Autor:

Las caídas de Miguel Ángel Barraza García, Jesús Manuel Arana Murillo y el Güero Grijalva marcan el inicio del “periodo negro” de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Por lo menos, 14 militantes de la Liga Comunista 23 de septiembre fueron desaparecidos, entre ellos, combatientes de la primera línea: la Brigada Roja

Ese 22 de enero de 1981 era un día esplendoroso, pero tenso. Pocos días antes el pueblo salvadoreño se había lanzado a la heroica ofensiva del 10 de enero y había puesto en jaque al Ejército pro yanqui.

En la Ciudad de México se respiraba lucha. Miles de compañeros se coordinaban para marchar por la tarde y expresar su solidaridad con la ofensiva armada del pueblo salvadoreño.

Pocos días antes también había visto la luz el número 56 del periódico Madera, órgano central de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

Aunque el Estado mexicano oficialmente la había dado por liquidada desde 1977, lo cierto es que lograr la muerte de todos sus integrantes se había convertido en la obsesión de José López Portillo, sobre todo luego del intento de secuestro de su hermana Margarita.

Si bien los militantes de la Liga ya no irrumpían en las instalaciones bancarias del país al grito de: “Esta es una expropiación revolucionaria”, su presencia política en la mayoría de los movimientos sociales de ese momento era indiscutible.

Usando toda la amplia gama de los medios clandestinos de comunicación de masas, la Liga tenía presencia lo mismo en el movimiento magisterial, que en el movimiento campesino e indígena que daba en Puebla. Sus posiciones políticas se reproducían lo mismo en Sonora y Sinaloa mediante el periódico Barricada, que en la ciudad de México mediante el periódico 13 de Junio. Lo mismo en la zona de maquiladoras de Nogales que en la región carbonífera de Coahuila con la distribución directa del periódico Madera.

En varios casos la Liga no sólo tenía una presencia propagandística  sino que sus integrantes llegaban a formar parte de la dirección de los principales movimientos reivindicativos.

A los militantes de la Liga ya no era posible localizarlos a partir del seguimiento de asaltos bancarios y otras acciones de expropiación, no porque la Liga no las realizara, sino porque en estas actividades los militantes de la Liga habían logrado un alto grado de profesionalismo.

No obstante su empeño, el gobierno mexicano no había logrado avanzar más a partir de la investigación de los secuestros de Nadine Chaval, el empresario de la Corona y de Hugo Margaín Charles, el hijo de Hugo B. Margaín, embajador de México ante Estados Unidos, pese a las vicisitudes que estos operativos tuvieron para la estructura de la Liga.

El Estado mexicano, con su perro de presa Nazar Haro encabezando la jauría, apostó entonces al seguimiento de las acciones de propaganda y particularmente al seguimiento a la distribución del periódico Madera que para ese entonces ya llevaba más de 6 años de prensa clandestina y más de 50 números de periodicidad mensual.

Esta actividad ya le había dado frutos al gobierno mexicano: 8 meses antes, había logrado la detención de Eladio Torres Flores cuando éste realizaba actividades de propaganda en la zona obrera de Naucalpan, y a partir de ahí el gobierno había logrado la captura de otros 3 militantes de la Liga y la ejecución de 2: Gonzalo Liljehut, Gabino, y Rosalinda Hernández Vargas, Tere.

Así que “todo el peso del Estado” y particularmente la Dirección Federal de Seguridad (DFS) estaban atentos a la publicación del número 56 de Madera que debería aparecer la segunda quincena de enero de 1981.

Y como ya vimos, ese 22 de enero, no era un día más. A las 4 de la tarde de ese jueves estaba citada la manifestación para apoyar la revolución salvadoreña. Un sentimiento de solidaridad había embargado a la parte sensible de la sociedad mexicana que veía en la reciente ofensiva del 10 de enero la posibilidad de que en El Salvador terminara la masacre inmisericorde, ordenada y apoyada por Estados Unidos, mediante el triunfo, posible en ese momento, de la ofensiva insurreccional, revolucionaria, de masas.

Esa mañana Jesús Manuel Arana Murillo salió de uno de los baños de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) –en esa institución continuaba sus estudios, luego de haber salido de la cárcel de Hermosillo Sonora–. A pesar de sus precauciones no pudo darse cuenta de la vigilancia especial de la DFS en ese lugar. Había sido detectado pero él no lo sabía, así que abandonó la Facultad de Economía y se dirigió hacia una de las salidas de la Ciudad Universitaria, precisamente la que da a la calle de Odontología, donde debería verse minutos más tarde con Fernando y con su hermano Marco Antonio Arana Murillo.

