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Que las migraciones eran una de las características distintivas más complejas y paradójicas del estado previo del neoliberalismo contemporáneo es algo que, a estas alturas, admite poca discusión. Los medios de comunicación, los discursos políticos y las conciencias colectivas han visibilizado hasta la saciedad las imágenes de poblaciones sirias tratando de entrar a Europa a través de Turquía, subsaharianas en cayuco atravesando el Mediterráneo, centroamericanas en La Bestia hacia Estados Unidos, africanas y asiáticas agolpándose en Tapachula, rohingyas abandonando Myanmar, venezolanas hacia Colombia, y un largo etcétera. Estas son algunas migraciones hirientes, y muy visibles: otras muchas nunca lo serán, pues justamente tratan de evitar el control de los gobiernos y corporaciones que las persiguen. Por razones económicas, políticas, ambientales, culturales… este tipo de movilidad se ha constituido como uno de los grandes problemas (fenómenos, retos, característica… según quién lo interprete) del mundo moderno, multiplicando a su alrededor imaginarios, prejuicios, corporaciones de seguridad, instituciones multilaterales, políticas de control, redes, muros. En sí, una completa y rotunda contradicción con el gran supuesto del capitalismo neoliberal, el libre movimiento de todos los factores y la desaparición (o debilitamiento) de Estados-Nación y fronteras.

Decía “eran”, y “estado previo del neoliberalismo contemporáneo”, porque curiosamente la epidemia actual de Covid-19, que ya afecta a todo el mundo, apunta a una profunda transformación en sus características y contradicciones, en sus usos (y abusos): entre otros muchos, en los vinculados a las (in) movilidades (in) humanas. En estas líneas comparto una serie de reflexiones tentativas sobre las coyunturas que vivimos, como forma de vislumbrar estructuras y los posibles escenarios que enfrentaremos.

(In) Movilidades (In) Humanas

Empezando por el final, es importante destacar el vínculo entre los procesos de los seres humanos, y los de los seres no-humanos. No por nada formamos parte de un mismo ecosistema, en el cual los delicados equilibrios entre unos y otros son los límites mismos del equilibrio sistémico. En tiempos de Covid-19, mientras los seres humanos desaparecen de las calles y los territorios, los seres no-humanos (todos Seres) que hasta ese momento estaban ocultos, reaparecen y los ocupan nuevamente. En ese sentido, este mundo se ha desarrollado bajo el parámetro de que la movilidad de unos seres (los que valen, los que cuentan), implica la inmovilidad de los demás (quienes sí o sí, han de someterse).

En cuanto al segundo término, que es en realidad el primero: si bien resulta más familiar hablar de “migración”, y la podemos asociar tanto con las migraciones internacionales entre países, como con las migraciones internas dentro de un mismo país, la noción de (in) movilidad permite incorporar no sólo todos los movimientos, si no también los no-movimientos que son su contracara. En los países emisores de migración forzada del Sur Global (Libia, Siria, Afganistán, Somalia, y por supuesto la región centroamericana) las violencias derivadas de los conflictos por el control de los territorios y el extractivismo de sus recursos dinamitan la capacidad de permanecer a crecientes poblaciones humanas que, al mismo tiempo, ven limitadas las posibilidades de desplazamiento a otros territorios. De esta forma los megaproyectos funcionan como detonadores de la expulsión y como “tapones migratorios” orientados al control, gestión de instrumentalización de dichas (in) movilidades.

En ese sentido, la noción de (in) movilidad refiere al amplio abanico de desplazamientos humanos que son provocados, incentivados, o controlados como consecuencia directa de la intervención (y destrucción) humana de los territorios. Entre las movilidades, podemos considerar el desplazamiento interno, la migración internacional (regional o global), el exilio, las diásporas, la movilidad pendular y transfronteriza, incluso el turismo. Respecto a las inmovilidades, éstas pueden referir a la existencia de condiciones o estructuras que impiden a las personas salir de sus lugares de origen; cuando se establecen redes organizadas de secuestro/trata de personas (que pese a que desplazan a las personas, lo hacen en condiciones de limitación de su movilidad voluntaria), o cuando una vez iniciado un proceso migratorio, las personas se ven controladas y limitadas para continuar su viaje hacia el destino previsto. La idea/noción de (in) movilidad resalta entonces el carácter forzado que adquiere tanto el desplazamiento como la permanencia, así como una condición permanentemente temporal: ni la permanencia ni la movilidad parecen tener fin, y cuestionan los alcances de la supuesta voluntariedad tanto de una como de otra.

El Covid y la transformación de las (in) movilidades

Hemos pasado del mantra pretendidamente universalista defendido por Naciones Unidas, la Organización Internaiconal para las Migraciones (OIM), y cualquier (organismo o persona) con un mínimo de corrección política, sobre el “derecho a migrar”, y la “migración legal, ordenada y segura”, al “Quédate en casa”. Y la transformación de este mantra no es inocente, ni casual.

