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El capitalismo se encamina hacia la que podría ser la crisis más grande de su historia. Un cambio de época comparable, según el historiador Morris Berman, con el fin del antiguo imperio romano. En este contexto, es de destacar la mención a Franklin D Roosevelt que hizo el presidente Andrés Manuel López Obrador en su informe del domingo 5 de abril. No es una evocación al azar: es una referencia de alta densidad histórica y materia obligada en el debate que ya ha comenzado sobre la mejor respuesta de política económica frente a la recesión en ciernes. En este sentido, resulta imperativo comenzar con un diagnóstico sobre las causas de la crisis.

Para ello convendría partir de dos postulados: 1) el capitalismo es un sistema en el que las inversiones son guiadas por los niveles de rentabilidad; 2) mantener altos niveles de rentabilidad requiere de la expansión de los mercados. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la reconstrucción de las economías brindó el espacio suficiente para la expansión de los mercados (punto 2) y consecuentemente la existencia de altos niveles de rentabilidad (punto 1). Sin embargo, dadas las limitaciones físicas al crecimiento, esta onda expansiva se fue agotando, lo que derivó en la caída de la rentabilidad de las inversiones. Es así como a principios de la década de 1980 inició un proceso conocido como financiarización, gracias al cual las ganancias de las empresas comenzaron a ser gradualmente reinvertidas en el sistema financiero, y no ya en la economía real.  Este proceso se fue acentuando de manera tal que se bifurcó el camino por el que transitaban la economía real y la economía financiera y en donde la inyección de capital en el mercado financiero infló su valor, creando así una falsa imagen de prosperidad. Por lo anterior es que sería un error atribuir la crisis exclusivamente al coronavirus.

Al menos desde el año pasado la economía global ya mostraba signos de contracción y otro tanto podría decirse de los mercados financieros. Lo que ha hecho el coronavirus es fungir como catalizador, sincronizando el proceso de crisis tanto en la economía real como en la financiera. Este punto es esencial, porque atribuir la crisis económica exclusivamente al coronavirus –y perder de vista el problema estructural de fondo– conduciría a respuestas de política económica que pueden llevar a una recuperación más lenta. Por esta razón es que resulta tan relevante la mención a Franklin D Roosevelt. Sobre la respuesta de su administración frente a la Gran Depresión, Andrew Bossie y JW Mason acaban de publicar un documento de trabajo (The Public Role in Economic Transformation: Lessons from World War II) en donde demuestran que en un principio el presidente Roosevelt ofreció todo tipo de garantías de préstamos e incentivos fiscales. Pero pronto se hizo evidente que el sector capitalista no podía cumplir con el esfuerzo de guerra, ya que no invertirían ni aumentarían la capacidad sin garantías de rentabilidad. Finalmente la inversión pública directa se hizo cargo y se impuso un esquema de inversión en donde buena parte de las decisiones eran realizadas por el gobierno. Bossie y Mason concluyen que  “la respuesta nacional al coronavirus  requerirá grados de planificación económica superiores a los normales por parte del gobierno”. Es un tema abierto, pero algo es indiscutible: en tiempos de pandemia no hay libertarios.

Erick Limas*

*Doctor en economía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. https://perifractal.wordpress.com/ Twitter: @perifractal