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Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En ese cuadro se representa a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Los ojos se le ven desorbitados, tiene la boca abierta y además las alas desplegadas. Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia. Él ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se las va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo… Lo que llamamos progreso es justamente esta tempestad

Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia

El 16 de enero de 1974 tiene lugar, en la ciudad de Culiacán, Sinaloa, un acontecimiento de suma importancia para la historia contemporánea del estado y de nuestro país: el ensayo de insurrección popular armada que llevó a cabo la Liga Comunista 23 de Septiembre (LC23S), operación que fue bautizada con el nombre de Asalto al Cielo. En esos años era gobernador de la entidad Alfredo Valdés Montoya, mientras que la presidencia de la República la ocupaba Luis Echeverría Álvarez.

El grupo de jóvenes incorporado a la LC23S en Sinaloa se hacía llamar Los Enfermos. Dicho grupo se encontraba conformado, en cierta medida, por jóvenes que se separaron de las juventudes comunistas, descontentos con la pasividad que percibían en los dirigentes del Partido Comunista (PC, motejados como los pescados) frente a acontecimientos políticos y sociales recientes a aquellos años. Los Enfermos constituyeron una facción estudiantil radicalizada al interior de la Federación de Estudiantes Universitarios de Sinaloa (FEUS), su mote les fue otorgado por jóvenes que, después del cisma mencionado, permanecieron en las filas de la organización juvenil del Partido Comunista, quienes señalaron que las posiciones ultras de los primeros se ubicaban como un radicalismo pequeñoburgués al que Lenin se refirió en su obra El izquierdismo, la enfermedad infantil del comunismo; los enfermos asumieron esa identidad orgullosos: “sí estamos enfermos; pero del virus rojo del comunismo revolucionario”. Con ese ethos, los “enfermos” consideraron factible el ensayo de insurrección popular en cuestión, conclusión a la que llegaron, sobre todo, por la amplia trayectoria de apoyo a diversas causas sociales que tenían recorrida desde hace varios años para ese entonces, pues en distintas ocasiones grupos de campesinos así como de obreros de los sectores agrícola, de manufactura y construcción, habían acudido a ellos en busca de solidaridad con sus respectivas luchas.

El nombre de la operación hace alusión a los hechos históricos acaecidos en París en 1871, en los cuales las masas de trabajadores se hicieron del control de la mayoría de las instituciones, inaugurando lo que a la posteridad se conocería como La Comuna de París… en palabras de Marx, “tomando el cielo por asalto”.

Fritz Glockner, en su libro Los años heridos. Historia de la guerrilla en México (1968-1985), menciona que la operación fue planeada en una casa de seguridad de la Liga en la colonia Libertad, de Culiacán, lugar donde se dieron cita los activistas de dicha organización desde la tarde del martes 15 de enero hasta la madrugada del día siguiente. Los preparativos conllevaron la elaboración de bombas molotov, la definición de rutas, la asignación de tareas y el cálculo de la capacidad de convocatoria con que se contaba para la jornada de actividades revolucionarias.

El objetivo: educar a las masas en la acción revolucionaria lanzando una ofensiva estratégica para desgastar al Estado burgués. Se pretendía motivar a los trabajadores del campo y la ciudad, a través de la agitación y la propaganda, a unirse a los activistas de la Liga en actos de combate frente al Estado y la burguesía y encender la mecha que daría como resultado la explosión de una huelga política nacional.

Desde el asomo de los primeros rayos del sol, distintos comandos de la Liga llegan a los campos agrícolas de los alrededores de Culiacán. El Chaparral, el Conejo, el Diez, entre otros lugares, fueron escenario de mítines relámpago, en los cuales se daban discursos incendiarios invitando a los jornaleros a paralizar labores e incorporarse a la lucha; los oradores evocaron eventos recientes en los cuales campesinos, jornaleros y estudiantes, unidos, lograron, a través de invasiones, arrebatar tierras a caciques estatales para su reparto colectivo. De igual manera rememoraron cómo, dicha alianza estratégica, había logrado el aumento salarial de los trabajadores agrícolas de algunas regiones del Estado.

