viernes 10, julio 2020

Leona al combate

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Se fue Octaviano, el primer amor de Leona en los momentos cruciales en los que se iba a desencadenar la lucha a muerte contra el gobierno español. Esa época la joven mujer se llenó de inquietudes y pasión por la causa de la libertad que compartía con su primo Manuel y con el novio ausente. Los acontecimientos de 1808 lo removieron todo.

Leona se despidió de su novio Octaviano, su primer pretendiente. Compartieron ideas patrióticas y llegó a encariñarse con él; su mamá había intervenido para formalizar un noviazgo. Pero él estaba ya en la lejana España, donde iba a participar en las Cortes de Cádiz y tuvo tiempo de irlo olvidando.

Lo que no podía olvidar era la suerte funesta de quien iba a ser su futuro suegro, don Ignacio, asesinado en septiembre de 1808 en manos de los españoles por querer defender la soberanía. Entonces en esos momentos eran otras cosas las que le angustiaban. Estaba llena de interrogantes por los acontecimientos que se vivieron en esos años, y por la suerte inmediata de su país, pues al faltar el Rey de España, había un gran vacío de poder. Al mismo tiempo los problemas generados por el colonialismo se iban agudizando al máximo y veía a la gente cada vez sufrir más.

En 1808, un grupito de 300 españoles le había dado golpe de Estado al virrey Iturrigaray e impuso a Pedro Garibay, reprimiendo salvajemente a los criollos que buscaban la soberanía para México. Esto lo vivió personalmente Leona. Las ideas patrióticas habían comenzado a germinar en la mente y corazón de la joven y no podía aceptar que un puñado de españoles dominara a una nación entera y por medio de la violencia y el terror.

Leona tenía a su gran aliado, su primo Manuel Fernández San Salvador, hijo de Pomposo y ambos hervían de inquietudes y coraje hacia la situación que vivía el Anáhuac, mal llamada Nueva España.

Con Manuel discutía todos los días la vorágine de acontecimientos que estremecían a la “Nueva España”. Entonces alguien más se sumó a la pareja de primos, el ayudante de don Agustín Pomposo, un joven yucateco apenas unos meses mayor que Leona, que había egresado como bachiller de artes y cánones de la Real y Pontificia Universidad. El 21 de enero de 1809 había obtenido su grado como bachiller de manos de Pomposo. El joven aspirante a abogado se llamaba Andrés Quintana Roo.

Quintana Roo se había graduado como Bachiller de Artes y Cánones de la Real y Pontificia Universidad de la que Pomposo había sido rector. Andrés tenía 21 años, era un joven inteligente y estudioso por lo que ganó buena reputación. Al graduarse tenían que integrarse como mínimo 2 años a un bufete de prestigio para poder recibirse de abogado. Como había recibido su grado de manos de Agustín Pomposo, pudo acercarse a él y conocerlo en lo personal. Solicitó y tuvo la suerte de ser recibido en su bufete, que tenía gran prestigio, donde por cierto también trabajaba Manuel.

Fue en esas circunstancias que conoció a Leona y como además de elegante y apuesto tenía ideas patrióticas, pronto se hizo íntimo de Manuel y de su prima, quien por cierto seguía estando comprometida con Octaviano. El trato fue frecuente y la atracción mutua, más la lejanía del novio de Leona que se había ido a otro Continente, hicieron que los jóvenes se enamoraran poco a poco. La familia de Andrés tenía ideas avanzadas. Su papá, Matías Quintana, había participado en Yucatán en un grupo denominado Sanjuanistas, contra la opresión a los indígenas, y se oponía a los negocios de la Iglesia que exigían pagos a la población como las obvenciones parroquiales. El grupo era contrario al dominio de la Corona Española.

Matías fue quien estableció la primera imprenta que editó periódicos en la Península Yucateca, a su publicación se le tachó de subversiva por el gobierno español y fue aprehendido por las autoridades del virreinato que lo encarcelaron en la tétrica prisión de San Juan de Ulúa, en el Puerto de Veracruz. De modo que su hijo Andrés Quintana Roo sentía gran rebeldía y coraje contra la corona europea.

Al florecer con el tiempo su relación y establecer un nuevo noviazgo, con miedo y timidez Manuel se acercó al tío para pedirle la mano de su amada. Don Agustín Pomposo se negó terminantemente. Había un compromiso con Octaviano, además de que no consideraba a Andrés como un joven de la estirpe que merecía Leona. El tutor quería un matrimonio de Leona con un miembro de una familia pudiente, como era la de Octaviano. Además, intuía que Andrés era un “muchacho alocado” como su hijo Manuel y su sobrina y temía que se fueran por el “mal camino”. El señor era un ferviente realista y detestaba todo lo que fuesen ideas subversivas y útopicas. Según él, la Nueva España siempre de los siempre sería gobernada por la Monarquía Borbónica española. Era decididamente pro monarquíco y pro español, tanto que Pomposo se había dado a conocer siendo muy joven al redactar una oda titulada Sentimientos de la Nueva España por la muerte de su virrey D. Antonio María Bucareli, y posteriormente, en 1787, con unos versos titulados La América llorando por la temprana muerte de D. Bernardo de Gálvez. Así demostró una sentida y profunda inclinación por el Imperio Borbónico y la política colonizadora de los invasores españoles. Cuando la invasión napoleónica y los reveses de la realeza borbónica, que desataron la Guerra de la Independencia española en 1808, a Agustín Pomposo hasta le salió lo poeta y escribía contra los “desgraciados” intentos de los soberanistas. En esa ocasión escribió una Memoria Cristiano-Política sobre lo mucho que la Nueva España debe temer de su desunión.

Pero Leona, Manuel y Andrés tenían otra idea diametralmente opuesta: México tenía ya que ser independiente y soberano. De cualquier manera, ese amor entre los dos jóvenes que se había fortalecido por la comunidad de ideales tenía que esperar un buen tiempo para consumarse, pues había encontrado obstáculos insalvables.

En 1810, Manuel, Andrés y Leona son invitados por una amiga de la infancia de ésta, Margarita Peimbert, a una tertulia en casa de don Antonio del Río. Esas reuniones literarias escondían grupos subversivos dispuestos a lucha por la autonomía. Buscaban crear Juntas de Gobierno en provincia y un Congreso que gobernase aquí, pero en nombre del prisionero de Napoleón, Fernando VII. Si el rey sucumbía aspiraban crear una Junta Nacional. Ahí Leona se enteró de la conspiración de Valladolid, hoy Morelia, de 1809 y de su fracaso. A pesar de todo, la conspiración en el Bajío y en el Centro continuaba viva.

Cuando contaba con 21 años de edad, Leona se entera del levantamiento en septiembre de Miguel Hidalgo y Costilla. Para entonces ya estaba bien integrada al movimiento soberanista. Y ya que las tertulias se desarrollaban en diversas casas de personajes pudientes, Leona ofrece su céntrica casa para que se reuniesen los rebeldes, y además, para recibir y enviar correspondencia, dinero, armas y abasto. De modo que se comprometió seriamente con el movimiento, a pesar de lo arriesgado que era para ella.

Entonces inspirada en la lectura del libro del utópico Fenelón, Las aventuras de Telémaco, escrito en el siglo XVII,  ideó que los conspiradores, por precaución y para guardar la clandestinidad, debían llamarse por seudónimos. Ella adoptó el de Enriqueta. Además, simpatizó con el modelo de sociedad descrito en el libro: sobria y de trabajo, ajena al lujo y a la riqueza, donde los seres humanos viven “sin dividir las tierras” y “todos los bienes son colectivos: los frutos de los árboles, las legumbres de la tierra, la leche de los rebaños son riquezas tan abundantes que los pueblos sobrios y moderados no tienen necesidad de repartirlas”. De modo que Leona aprendió a amar a la colectividad, la justicia y la armonía social.

Para ese entonces su casa, a espaldas del tío, se convierte en un centro de conspiración. En medio de tanta actividad, el amor de Leona y Andrés se consolida. La actividad era frenética y el entusiasmo crecía cuando se enteran del levantamiento popular en Dolores encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla, un cura que llevaba años trabajando con las comunidades indígenas, que hablaba náhuatl, purépecha y nahñu u otomí y que además en sus famosas tertulias había sembrado las nuevas ideas de libertad en un amplio círculo. La revolución creció irrefrenable, tomando San Miguel, Celaya, Guanajuato y acercándose a la Ciudad de México.

Pablo Moctezuma Barragán*/Tercera parte

*Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social