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En Mismaloya, Jalisco, se alza un campamento de científicos de cuatro universidades con un solo propósito: conservar la tortuga marina. En esta crónica, la periodista sinaloense Guerra Miguel narra el gran esfuerzo que hacen, sobre todo los jóvenes estudiantes, recorriendo todas las noches las costas en búsqueda de los nidos para evitar el contrabando de huevos. También entrevista a pescadores que aceptan la existencia del mercado negro de tortugas

 

Mismaloya, Jalisco. Paso a paso, con un aleteo aquí y otro allá, con su grueso y pesado caparazón, cuyos escudos córneos nos hacen viajar milenios atrás cuando el mundo era dominado por los reptiles, avanza –¿o retrocede?– la tortuga. Porque a cada paso fuera del mar la asedia el peligro más grande que existe sobre la naturaleza: el ser humano.

Meterse en la vida de la Lepidochelys olivácea –nombre científico de la tortuga golfina, la más común en el Pacífico mexicano– es una aventura emocionante, que conjunta un pasado remoto con un presente vivido y un futuro oscuro como la noche de este encuentro.

El aeropuerto de Puerto Vallarta no es el objetivo pero hay que tocarlo antes, para de ahí, a bordo de un jeep al descubierto que permite familiarizarse rápido con el trópico generoso y violento, llegar hasta las playas de Mismaloya. Arena gruesa, blanca, que forma una franja entre estero y mar abierto hecha como a propósito para un santuario de aves marinas, cocodrilos y tortugas.

Aquí, 160 estudiantes de cuatro universidades del país, la Autónoma de Nuevo León, la de Guadalajara, la Metropolitana y la Autónoma de Sinaloa coincidieron en un esfuerzo común, de investigación seria, aplicada, directa. En definitiva, contribuir por medio del reconocimiento a la conservación de un recurso que camina, en forma acelerada, hacia la extinción, paradójicamente a la inversa del sufrido reptil que con millones de años a cuestas surca con caminar inseguro y lento los litorales de Jalisco.

Hoy es la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales la que continúa estos trabajos que deben atribuirse a esos primeros científicos enamorados del mar y sus especies, con altos fines sociales, primordialmente en favor de los pescadores concientizándolos en su rescate para la preservación.

El campamento y la organización

Una vieja construcción de estanques y tejabanes –que hace menos de 1 década pretendía ser un centro productor de tortuga marina– se convierte hoy en el campamento ideal para los jóvenes investigadores. Aquí la actividad no cesa un segundo; una se llega a preguntar: ¿a qué hora duermen? Porque en la noche, a pie o en jeep, en pequeños grupos de cinco –brigadas mixtas­­– recorren kilómetros de playa para rescatar el producto de los quelóneos y ganarle tiempo al futuro.

Se consiguen dos objetivos: uno, la conservación de la especie; y otro, la investigación del recurso. Habría que mencionar uno más, tal vez el de mayor importancia: se rescata el huevo de los depredadores que, muchas veces por necesidad y las menos por ignorancia, lo saquean para comercializarlo y aquí valga mencionar otra paradoja, muere la tortuga para que sobreviva el humano.

La aventura se inicia apenas desaparece el sol. Es la hora en que la tortuga sale del mar cuando el anaranjado tiñe el horizonte anunciando la hora del trabajo. Sabe la ardua tarea que le espera, porque ovipositar cien huevos promedio implica un esfuerzo pocas veces visto en la naturaleza.

La tortuga es cauta, y el ser humano la ha hecho ser hasta arisca. Si tan sólo presiente que alguien la observa regresará hacia el mar para buscar otra salida más segura, si es que antes no queda atrapada en un chinchorro [red de pesca semejante al jabeque]. Pero esta noche de cuarto menguante, ideal para la anidación de esta especie, estamos de suerte: hemos encontrado nueve nidos y los muchachos han marcado tres tortugas, todo esto en un recorrido de 30 kilómetros que al principio parece infructuoso.

Y ahí está tras el montículo de arena blanca, llorando y gimiendo una tortuga de 70 centímetros de largo de caparacho, ideal para un juego de bolsa, zapatos y cinto que con esta carestía su cotización sería mayor de 100 mil pesos, protegida y amada por esta brigada silenciosa, cuyas pisadas leves se pierden junto con el jadeo del animal al iniciarse una tupida llovizna.

La tortuga sigue su tarea, sin importar lluvia y viento. A los brigadistas tampoco parece importarles el temporal y esperan pacientemente a que caiga el último huevo. Majestuosamente, como si estuviera consciente de la gran hazaña que acaba de realizar, el quelonio vuelve sobre su rastro y se pierde en el mar, llevando en su aleta el arete puesto por los investigadores. Ya ha sido bautizada.

Habían transcurrido casi 2 horas. Esa tortuga ovipositó 140 huevos, que del cilíndrico nido original pasan al corral de incubación del campamento en donde estarán protegidos hasta que rompan el cascarón los nuevos habitantes del planeta.