Caminos y carreteras fueron bloquedos; sin embargo las corporaciones policiacas lograron intervenir poco a poco. Glockner alude un cálculo: entre 10 mil y 50 mil trabajadores se unieron a la jornada revolucionaria, la cual era dirigida por entre 100 y 300 militantes de la LC23S.

En el escenario urbano los comandos de jóvenes guerrilleros tomaron unidades de transporte público y bloqueron distintas vías de tránsito; en las calles detonaron bombas molotov; se distribuyó propaganda entre trabajadores y población en general, en las que se les invitaba a unirse a la protesta. En este contexto también se buscó arrebatar armas a las fuerzas represoras de la burguesía, y la expropiación de recursos económicos e insumos que serían destinados a futuros operativos de la organización revolucionaria. En múltiples lugares ocurrieron enfrentamientos armados entre la policía y los estudiantes.

Para el medio día, el Ejército entraba en la ciudad con vehículos blindados, mientras en el área rural aterrizaba el Cuerpo de Paracaidistas que había enviado el gobierno federal para contener la situación; alrededor de 40 mil efectivos participaron en el combate a los “subversivos”… casi la mitad de las Fuerzas que en ese momento componían el Ejército Mexicano, a decir del autor.

Hay pocos datos en torno a los decesos que hubo en ambos bandos. A nivel oficial se habló de cuatro bajas: un velador, un policía y dos estudiantes. Lo cierto es que la respuesta del Estado fue brutalmente desproporcionada; entre el 16 de enero y el 30 de mayo de 1974 cientos de jóvenes caerían detenidos, otros serían ejecutados extrajudicialmente en operativos policiacos y algunos más se desvanecerían en el agujero negro de las desapariciones forzadas.

Durante este periodo son descubiertas casas de seguridad de la Liga en colonias como la Pemex, Díaz Ordaz, Hidalgo, Ejidal, Sinaloa, entre algunas otras de la capital del estado. En estos hechos las corporaciones policiacas encuentran máquinas de escribir, mimeógrafos, propaganda “subversiva”, armas y bombas molotov.

Este episodio de la historia contemporánea de Sinaloa y México, a pesar de no ser tan conocido, sigue siendo un tema sensible para alguna parte de la sociedad sinaloense, por obvias razones. Hay que ser respetuosos en cuanto a nuestra memoria de estos acontecimientos. La gran mayoría de jóvenes que participaron en esos sucesos se entregaron con una firme convicción a una praxis revolucionaria que, frente a las injusticias del orden político imperante, buscaba construir un mejor país. La articulación de su grupo (el movimiento de la enfermedad) con diversas causas sociales de la época da cuenta de ello. A su vez, el enorme poder de convocatoria que tuvieron entre trabajadores de diferentes sectores para llevar a cabo la operación Asalto al Cielo es la mejor prueba.

Como dato curioso, en la citada obra el autor habla de una ocasión en que el tenebroso personaje que fungió como director de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), Miguel Nazar Haro, cuestionó –algunos meses después de los acontecimientos– a un dirigente de la Liga que se encontraba preso en el penal de Topo Chico, en Nuevo León: “¿Qué hubieran hecho de haber llegado a controlar la ciudad?” El joven guerrillero no supo responder pues, según esta versión, en efecto, no existía un plan en torno a “¿qué hacer?” si el Asalto al Cielo resultaba exitoso.

El acontecimiento histórico en cuestión también es resaltado de suma importancia por Lucio Rangel Hernández en un trabajo de investigación titulado Liga Comunista 23 de septiembre 1973-1981. En él se señala que la jornada del 16 de enero de 1974 fue un evento sin comparación en la segunda mitad del siglo XX en nuestro país. Fue una acción de protesta y agitación que logra paralizar a 50 mil trabajadores y campesinos de la ciudad de Culiacán y sus alrededores. Sin embargo, a partir de estos hechos el Estado recrudecería la represión hacia la LC23S inaugurándose, de esa forma, lo que Rangel categoriza como la etapa defensiva o de dispersión (1974-1976) en la historia de la Liga.