Quédate en casa. La misma construcción semántica indica que no es una decisión voluntaria, sino un imperativo. En muchos casos, no se ordena, aunque se recomienda encarecidamente. Incluso, según el país, se amenaza con multas, detenciones, castigos o disparos. Quédate en casa. Nos quedamos en casa quienes podemos, y no es ni mucho menos toda la población mundial. Se queda en casa por primera vez la población que antes podía moverse con mayor facilidad: las personas viajeras del mundo desarrollado, las clases medias acomodadas, quienes pueden trabajar desde su casa con comodidad, o incluso, no trabajar manteniendo sus derechos laborales. La orden aplica para todos, pero no todos podemos hacerlo. Para quienes estudiamos migraciones, esta simple frase implica un verdadero reordenamiento (veremos si temporal, o de qué formas se harán crónicos sus efectos) de las (in) movilidades tal y como las conocíamos. ¿Qué ocurre con las personas migrantes, aquellas que ya no tenían/ni tienen casa, quienes no pueden elegir quedarse o ya estaban a mitad de camino en su migrar? ¿En qué parte de los caminos de la migración forzada quedaron olvidados los derechos humanos?

-Según datos del Pew Research Center de Estados Unidos, el 94 por ciento de la población mundial tiene restricciones para moverse por sus fronteras. “Al 31 de marzo de 2020, 143 países tenían cierres de fronteras completos (64 de ellos) o parciales (los 79 restantes) debido al brote”. En Argentina, Bolivia y otros países andinos, ni siquiera los nacionales que residen en el exterior pueden volver a su propio país.

-Estados Unidos tarda una media de 96 minutos en expulsar de vuelta a quienes ingresan en su territorio sin autorización, con la mano en la cintura y amparándose en la emergencia por el coronavirus. Personas que en la mayoría de los casos pasaron meses, si no años, en llegar hasta allá, sufriendo todo tipo de dificultades y violencias.

-En Guatemala, con sus fronteras cerradas y bajo toque de queda, siguen llegando diario dos aviones con migrantes deportados desde Estados Unidos. En sus comunidades, donde antes les esperaban familia y vecinos, hoy día vuelven a ser perseguidos y expulsados, cargando el estigma y prejuicio de venir del gran foco mundial de virus. Todos los actores involucrados (el gobierno estadunidense, el de Guatemala, las personas guatemaltecas residentes, las deportadas) reivindican o sufren por movilidades “en contra de su voluntad”.

-En México, las dos fronteras se han convertido en grandes centros de confinamiento: en la frontera norte, las personas migrantes esperaban entrar a Estados Unidos para pedir asilo bajo el programa “Quédate (temporalmente) en México”, y ahora les toca “quedarse (quien sabe hasta cuando) en casa (que ni es casa, ni es suya)” ahí, sobre la línea. En el sur, miles de migrantes siguen atravesando la frontera por sitios cada vez más escasos, peligrosos y vigilados (si no por la Guardia Nacional, por maras y otros grupos delictivos), sólo para encontrar que el verdadero muro de Trump empieza justo al norte del Suchiate y al menos, hasta el Istmo de Tehuantepec. Con suerte podrán llegar a una de las verdaderas y únicas “casas” que encontrarán en el camino, las casas para migrantes. No, las “estaciones migratorias” (como Siglo XXI en Tapachula) ni se parecen ni son ni pretenden ser “casas”.

Estas son sólo algunas reflexiones tentativas alrededor de las transformaciones que Covid-19 está provocando en términos de (in) movlidades (in) humanas. Son tiempos donde desapareció el “derecho a migrar”, y ya veremos cómo regresa, cuando regrese, si regresa. Y para quienes defendíamos el “derecho a permanecer”, nos encontramos con la obligación de autorrecluirse. Entre las paradójicas contradicciones que afloran, la pandemia que se extiende por el mundo no la han transportado las personas migrantes, subalternas de la modernidad eurocéntrica, sino las poblaciones de turistas privilegiados del norte global. Los muros que estos últimos levantaban para impedir el paso de la migración indocumentada, ni la detuvieron, ni la detendrán, como tampoco conseguirán impedir que ingrese el virus pues son sus mismos ciudadanos quienes lo propagaron, pero les dejarán aislados y presos en su misma cárcel.  La (pen) última de las contradicciones paradójicas (siempre habrá una más), una de las pocas luces que se vislumbra entre tanta oscuridad, es que mientras la población humana mundial se queda en casa, parte de la población no humana mundial recupera sus espacios: delfines en Venecia, venados en las playas, jaguares en la selva. Saben, o intuyen, que quienes nos hemos convertido por voluntad propia en sus enemigos, estamos confinados e inmóviles, y paradójicamente, eso les devuelve el derecho y el privilegio de moverse libremente.

Sergio Prieto Díaz*

*Migratólogo especialista en fronteras, territorios, (in)movilidades y megaproyectos, Cátedra Conacyt en El Colegio de la Frontera Sur-Campeche