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A finales del año pasado, Andrés Manuel López Obrador le dijo claramente a la cúpula empresarial que su gobierno no está enfrentado con ella. Esa mañana de jueves terminó su alocución pidiendo un aplauso para los hombres más acaudalados del país. Él mismo inició, entusiasta, el batir de palmas. Ahí se encontraban Carlos Slim, Carlos Salazar Lomelín, Francisco Cervantes, José Manuel López Campos, Sergio Leal, Manuel Escobedo, Antonio del Valle, Luis Niño de Rivera, Enoc Castellanos, Vicente Yáñez, Fernando Chico Pardo y, entre muchos otros, Roberto Hernández; sin que falte mencionar que su “consejo asesor” está integrado por Ricardo Salinas Pliego, Bernardo Gómez, Olegario Vázquez Aldir, Carlos Hank, Daniel Chávez, Miguel Rincón, Sergio Gutiérrez y Miguel Alemán Magnani.

Era 28 de noviembre, la última de tantas visitas obsequiosas del pleno de las organizaciones patronales al presidente de la República durante 2019. Poderes político y económico habían intercambiado elogios y se habían prometido favores. Sobre todo, muchos negocios e inversiones. Éstas, por 42 mil millones de dólares (una cifra que ronda los 900 mil millones de pesos) tan sólo en una primera de tres fases.

Aquella mañana, poco más de 200 empresarios, los más ricos de México, también aplaudieron al presidente de la República. Todas las agrupaciones empresariales enviaron a sus presidencias o direcciones ejecutivas, entre ellas el Consejo Mexicano de Negocios (CMH); el Consejo Coordinador Empresarial (CCE), con sus 12 cámaras, y la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex). Quedaron satisfechas con la determimación de que los megaproyectos en todo el país van porque van.

Los pleitos de la derecha mexicana con el gobierno de López Obrador son pirotecnia, a veces muy llamativa pero nunca de fondo. La oposición aparentemente a ultranza del panismo y sus satélites es porque se les acabaron negocios corruptos, porque consideran que ellos serían mejores ejecutores de las mismas políticas de hoy, o sencillamente porque su problema es de estilo y personal con López Obrador. Es, pues, una disputa por el poder, dentro de los márgenes del sistema.

Vemos al panismo criticando férreamente los zapatos maltratados del presidente, su supuesta ignorancia en temas económicos, el nombramiento de tal o cual funcionario, los nuevos programas asistenciales, el combate a la corrupción, la política de comunicación social, el discurso oficial ante el narcotráfico, la reducción de sueldos de los altos funcionarios, el combate al robo de combustibles, el asilo otorgado al presidente Evo Morales, depuesto en Bolivia por un golpe de Estado…

Pero nunca veremos al panismo oponerse al mayor despliegue militar de la historia del país que hoy está en marcha y que, ¡oh, sorpresa!, se concentra entorno al Ejército Zapatista de Liberacion Nacional (EZLN) y a las comunidades del Congreso Nacional Indígena y no en las regiones con mayores problemas de violencia por narcotráfico (https://bit.ly/2urRi6u). Tampoco, a la contención migratoria que impuso Estados Unidos a México, con su estela de violaciones a los derechos humanos de los migrantes y las trágicas y vergonzantes deportaciones de miles de familias que huyen de la pobreza y la violencia.

Menos aún veremos al panismo cuestionar el corazón del proyecto de país de la “4T”, es decir, la pretendida transformación histórica (un nuevo periodo de acumulación capitalista por despojo) mediante cinco grandes megaproyectos: el Tren Maya, el Corredor del Istmo de Tehuantepec, el Proyecto Integral Morelos, la Franja Libre en la Frontera Norte y el programa Sembrando Vida.

Priísmo, panismo, perredismo y poderes económicos fácticos no se opondrán nunca a estos proyectos de Morena. No es que todos los partidos y políticos sean iguales o no mantengan reales y férreas disputas por el poder. El asunto es que sus diferencias son sistémicas.

Lo que ahora se muestra con mayor claridad es que la oposición radical a López Obrador no es de derecha. Por más estridencia en los medios de comunicación y en las redes sociales, los hechos incontrovertibles nos dicen que la oposición real al actual gobierno es de izquierda y es antisistémica.

El EZLN no “resurgió”, como algunos se llaman a sorpresa. Desde 1994 ha estado resistiendo las embestidas de seis presidentes de la República y ha construido al interior una región indígena autónoma que ha generado claramente mejores condiciones de vida para las comunidades y ha detenido la explotación de recursos naturales y de personas. Y al exterior, junto con pueblos, tribus y naciones de todo México, ha consolidado el Congreso Nacional Indígena, la organización más grande que hayan articulado las comunidades originarias del país para detener el proceso de exterminio en su contra que se agudizó hace 4 décadas.

La oposición de los zapatistas a los anteriores gobiernos ha sido frontal, como la que esgrimen hoy. ¿Entonces por qué ahora hay mayores posibilidades de que se reactive la guerra en Chiapas? Sencillamente porque el obradorismo sí puede hacer lo que no pudieron o siquiera soñaron los presidentes antecesores. El gobierno de López Obrador sí puede hacer realidad la vieja añoranza de los empresarios por “desarrollar” el Istmo, la Península de Yucatán, explotar los recursos renovables y no renovables en tierras yoremes, yaquis, rarámmuris y tepehuanas, en un proceso de acumuación de capital que haga “crecer” de manera sostenida el producto interno bruto.

López Obrador también se lanza frontal contra los zapatistas, pues de estos cinco megaproyectos citados dependen todos sus resultados económicos y el legado que pretende dejar. Por ello ha omitido o simulado consultas populares fast track para intentar legitimar el inicio de las obras. La determinación del presidente de la República es que pase lo que pase, y pese a quien pese, esos proyecto serán una realidad. No están sujetos a discusión.

Andrés Manuel acusa a los zapatistas de no reconocer que su gobierno y él mismo son distintos a los anteriores detentadores del Poder Ejecutivo federal. Lo cierto es que el presidente es quien mete en un mismo costal a la oposción. Para él, todos quienes se le oponen son “conservadores” (de derecha o izquierda pero conservadores al fin). No acepta que la izquierda va más allá, mucho más allá, de él y del sistema electoral mexicano.

Son proyectos de país distintos. Podríamos analizar si hay coincidencias. Tal vez las haya, pero las diferencias son más grandes y profundas. Por verse quién descarrilará a quién.

A diferencia de sus seguidores acríticos, López Obrador sí sabe que tiene enfrente a un adversario real con capacidad de echar abajo su proyecto de país. No en vano hace campaña cada fin de semana en territorios indígenas. En la próxima entrega nos referiremos a las potencialidades del EZLN y el movimiento indigena antisitémico.

Zósimo Camacho

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