Luis Echeverría presentó, el 1 de diciembre de 1974 su cuarto informe de gobierno frente a la Cámara de Diputados, en dicha ocasión recitó un lastimoso y desconcertante discurso con el que se refirió al tema de los grupos de jóvenes que, frente a la cerrazón política y el carácter represivo de los gobiernos priístas de la época, decidieron tomar las armas y unirse a alguna de las guerrillas de la época con el objetivo de mejorar las condiciones materiales de existencia de los oprimidos.

Citamos algunas de las palabras del expresidente: “…surgidos en hogares generalmente en proceso de disolución, creados en un ambiente de irresponsabilidad familiar, víctimas de la falta de coordinación entre padres y maestros. Mayoritariamente niños que fueron de lento aprendizaje; adolescentes con un mayor grado de inadaptación en la generalidad, con inclinación precoz al uso de estupefacientes… con una notable propensión a la promiscuidad sexual y con un alto grado de homosexualidad masculina y femenina. Son estos grupos, fácilmente manipulables por ocultos intereses políticos nacionales o extranjeros, que hallan en ellos instrumentos irresponsables para estas acciones de provocación en contra de nuestras instituciones… No es por la acción de las pandillas ni en el clandestinaje, sino en la plaza pública y a la luz del día, donde los verdaderos patriotas buscan el mandato político del pueblo para servir a los intereses de la nación… Ningún acto de infecundo aventuterismo político variará el rumbo que nos hemos trazado”.

Pareciera ser que hoy, al igual que ayer, los que ejercen el poder desde una lógica no sólo conservadora sino ya de plano reaccionaria, acuden a los mismos tópicos para denostar e intentar socavar la credibilidad de quienes realizan denuncias y emprenden acciones para cambiar situaciones de abuso e injusticia. Hay elementos que persisten. Sin embargo el tren de la historia sigue su curso y, al igual que ese Angelus Novus pensado por Walter Benjamin, no podemos ver exactamente qué deparará el futuro; ¿a dónde nos llevará este cúmulo de sucesos y catástrofes que se han aglutinado frente a nosotros? Llama la atención una reflexión que encontramos en las páginas iniciales de “Los años heridos…”:

“A diferencia de las actuales prácticas culturales, algunas civilizaciones prehispánicas ubicaban el pasado delante de ellos debido a que sí podrían visualizarlo, mientras que el futuro se situaba detrás de ellos, ya que éste se esconde en lo absoluto, una idea completamente inversa a lo que se ha promulgado desde la cultura occidental. Al colocar el futuro detrás de uno, es éste el que empuja, el que hace caminar, el que da la movilidad; es el pasado visible y se comprende desde la idea de tenerlo enfrente, puede ser interpretado y asimilado para cultivar de mejor forma la memoria.”

Los protagonistas de esta historia podrían haber imaginado una de las posibles conclusiones de este periplo revolucionario. Sin embargo, nadie podía saber con certeza qué depararía el futuro; nadie podría saber cuál sería ese porvenir que para nosotros es el presente. Concebir el futuro como aquello a lo que damos la espalda y es fuente de incertidumbre nos remite a lo que desde el sicoanálisis lacaniano es planteado como un “futuro anterior”; aquello que será a partir de lo que ha sido; aquello que se materializará a partir de ciertas condiciones de posibilidad que han sido configuradas previamente y frente a lo que se responde –por su carácter incierto–, inevitablemente, con la angustia. En este sentido, el trabajo historiográfico podría ser interpretado, también desde Lacan, como una alétheia (a = sin; lethé = olvido/ocultamiento), es decir, como un constante develar, como un des-ocultamiento de lo real, de una verdad inherente a los acontecimientos históricos.

Norberto Soto Sánchez*

*Sicólogo y maestro en ciencias de la educación

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