Pronto llegó al lugar de la cita, un jardín que se encuentra en la calle de Odontología. En el lugar, efectivamente, se encontró no sólo con Fernando, y con su hermano y sino también con otro miembro de la Liga, compañero de Marco Antonio.  Estaban a punto de separarse, cuando los agentes de la DFS se acercaron con las armas en la mano tratando de detener a los cuatro. Fernando sacó la pistola de su espalda y Jesús Manuel de las botas norteñas que normalmente usaba. Los agentes dispararon y se inició la balacera. Jesús Manuel le dijo a su hermano –de escasos 18 años– que se escapara junto con su compañero, mientras protegía su retirada. Marcos y su compañero alcanzaron a cruzar avenidas principales y de ahí se retiraron de la zona, pensando que efectivamente Jesús Manuel y Fernando habían logrado repeler el ataque y escapar.

Pero no había sido así., Los agentes de la DFS que detectaron la distribución de Madera habían dado aviso a Nazar y éste había mandado de inmediato todas sus fuerzas disponibles, llegando al lugar en el momento en que se suscitaba la balacera, incrementando la desventaja contra los dos compañeros.

Sin identificarlos hasta ese momento, los dos jóvenes fueron trasladados al Campo Militar Número 1, al área bajo resguardo de la Sección Segunda del Estado Mayor Presidencial. Nazar hizo sacar de la cárcel a otros detenidos de la Liga con el objeto de que reconocieran los cadáveres de los dos detenidos. Por las heridas que mostraba el cuerpo de Fernando, es probable que haya sido sometido a tormentos intensivos que incluyeron el colgarlo con cuerdas de los pies desde un travesaño y dejarlo caer de cabeza ya que el cráneo quedó completamente dañado.

Por otro lado, Marco Antonio Arana al verificar que su hermano no se presentaba a las “permas” esto es, las citas que se preestablecían al interior de la Liga para el caso de alguna eventualidad, informó a su familia en Hermosillo, Sonora, que su hermano había sido detenido.

La balacera de la calle de Odontología había causado pánico e  indignación entre los habitantes de la zona. Varias casas habían recibido las balas de las ametralladoras que la gente de Nazar usó durante el operativo. La DFS difundió, por medio de la Secretaría de Gobernación, la versión que deberían dar todos los medios de comunicación: que había sido un pleito entre porros, algunos de los cuales habían secuestrado a otros; no se sabía bien por qué motivos. Esa fue la versión que publicaron los periódicos.

Nazar logró, mediante los archivos policíacos, identificar el cuerpo que correspondía Fernando. Se trataba, tarde lo supo, de Miguel Ángel Barraza García, de 29 años, y hasta ese momento el hombre más buscado por la DFS, en su calidad de último dirigente histórico de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

Pese a que Jesús Manuel Arana Murillo había sido prisionero político hasta 1978, año en el que fue liberado de la prisión de Hermosillo donde estuvo recluido como parte del movimiento de la Liga en Sonora, su identificación no fue tan inmediata y fue hasta que su madre, la profesora Consuelo Murillo, se presentó a indagar sobre su paradero cuando pudo ser completamente identificado por la DFS.

De inmediato Nazar Haro hizo que le llevaran a la profesora Consuelo Murillo a su presencia, donde la interrogó sobre el paradero de sus otros hijos y bajo amenaza de muerte le exigió llevarle ante ellos. A la angustia de perder a su hijo, asesinado de una manera tan cobarde, se le sumó la angustia de la inminente muerte o desaparición de sus otros hijos, particularmente de Marco Antonio Arana Murillo, que recién había salido de su estado natal, para continuar con  sus estudios luego de su expulsión de la Escuela Normal Rural del Quinto, en Etchojoa, Sonora, al término de una huelga por las reivindicaciones estudiantiles. Marco Antonio Arana sería acusado por Nazar de ser uno de los 2 jóvenes que lograron escapar durante la balacera del 22 de enero.

Ante los fracasos en el seguimiento de otras pistas derivadas de la detención de Fernando y Jesús Manuel, entre ellas, la suscripción a un periódico, que sólo llevó a una casa de seguridad previamente abandonada por la Liga, la localización de Marco Antonio Arana Murillo se convirtió en un obsesión para Nazar. Ordenó intensificar la vigilancia en todos los lugares del país donde se repartía propaganda de la Liga Comunista.

