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Es 28 de marzo del 2020 y transcurre la conferencia que el gobierno federal, representado por el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, brinda para informar sobre el panorama de la epidemia de Covid-19 a nivel nacional. Ahí, el funcionario federal describe la situación de la enfermedad provocada por el virus SARS-Cov-2 en términos de número de infectados, defunciones, factores de riesgo, y la ya usual curva de contagio en nuestro país, así como su comparación con las curvas de otros países. Después de su intervención, en la cual exhorta a la población a reducir su movilidad para disminuir la tasa de transmisión del virus (¡Quédate en casa!, la consigna), el subsecretario se toma el tiempo para presentar a cada uno de los miembros de la primera línea del equipo técnico que está a cargo de la estrategia para combatir la enfermedad.

El grupo en cuestión está formado en su totalidad por especialistas que ostentan doctorado (el grado académico más alto al que una persona puede aspirar), y varios de ellos son, además de infectólogos, epidemiólogos y neumólogos experimentados, miembros del Sistema Nacional de Investigadores, que es la elite científica del país. La deducción, por tanto, es que la gente a cargo del combate a la Covid-19 es más que competente. A pesar de esto, tanto entre algunos reporteros que asisten a cubrir las conferencias como entre los usuarios de redes sociales y algunos columnistas, es común la percepción de que dicha estrategia es equivocada e improvisada, que deliberadamente se está omitiendo o tergiversando información sobre el nuevo coronavirus, y que por tanto hay razones para desconfiar de los técnicos que encabezan los esfuerzos gubernamentales por paliar la epidemia.

La dureza del juicio de los medios de comunicación y de una parte de los mexicanos hacia dichos científicos contrasta con la cotidianeidad que podemos observar en nuestra sociedad. Son bien conocidas, por un lado, la falta de cultura lectora de nuestro pueblo (58 de cada 100 mexicanos no leyeron un solo libro en 2018 [1]), el bajo desempeño escolar de nuestros jóvenes (México ocupa los últimos lugares de la OCDE en competencias lectoras, matemáticas y científicas [2]), y de la carencia general de verdadero sentido crítico (53 por ciento de los mexicanos confía más en la fe que en la ciencia [3]). Por otro lado, el papel de los medios de comunicación comerciales es mucho más contradictorio, y para ilustrarlo basta con hacer la siguiente pregunta, la cual cada uno de nosotros podemos contestar analizando la programación diaria en Tv comercial: ¿Qué porcentaje de su tiempo diario está dedicado a la transmisión de programas de divulgación científica? ¿Qué porcentaje, en contraste, destinan a la difusión de programas que velada o abiertamente inducen a la irracionalidad?

La epidemia de Covid-19 ha evidenciado dos caras de la misma moneda: en primer lugar, el franco desdén de la comunidad científica hacia la sociedad, y en segundo lugar el virtual analfabetismo científico de la población. En cuanto al primer punto me parece que, pasada esta pandemia (ojalá que en el mejor de los términos) la comunidad científica mexicana debe hacer una autocrítica, en la cual se cuestione la manera en la que se mide su éxito, ya que al darle a la publicación científica el máximo valor en la evaluación del quehacer académico, los científicos estamos descuidando una parte importante y urgente para nuestro país, que es la divulgación de la ciencia. Ésta es incluso una cuestión de justicia social, ya que la ciencia mexicana es financiada con recursos públicos que provienen de los contribuyentes (es decir, los ciudadanos), quienes por este solo hecho tienen derecho a saber, de una manera accesible, sobre el trabajo y los descubrimientos a los que los académicos mexicanos llegamos, y que les sería útil para comprender de mejor modo la realidad que les rodea (como el origen del SARS-Cov-2 y las mejores prácticas para combatir su infección).

En cuanto al segundo punto, es necesario que la sociedad mexicana, sin autocomplacencias, se vea en el espejo y deje de lado la soberbia y la ligereza con la que opina sobre casi todo sin saber de casi nada (sobre todo en las redes sociales), alentada por unos medios de comunicación que nunca han tenido a la cultura científica como prioridad, y que sólo la utilizan como ariete para golpear al oficialismo y así defender sus intereses particulares.

En conclusión, esta pandemia ha hecho patente la importancia de la ciencia para el mundo y para México, y la falta de cultura científica de nuestro pueblo es una responsabilidad compartida que entre todos los sectores de la sociedad (pero especialmente los científicos) debemos revertir.

Referencias informativas

[1] https://www.eleconomista.com.mx/arteseideas/En-Mexico-cada-vez-se-lee-menos-58-de-cada-100-personas-no-leyeron-ni-un-libro-en-2018-20190423-0040.html

[2] https://www.elheraldodetabasco.com.mx/local/mexico-en-ultimo-lugar-de-comprension-lectora-y-matematicas-4543050.html

[3] https://invdes.com.mx/ciencia-ms/confian-mexicanos-mas-en-la-magia-fe-y-eventos-psiquicos-que-en-la-ciencia/

Omar Suárez García*

*Biólogo y ornitólogo; doctorante en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional (Unidad Oaxaca) del Instituto Politécnico Nacional