, familiares buscaron eco este domingo 30 de agosto en el Día Internacional de la Desaparición Forzada para alzar la voz y hacerse escuchar. Un familiar dio su testimonio: “El 6 de enero de 2016 desapareció mi hermano de 16 años de edad, no entiendo por qué, es un niño. Salió a la calle a poner una recarga de celular y ya nunca regresó. Como tres días estuve buscando a mi hermano en las colonias, en los cerros y barrancas con unos amigos. Me dicen que se lo llevaron. Es muy difícil perder a un ser querido, cuando los desaparecen uno sufre porque no sabe nada del paradero, ¿dónde están?, quién sabe qué le pasó, si está vivo o está muerto” (Testimonio de la hermana de Fredy Aparicio Calixto, desaparecido).

“Soy parte del Colectivo Luciérnaga. A raíz de la desaparición de mi padre, un 24 de junio de 2017, a 3 años de su desaparición no hay nada. El lugar donde ocurrió era público, transitado, se encontraba un módulo de seguridad. Acudimos a las instancias correspondientes, pero no encontramos solución, dijeron que iban a investigar, pero la investigación se paró. ¿Qué pasó con nosotros como familia o como hija? El miedo a seguir hablando se nos quitó. Después de un tiempo considerable y estrechar solidaridad con otras familias, fue una esperanza para nosotros alzar la voz porque de cierta manera todo fue muy irresponsable por parte de las autoridades, como si no fuera una persona la que desapareció. A raíz de la desaparición del defensor de derechos humanos Arnulfo Cerón, nos animamos a formar el colectivo, así emprendimos búsquedas colectivas para encontrar a nuestros familiares y tuvimos más esperanza. Para mí, como hija, la esperanza sigue viva; yo lo quiero encontrar vivo o muerto. Tlachinollan nos ha acompañado en este dolor tan grande” (Testimonio de la hija de César Sierra León, desaparecido).

La humanidad se vuelve apática ante estas situaciones. Ignora el problema de la violencia, cuando tener un ser querido desaparecido es un dolor sin forma. Hemos aprendido a vivir en el terror, en las telarañas del poder y en medio de las balas de los grupos delincuenciales. Se ha normalizado la violencia, los asesinatos aumentan y las desapariciones continúan. En el país hay más 73 mil personas desaparecidas, según datos oficiales, mientras en el estado de Guerrero se sabe que en la Guerra Sucia de la década de 1970 se tiene memoria de más de 500 personas desaparecidas.

Mireya Villegas Cabrera* e Isael Rosales Sierra**

*Esposa de desaparecido; integrante del Colectivo Siempre Vivos

**Integrante del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan