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I. Casi contemporáneo de Kant (1724-1804), Charles-Louis de Secondat (1689-1755), Barón de Montesquieu aportó perdurables contribuciones para las instituciones republicanas y democráticas a las que debemos volver para regar los árboles del Estado, que como orden jurídico (obviamente de derecho positivo escrito), cobijan a las sociedades civiles como estructuras del demos: pueblo, ante el ejercicio del kratos: poder. Vivió en Inglaterra, donde aprendió el parlamentarismo democrático, su democracia y su republicanismo. Admiraba la democracia directa griega. Estudió el sistema republicano romano. Y todo lo pensó para su Francia. Autor entre otros libros de: Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos, publicada en 1734, y Cartas Persas; su obra maestra es El Espíritu de las Leyes, aparecida en 1748 y conectada con Maquiavelo y su libro Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, de 1519. Maurice Cranston nos dice: “Montesquieu diagnosticó la clave del éxito del sistema inglés de la división de poder entre los órganos ejecutivo, legislativo y judicial, cada uno de los cuales servía para contrarrestar cualquier tendencia hacia al despotismo por parte de los otros. Montesquieu sostenía que la libertad solamente se podía conservar mediante un mecanismo de frenos y contrapesos. Esto quería para Francia” (Enciclopedia de las Instituciones Políticas; Alianza editorial).

II. “En Historia de la Democracia en Europa: de Montesquieu a Kelsen” (Revista de Derecho Privado), Salvo Mastellone sintetiza que “no hay libertad si el poder judicial no está separado del poder legislativo y del ejecutivo y si el ejecutivo está unido al legislativo se puede temer que el mismo órgano, sea monárquico o republicano, haga leyes tiránicas. Y si el pueblo goza del poder supremo, existe una democracia. [Caso contrario] una aristocracia en el gobierno de uno solo sin frenos bajo su voluntad y sus caprichos” (sic). Dice Montesquieu que en una democracia que prefiere la monarquía constitucional, el pueblo mediante sus ciudadanos que ejercen el voto, tiene capacidad “para hacer rendir cuentas… a sus gobernantes… Los políticos de hoy hablan… de manufacturas, comercio, finanzas, de riqueza y hasta de lujos; en una sociedad de este género, sobre la virtud, que es el principio de gobiernos republicanos, prevalece la ambición y la avidez de todos, el deseo de poseer… y el tesoro público acaba siendo patrimonio de unos pocos… La democracia puede también estar de acuerdo con la actividad mercantil si el espíritu comercial conserva el espíritu de la frugalidad, de la economía, de la moderación, del trabajo, de la sabiduría, de la tranquilidad, del orden…”.

III. “Es posible conservar este espíritu democrático a condición de que las leyes dividan las fortunas a medida que el comercio las hace crecer, y den al ciudadano pobre la comodidad suficiente para permitirle trabajar como los otros, y al rico una situación lo suficientemente mediocre para permitirle trabajar como los otros… La república federal hace posible en los tiempos modernos la democracia y los grupos políticos consienten en formar parte de un Estado más grande o sea federal… La república democrática, si es federal, puede conservar su grandeza sin corromperse internamente… Si algún abuso se introduce en una parte de la federación o confederación, es corregido por las otras, permaneciendo sanas… el espíritu de la república es la paz, con jueces y magistrados elegidos”. Es éste un repaso del pensamiento político indispensable sobre uno de los puntos de partida de los regímenes modernos, que explica la relación entre gobernados y gobernantes en los sistemas monárquico, democrático y republicano. De tal relevancia que hizo que “disminuyesen las referencias a Platón o Aristóteles”. Y que “será sostenida durante el período de la Revolución Francesa”.

Ficha bibliográfica

Autor:        Montesquieu  (traducida por Mercedes Blázquez y Pedro de la Vega

Título:        Del espíritu de las leyes

Editorial:             Tecnos