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Putsch, golpe de Estado, son dos conceptos que nos explican la suplantación de un gobierno legítimo y legal por una insurrección a veces militar y otras de carácter civil, con fines derechistas. Una bibliografía al respecto, está en Norberto Bobbio y Nicola Matteucci Diccionario de Política; en la Enciclopedia de las Instituciones Políticas, dirigido por Vernon Bogdanor. En estos textos están ensayos sobre el asunto. Hay, empero, otros golpismos que se crean dentro de los gobiernos para desmantelar derechos constitucionales, contra quienes ejercen sus deberes constitucionales de criticar e informar a la sociedad, de los hechos antidemocráticos y antirrepublicanos de los gobernantes, para tener libres sus abusos y disposiciones que justifican como medidas de urgencia. Ese golpismo inicia desde que –como en nuestro caso mexicano– constantemente se dirigen ataques a las libertades constitucionales, empezando por ubicar a los medios de comunicación como los “enemigos”, tachándolos con un sinnúmero de adjetivos para descalificarlos y responsabilizándolos de entorpecer las decisiones gubernamentales.

Ahora mismo y durante más de 1 año, López Obrador ha estado atacando a la prensa en todas sus manifestaciones, tal y como lo acaba de hacer para tratar de incitar a sus partidarios –como es ya su costumbre– para que los periodistas en la línea de la crítica sean presionados. Ante esa avalancha lopezobradorista, periodistas como Francisco Artigas, en Excélsior; Loret de Mola, en El Universal; Guadalupe Loaeza, en Reforma; le contestaron. Una vez más el huésped de Palacio Nacional atacó a periódicos y periodistas como al director de Excélsior, Pascal Beltrán del Río; a Ciro Gómez Leyva. Mientras alabó, en la conferencia matutina del miércoles 22 de abril, a aquellos que defienden su proyecto.

Entre otras industrias que ordenó cerrar, para que no produzcan, son las papeleras, asesorado para que los periódicos dejen de comprar papel y dejen de publicar, culpando a las medidas de la pandemia que ejecuta López-Gatell, el subsecretario que ya tiene paralizado económicamente al país, para tener las máximas condiciones de un golpismo al revés; es decir, contra la suspensión de la Constitución y sus leyes reglamentarias, sobre todo en lo que hace a los derechos individuales, aunque sin decretar esa suspensión equivalente a un toque de queda. Así como presumió López Obrador de periodistas que lo defienden, mencionándolos por sus nombres: Enrique Galván Ochoa, Pedro Miguel, Federico Arreola y Jorge Zepeda Patterson, quienes tiene derecho a alabar al poder y a su presidente. Empero, otros tienen derecho a criticarlo en sentido de ejercer el contrapoder.

Convivimos en una situación política de motivaciones antidemocráticas y antieconómicas. En este caso los ataques a la prensa y a las libertades de expresión; los cuales son derechos para todos los mexicanos y para todos los periodistas, que estén a favor y en contra. Pero López Obrador solamente quiere un periodismo que lo apoye. Descalificando una y otra vez al resto, buscando el golpe de Estado contra la Constitución. Al cerrar las papeleras, ha dejado sin material para imprimir y de esta manera poder cancelar y censurar previamente la información y la crítica a los abusos del poder presidencial.