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La intervención del Ejército turco en el Noroeste de Siria es uno de los más recientes episodios de una larga y terrible guerra, con más de medio millón de muertos y 6 millones de desplazados y de refugiados desde 2011. Hoy el pretexto son los kurdos. Seguridad nacional y lucha contra el terrorismo, los objetivos formales de Turquía; pero en realidad hay un negocio de 27 mil millones de dólares

El 9 de octubre Turquía dio comienzo a una operación militar denominada “Primavera de Paz”, invadiendo el Noreste de Siria. El conflicto en el país de Oriente Medio, que muchos analistas definían como ya casi terminado, ha vuelto en el centro de la atención de la opinión pública internacional. Hoy las víctimas son las poblaciones kurdas, pueblo sin Estado, sacrificados otra vez en las lógicas políticas de las grandes potencias imperiales y de sus líderes políticos sujetos a los intereses nacionales de Estados Unidos. La guerra en Siria, empezada en marzo de 2011, ha conocido masacres y crímenes de lesa humanidad contra la población Siria. La opinión pública internacional se ha quedado con los brazos cruzados, sin casi solidarizarse con el valiente y heroico Ejército Árabe Sirio y su comandante en jefe, el presidente constitucional Bashar Al-Asad, con el soberano pueblo sirio y su unidad dentro del eje chiíta de la Resistencia Árabe. Homs, Alepo, la Ghouta oriental, Raqqua e Idlib, ciudades y territorios agredidos, bombardeados sin piedad, que se han vuelto el símbolo de batallas conducidas contra cualquier regla del derecho internacional. Aquí un ejército de mercenarios, asesinos y terroristas de más de 250 mil yihadistas de casi 100 paises del mundo empezaron una guerra financiada por Estados Unidos, Francia, Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Catar y Arabia Saudita –todo bajo el apoyo militar de todos los Estados miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)– para derrocar a la única nación árabe laica y socialista de la región y donde las tres principales religiones monoteístas convivían en armonía, para abrirse el camino hacia Asia desde Irán. Más de 500 mil muertos, 5.6 millones de refugiados registrados contando únicamente los países fronterizos, más de 6 millones de desplazados dentro del territorio nacional, entre estos 2.5 millones de niños. Bastarían estos datos para comprender, finalmente, el horror y el sufrimiento vivido en estos largos años por la población Siria. Sin embargo, la creación de una “zona segura” en la frontera con Siria, impuesta por el sultán turco Recep Tayyip Erdogan, podría transformarse en un nuevo genocidio.

La “zona limite” de Erdogan: un negocio de 27 billones de dólares

El sultán de Ankara quiere deportar unos 2 millones de refugiados sirios que al momento están viviendo en Turquía, en una línea fronteriza profunda de casi 30 kilometros y 480 kilómetros de longitud hasta Irak y que hoy es administrada por las poblaciones kurdas. El gobierno turco ya ha presentado los proyectos de aldeas, escuelas, mezquitas y hospitales que serán construidos para hacer realidad el retorno de los refugiados a su patria: un negocio de 27 mil millones de dólares. El presidente turco ha solicitado el apoyo de la Unión Europea. Más que solidaridad con el vecino sirio, se trata de una tremenda sustitución demográfica, que se realiza sobre las víctimas de una guerra sin límites e interminable.

Pero antes de realizar sus proyectos imperiales, Ankara tiene que derrocar sus enemigos kurdos con la ayuda de los terroristas de Al-Nussra que a su vez tendrían la oportunidad de restablecer aquel control militar que han perdido desde que Irán y Rusia, luego de la petición de Asad de apoyar la resistencia siria contra el terrorismo (petición que no va contra el derecho internacional), los derrotaron en el campo obligándolos a retirarse en los territorios turcos. Obviamente Erdogan niega todo esto y declara que su objetivo es la ofensiva militar contra los combatientes de la YPG (Unidades de Defensa Popular) que Ankara considera la extensión, el brazo militar, del PKK, el Partido de los Trabajadores Kurdos de Abdulah Ocalan (aún en una carcel turca) y que luchan desde la década de 1970 por la independencia de Turquía.

