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La tierra es de quien la trabaja decía el general Zapata, durante la Revolución Mexicana, símbolo de la lucha armada por la devolución de las tierras a los campesinos. Para la década de 1970 la victoria de esa frase célebre seguía viva en un reducto del municipio de Choix. El centro de la reunión estaba en Las Urracas, comunidad donde vivía el líder de este movimiento, que nunca terminó por nacer, Ramón Palafox, mejor conocido como Mogote.

Guadalupe Espinoza comparte su recuerdo: “…Mi papá, los domingos, iba a las juntas que se hacían en Las Urracas y que organizaba y presidía Ramón, Mogote. Mi mamá se enojaba mucho porque decía que sólo era perder tiempo. Mi mamá no entendía que mi padre hacía comunidad. Lo que recuerdo es que Mogote estaba organizando un grupo de ejidatarios para que les dotaran de tierras en el valle, tierras de mucho mejor calidad que las de la región…” (Contralínea 28 de enero de 2019). Los campesinos aprovechaban su día de descanso para reunirse y platicar en torno a la posibilidad de tener tierras de riego en el Valle del Fuerte y así ofrecer mejores condiciones de vida a la familia.

Para aquellos años mucha gente que habitaba en las riberas del Río Fuerte ya se había salido. La puesta en operación de la Presa Miguel Hidalgo y Costilla también conocida como presa El Mahone, que se construyó para el riego del valle del mismo nombre y controlar las avenidas, obligó a los habitantes a asentarse en los poblados de Bachoco, Juan José Ríos y Adolfo Ruiz Cortínez, entre otros, en el mero corazón del Valle del Fuerte.

Los campesinos percibían injusto que estando en la misma región, con tierras tan fértiles sin repartir en el Valle del Fuerte no se les tomara en cuenta. Mientras, en sus ejidos todo era de temporal y las aguas del Río Fuerte solamente lo veían correr y aprovechar por los dueños del Valle del Fuerte. En este contexto, se erige Mogote como el adalid de la causa de los campesinos que buscaban tierras de riego para trabajarlas, pues era gente que sabía hacerlas producir.

Eran pocos los que creían en esta posibilidad, sin embargo, no cedían. Los domingos acudían a la casa de Mogote, donde se celebraban las asambleas. Campesinos del pueblo de Baca, de Loretillo, Agua Zarca, Tabucahui, entre otras comunidades, de donde se sabe acudía mi padre Hermolao Espinoza y su hermano Francisco, Trinidad Herrera y su hijo Mariano, Jesús Valdez, Manuel Parra, los Leyva de Tabucahui, por citar algunos.

En estas reuniones, en la mesa acompañaba un abogado de Culiacán que fungía como representante jurídico ante las autoridades agrarias del Estado. El discurso de Mogote hacía alusión a que el gobierno debía atender sus demandas de tierra y que había que presionar lo suficiente para obligarlo a entregarles tierra en el Campo Lalo Arrocera, ubicado en el municipio Ahome.

El abogado lo pagaban con la cooperación voluntaria de los que asistían a las asambleas que, para darles ánimo, Mogote acostumbraba a tomar la palabra y lanzar una arenga, que se volvió popular: “Como el más viejo de la pacota, aquí están mis cincuentas, compañeros; y, además, ¡perdónenme compañeros!, a este grado que estamos, en cualquier momento estaremos con un huevo en cada nalga”, en clara alusión a que las cosas, con el paso del tiempo, se pondrían peor.

Con el paso de los años, se fue agotando el ánimo que había despertado esta posibilidad de nuevas tierras. Los campesinos cada vez menos asistían a las reuniones y la utopía fue muriendo. Ante la negativa del gobierno, los hijos de estos campesinos emprenderían la salida de sus comunidades, pero no al Valle del Fuerte sino rumbo al Norte.

*Escritor e investigador de la historia mexicana regional (Sinaloa); cursante del diplomado de escritura creativa en la Escuela Mexicana de Escritores