Marco Antonio Arana Murillo tuvo que abandonar sus estudios en la Preparatoria Popular Tacuba, donde revalidaba materias para incorporarse a la UNAM y salir de la casa de estudiantes de Tabasco en donde se refugiaba.

Unas semanas mas tarde sería asesinado el Güero Grijalva, otro militante de la Liga surgido de las filas del movimiento normalista. Éste había sido comisionado para intentar cambiar centenarios por dinero de curso normal. Para ello había establecido contacto con un empleado vinculado a un banco y cuando se presentó en la casa de éste en la colonia San Rafael, a hacer efectivo el intercambio, fue recibido a balazos por los hombres de Nazar, quienes de manera alevosa lo asesinaron en el lugar de los hechos.

No era extraña esta forma de actuación de los agentes de la Dirección Federal de Seguridad. Desde 2 años antes, la Asociación de Banqueros, por medio del presidente de la República, había ofrecido pagar 5 millones de pesos, o una cantidad mayor, a los agentes que lograran dar muerte a un militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, en recompensa por sus servicios. Visto desde el punto de vista “técnico” o de matones profesionales, matar a un militante de la Liga en cuanto se le descubría ofrecía muchísimo menos riesgo que conminarlo a rendirse. Así los sicarios de la DFS no arriesgaban el pellejo y además, la muerte del “guerrillero” podía adjudicarse a alguien en particular, mientras la detención física implicaba la participación de varios agentes, lo que disminuía el monto de la recompensa. Desde la muerte de los recién liberados Carlos Jiménez Sarmiento, en la Ciudad de México, y Felipe Peñaloza García, en Michoacán, durante 1978,  esta “táctica” se había establecido. Así fue también la masacre de San Lorenzo Tezonco el 23 de abril de 1980, en donde fueron asesinados Gonzalo Liljehut, Rosalinda Hernández Vargas y se dio por muerta a Amanda Arciniega Cano.

Pese a las importantes bajas sufridas, la Liga Comunista publicó en febrero la edición 57 del periódico Madera y lo distribuyó a nivel nacional.

Al parecer la siempre “aniquilada” Liga Comunista 23 de Septiembre contaba todavía con fuerzas, estructuras y ánimo suficiente para continuar su labor de propaganda.

La caída de Miguel Ángel Barraza García, Jesús Manuel Arana Murillo y el Güero Grijalva, marca lamentablemente el inicio de un periodo que, comparado con el llamado “periodo gris” de la organización, terminó siendo considerado el “periodo negro”. En esta etapa, por lo menos, 14 militantes de la Liga Comunista 23 de septiembre fueron desaparecidos, entre ellos:

  1. Marco Antonio Arana Murillo, Ariel
  2. Jesús Abel Uriarte Borboa
  3. Eduardo Echeverría Valdéz
  4. Irineo García Valenzuela
  5. Gonzalo Esquer Corral
  6. Román Barrón Gurrola
  7. Víctor Acosta Ramos
  8. Roque Reyes García
  9. Rubén Hernández Padrón,
  10. Juan Mendívil
  11. Martha Medrano
  • Armida Miranda
  • Enrique Barreras Valenzuela
  • Teresa Gutiérrez Hernández

Tan sólo por la desaparición forzada de estos compañeros, el Estado mexicano nos debe 189 mil días secuestro-incomunicación.

Detrás del heroísmo de estos compañeros caídos en combate o desaparecidos está, y hay que destacarlo, el heroísmo de sus madres y familiares.

Cuando hace varios años la profesora Consuelo Murillo me preguntó cómo había caído su hijo Jesús Manuel y yo le contesté lo que sabía, ella me dijo con lágrimas en los ojos: “Al menos cayó como él quería: combatiendo con las armas en la mano”.

Hoy al recordar al camarada Miguel Ángel Barraza García, a Jesús Manuel   Arana Murillo, al Güero Grijalba, y a los demás combatientes caídos durante el otoño invierno de 1981-1982, extiendo también el reconocimiento a las madres y padres que les dieron vida y les guiaron por el camino de tener principios y espíritu de justicia, porque fue eso lo que los llevó a escalar hasta llegar a ser héroes de esta Revolución que aún se sigue tejiendo.

Por eso nosotros decimos:

No olvidamos.

No perdonamos.

No nos reconciliamos.

David Cilia Olmos*

*Maestro en desarrollo social; investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco; exintegrante de la Liga Comunista 23 de Septiembre