Así que por un lado tenemos el Ejército turco, el segundo en potencia de fuego dentro de la OTAN luego de Estados Unidos, y por otro lado, las Fuerzas democráticas Sirias, compuestas por los ya mencionados kurdos, árabes y asiros, que desde 2015 han entregado sus vidas en la lucha contra los fanáticos del ISIS, cuando los mercenarios del Califato sembraban masacres y crímenes de lesa humanidad en Kobane o Tal Abyad, alrededor de la frontera turco-siria, donde estas formaciones terroristas encontraban la oportunidad de retirarse por el lado Turco (imposible pensar que Ankara no supiera nada). Ahí, en ese momento, los únicos que tomaron las armas fueron las mujeres y hombres de la YPG/YPJ, creando cuerpos de voluntarios y milicias populares. No es cierto que Estados Unidos y los europeos hayan ayudado a los kurdos. Nunca éstos fueron apoyados. Es más, los kurdos fueron abandonados política y militarmente, prefiriendo una alianza con Estados Unidos en lugar del gobierno sirio, su enemigo histórico hacia sus ambiciones de revancha nacionalista. Estados Unidos los cooptó para luego echarlos a su aliado estratégico turco.

Pero la justificación del presidente turco no debe tomarnos por sorpresa: toda la guerra en Siria tiene su lógica en una “guerra bastarda y sin gloria” al estilo OTAN y contra el gobierno y pueblo sirios. Al comienzo se quiso justificar el apoyo a los “rebeldes moderados” –en realidad terroristas yihadistas de ISIS, Al-Nusra y Al-Qaeda– inculpando a Asad, primero, de haber utilizado la fuerza para masacrar su mismo pueblo. Luego, como ya mencioné en “La humanidad hacia la Tercera Guerra Mundial” (Contralinea, 29 de abril de 2018), a través del intento cínico y grotesco de acusar al gobierno Sirio de haber utilizado armas químicas contra las poblaciones civiles. La participación de Rusia en apoyo de Damasco ha devenido en la misma estrategia de descalificación: inculpar a Putin de utilizar el mismo modus operandi de Asad y que las operaciones de la aviación rusa en territorio Sirio no iban contra las posiciones del ISIS, sino contra las poblaciones civiles. Lo que sí fue cierto: terminaron bajo las bombas de Estados Unidos y sus aliados terroristas hospitales, escuelas, centros religiosos, aldeas y poblaciones civiles. Aquí los terroristas cometieron asesinados, violaciones y masacres bajo el apoyo de aquellos mismos países ya mencionados y financiados por ellos. Y ahora, cuando Estados Unidos se encuentra imposibilitado de seguir en el pantano de Oriente Medio debido a su deuda interna y su gasto militar en esta guerra sin límites (que perdura desde la primera Guerra del Golfo contra Irak en 1991, pasando por Afghanistan, Libia, la antigua Yugoslavia y Siria). De aquí la necesidad de lanzar a la guerra a uno de sus más poderosos aliados en la region, la Turquía del sultán Erdogan.

Putin “el pacificador”: un equilibrio que podría romperse

Con el inicio de las operaciones militares de Turquía, el presidente ruso se ha quedado como único árbitro reconocido por Siria. Moscú ha ocupado el vacío político y militar que Estados Unidos ha dejado. Las Fuerzas de Armadas rusas ya vigilan Mambij, en la gobernación de Alepo, donde hasta hace pocos meses estaban los marinos estadunidenses. “Ignoramos al momento qué hay detrás de la retirada tan rápida de los militares estadunidenses y, sobretodo, por qué nos han entregado este territorio a nosotros y no a los turcos, aliados de la OTAN. Tal vez se trata de una gran oportunidad por parte de Estados Unidos para hacer explotar una guerra entre Rusia y Turquía”, declaró el oficial ruso Alexander Lavrentiev al periodista Maxim A Suchkov, de Al Monitor (16 de octubre de 2019).

