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Primera parte. La inevitable precariedad que espera a la clase trabajadora en México y el mundo tras la Covid-19, es un tema que debe colocarse en la agenda de las organizaciones sociales porque de manera inevitable, tras la crisis sanitaria que se enfrenta a nivel global, los grandes monopolios internacionales y las familias que los controlan saldrán más ricos y poderosos, mientras millones de personas estarán a merced de los grandes capitales que impondrán sus reglas del juego en un deteriorado mercado laboral.

El Centro de Análisis Multidisciplinario de la UNAM acaba de publicar un extenso estudio titulado: Reporte de investigación 132: los costos por la pandemia de Covid-19, que debe ser lectura obligada de todos los actores sociales y políticos del país, para entender hasta qué punto debe pugnarse por un verdadero cambio en el modelo económico y político, que permita un equilibrio más justo entre el capital y trabajo, desquiciado por más de tres décadas de neoliberalismo que, por añadidura, demolió los fundamentos de la seguridad social y el sistema de salud pública en el país, ahora colapsados por la aparición de la pandemia del coronavirus.

Indudable que en México el número de pobres sin un trabajo estable y sin acceso a la atención médica creció en los últimos sexenios, dejando a la deriva a millones de habitantes sin acceso a las instituciones de salud. Por ejemplo, de acuerdo con el análisis de los especialistas de la UNAM, mientras en 2005, a finales del sexenio del panista Vicente Fox, 25 millones 419 mil trabajadores estaban marginados de los servicios de salud, para 2020, cuando surgió la emergencia sanitaria del Covid-19, el número ya llegaba a los 34 millones 167 mil personas.

La pandemia le pegó al sistema neoliberal en su Talón de Aquiles: la fragilidad de su discurso político para anteponer la vida de la gente, incluidos los trabajadores de las diversas instituciones de salud pública, a las ganancias de las poderosas multinacionales y mezquinos empresarios locales.

El modelo basado en permitir ganancias desmesuradas de unos cuantos a costa del hambre y la pobreza de millones, ensanchando la brecha de las desigualdades sociales, debe transformarse no sólo en nuestro país sino a nivel global porque, de lo contrario, las consecuencias que traerá aparejadas el fin de la pandemia serán apocalípticas.

Mientras millones de habitantes perdieron su trabajo y otros tantos están por hacerlo, los hombres más ricos del planeta y de América Latina verán aumentar considerablemente sus fortunas. De acuerdo al sistema de medición financiera Bloomberg, las 25 familias más ricas del planeta suman en sus fortunas una cantidad de 1.4 billones de dólares, acrecentado su fortuna en medio de la pandemia en un 24 por ciento en relación a 2018.

Por ejemplo, los estadounidenses Walton, dueños de la cadena de supermercados WalMart, y cuya fortuna se ha robustecido en la crisis sanitaria hasta llegar a los 190 mil 500 millones de dólares, les permite obtener ganancias de 4 millones de dólares por hora; es decir, que cada día, este poderoso clan que controla en México buena parte de la cadena de distribución de alimentos y una infinidad de productos, se lleva a sus cuentas 100 millones de dólares diarios.

De esta forma, mientras miles de pequeños y medianos empresarios han ido a la quiebra y otros tantos millones de microempresarios y trabajadores informales lo han perdido todo, Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo y dueño de Amazon, ha encontrado en su nicho de consumidores por internet una mina de oro en la crisis de la pandemia, logrando ganancias por 11 mil dólares por segundo (unos 264 mil pesos mexicanos).

La creciente demanda de sus servicios ha implicado la contratación de otros 175 mil empleados, pero a pesar de sus estratosféricas ganancias, el esquema laboral impuesto por el multimillonario no pretende darles a sus trabajadores un empleo formal y bien remunerado, sino la incertidumbre laboral a través del outsourcing.

Amazon siempre ha negado el derecho a sus empleados a sindicalizarse. Una de las críticas a la firma es que incluso en medio de la pandemia, no ha garantizado seguridad alguna a la salud de sus miles de trabajadores.

Este, el más claro ejemplo de un modelo capitalista y neoliberal que debe modificarse ante la aberración de obtener exorbitantes ingresos y negarse a distribuirlos de una manera más justa con quiénes hacen posibles tales ganancias.

Otro de los organismos internacionales dedicados a estudiar las brutales desigualdades a nivel global, Oxfam, señala el grado de desproporción a que ha llegado el capitalismo salvaje y su neoliberalismo con la anuencia de muchos gobiernos al permitir una brutal explotación de la clase trabajadora: de acuerdo con su evaluación realizada con datos de Forbes y el Banco Crédit Suisse, unos 2 mil 153 multimillonarios poseen en el planeta más capital que lo que pueden acumular 4 mil 600 millones de pobres.

El estudio de los especialistas de la máxima casa de estudios establece que mientras la cifra de multimillonarios en el mundo se duplicó en la última década, es América Latina donde esta élite ha crecido de manera exponencial, al pasar de 27 en 2000 a 104 en la actualidad, en contraste, la pobreza extrema de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) llegó a los 66 millones de personas en 2019.

Es así que mientras los empresarios han gozado de exenciones fiscales y otros tratos preferenciales en los países de América Latina, sus ganancias han sido mezquinas a la hora de aportar recursos, vía impuestos, para fortalecer rubros como la educación y la salud, en apoyo a la empobrecida clase trabajadora.

El Covid y sus consecuencias devastadoras debe conllevar además a la reflexión de que el capitalismo en el planeta tiene que cambiar sus voraces esquemas de acumulación, permitidos por el modelo neoliberal. De acuerdo con especialistas en genética de la Universidad de California, como el doctor José Esquinas, en seis años que duró la Segunda Guerra Mundial murieron entre 50 y 70 millones de personas, mientras el hambre mata al año 17 millones de seres humanos; es decir, que en seis años, la cifra de decesos por motivo de las hambrunas asciende a 102 millones de habitantes.

El problema –razona el especialista– no es la falta de alimentos, sino los recursos para acceder a los mismos. Fenómeno similar a lo que sucede con la atención a la salud, donde como ya citamos, más de 34 millones de mexicanos se encuentran sin acceso a los servicios de salud, como lo ha demostrado la emergencia sanitaria del Covid-19. Buen número de las 40 mil muertes que ya se registran a nivel nacional, son de personas que han carecido de un empleo formal y bien remunerado, inertes ante un sistema de salud al que ni gobierno ni empresarios le inyectaron los recursos necesarios para las vidas antes que las ganancias.

Martín Esparza*

*Secretario general del SME