El alba sorprende al grupo tatemando sobre las brasas pescado que las cooperativas de la región acaban de obsequiarles. El trópico se manifiesta en el agua de coco, las mielosas papayas, los plátanos portalimón y un vaso de leche recién ordeñada. Todo esto consumido con el apetito feroz de los quijotes nocturnos.

La tortuga en el aula

Práctica y teoría ponen en evidencia la grave responsabilidad que la presente generación debe asumir para la defensa de la naturaleza en la que somos un ente decisivo. En el pizarrón se describe lentamente el conocimiento que el hombre a través de la historia ha podido obtener de la tortuga marina. La existencia de este animal se remonta a 360 millones de años. Pertenece a la época de los dinosaurios, pero a nosotros solamente diez años nos han bastado para casi lograr su exterminio. De este hecho dramático surge en varios países la inquietud, la preocupación y el estudio para su conservación.

Una muestra de esta inquietud se da  aquí en Mismaloya. Convergen cuatro Escuelas de Biología; esto nos da la pauta para asegurar que las universidades han hecho suyo el problema de la extinción. De aquí para adelante habrá más confianza en el futuro de este importante recurso.

La captura

En la costa de Jalisco, siete cooperativas se dedican a la captura de la golfina, de donde se sostienen aproximadamente 300 familias. Viven asentadas a lo largo del litoral con sus pueblecillos a los que han dado nombres indígenas, como Tehuamixtle, Chametla, Tenacatita, y la propia Mismaloya. A bordo de sus lanchas, los pescadores inician sus labores al despuntar el sol. Se hacen a la mar para revisar los chinchorros caguameros fijados de 15 a 40 brazas de profundidad, perpendiculares a la costa. Entre tres pescadores por panga, con sus brazos fuertes, aquella raza de bronce a la que cantó Amado Nervo, levanta las artes de pesca para cerciorarse si ha caído la codiciada presa.

¿Es tarea diaria la revisión del chinchorro? ¿Cuántos quelónios logra capturar por chinchorro y en la temporada? ¿a cómo se los pagan? Las preguntas se tienen que repetir una y otra vez, porque el pescador es poco comunicativo, parece temeroso ante los extraños. Empero, han establecido confianza con los investigadores y aceptan responder, aunque a tiros y tirones.

El más viejo de los pescadores –que parece el líder y a quien sus compañeros llaman Güero– informa: “venimos a veces diario y casi siempre cada 2 días para evitar que se pierda el producto si se pega, se ahoga y se echa a perder”.

Luego, ya más en confianza, y como orgulloso de su conocimiento del mar pero triste porque cada año disminuye en número la captura, cuenta que se han estado sacando en promedio tres tortugas por chinchorro, y en la temporada apenas entre todos han capturado 1 mil 500 animales, cuando hace 5 años, llegaron a capturar hasta 70 por chinchorro.

La comercialización es el problema más serio, dice el Güero, porque Productos Pesqueros Mexicanos se las paga a 450 pesos por unidad. Y “ve usted que [vamos] sacando tres por chinchorro a como está de caro el combustible; de por sí que nunca ha sido negocio para el pescador: nos orillan a buscarle venta libre, y ahí les llevamos una que otra para taparle el ojo al macho, aunque como ellos conocen nuestras necesidades, hasta participan en la venta”.

El negocio de la tortuga no es sólo la carne. Lo que más deja es la piel. Propemex o las fábricas o permisionarios que se encuentran en las ciudades de México y Guadalajara, aunque también algunas, según cuentan los pescadores, salen subrepticiamente a Estados Unidos, donde dicen que un solo huevo de caguama vale 5 o más dólares. “¡Imagínese cuánto costará una piel!, comenta con azoro el Güero.

El contrabando no se da, pues, sólo en el país, sino que gran parte del producto se lo llevan fuera de México.

En el trayecto de regreso, ya con las mochilas a bordo del jeep, después de una última ojeada a los corrales en donde ya comenzaban a nacer las crías, surgen los comentarios entusiastas de los investigadores que también empacan sus pertenencias, entre las que llevan una nueva carga: el compromiso de informar en su ciudad de origen la experiencia vivida aquí, en Mismaloya, donde aprendieron a identificarse en forma seria y responsable con las tortugas marinas.

El equipo de biólogos de la Escuela de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa, responsable del curso, seguirá en este lugar. Son 6 meses de tareas conjuntas con la delegación de Pesca de Jalisco.

Antes que en Mismaloya, en Ceuta, Sinaloa, se sembró la primera semilla del trabajo, en un campamento rústico, que hoy ha dado sus primeras flores. El fruto de la organización se planeó aquí: extenderse, en la próxima temporada, a lo largo de las costas mexicanas en donde anidan estos reptiles. La golfina ya no estará sola en su lucha por subsistir. Toda una organización se ha hecho la promesa de responder por su futuro.

Carmen Aída Guerra Miguel

[INVESTIGACIÓN] [SOCIEDAD]