En el complejo ajedrez de Oriente Medio, es importante mencionar que Putin fue el único capaz de mantener las relaciones con todos los principales protagonistas en lucha entre ellos mismos: Arabia Saudita, Irán, Turquía e Israel. No hay país en esta área donde Moscú no pueda sentarse a dialogar. Además, con el fin de la “protección” estadunidense, los kurdos se están acercando a la Federación Rusa como nuevo mediador capaz de satisfacer sus aspiraciones milenarias.

Es justo ahora que Putin empieza un delicado juego de equilibrios entre intereses opuestos. En este sentido hay que interpretar su recién viaje en Oriente Medio (Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos), pero también los acuerdos bilaterales entre Rusia y Turquía, al hacer imposible las preocupaciones de los analistas militares rusos aquí mencionados. Como en un partido de ajedrez, si por un lado hay Erdogan, al cual Moscú ha vendido los sofisticados sistemas de defensa antimisiles S-400, por otro lado hay Asad, el aliado que ha permitido a Rusia volver a ser una potencia internacional de gran relevancia y romper el cerco imperialista de la OTAN en las regiones orientales de Europa fronterizas a Rusia. De acuerdo con un artículo de la revista Turca en idioma ingles Bia News Desk del 17 de octubre de 2019 el primer ministro turco ha declarado: “Los Rusos nos han garantizado que el Ejército sirio mantendrá los kurdos alejados de la frontera”. Un trato capaz de terminar con la ofensiva, además de un momentáneo cese al fuego garantizado por Erdogan y Trump para permitir una retirada de los combatientes kurdos hacia Sur.

Por lo tanto Putin tiene la oportunidad de poner fin a la sangrienta guerra en Siria, una tarea muy delicada y que oculta grandes riesgos; uno sobre todo, al no solucionar todos los objetivos y peticiones políticas de los actores en el campo y los revanchismos de la región. Lo que estamos viendo es una división imperial del pastel sirio entre intereses imperiales y nacionalismos. ¿Los rusos lograran solucionar la grave crisis en esa region creada por Estados Unidos y su “imperio del caos” sin romper con su alianza estratégica con Asad y no caer en un conflicto bélico con Turquía? ¿Cómo solucionar las pretensiones nacionalistas de la variada galaxia kurda que vive dentro de autonomías regionales diferentes entre ellas y sin ofender las otras minorías y etnias que conviven pacíficamente entre ellos?

Los kurdos, un pueblo dividido que quiere su propio Estado

Para las poblaciones que viven en las regiones sirias del Rojava, la aprobación de Washington a los planes de invasión militar de Turquía es una traición, pero ésta no es la primera que les hacen las potencias occidentales. Y los kurdos siempre han preferido confiar en los acuerdos con estos países, alejándose de relaciones con Irak y Siria. A lo largo del siglo XX todas sus expectativas fueron derrocadas y el sueño de un Kurdistán independiente se quedó en meras palabras. La población kurda, dividida entre Turquía, Irak, Irán y Siria (también hay algunas comunidades que viven en Armenia y Azerbaiyán), han vivido en el pasado la traición de sus propias reivindicaciones nacionales. Con la caída del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial, a los kurdos se le prometió la constitución de un Estado independiente. El Tratado de Sevres (1920) debió promover la creación de una comisión específica de la Sociedad de las Naciones que hubiera determinado las fronteras para la creación de un Estado-nación kurdo. Luego de pocos años (1923), otro tratado, esta vez firmado en Lozana, reconocía el nacimiento de la República de Turquía, acabando con las aspiraciones nacionalistas kurdas y esa región fue separada entre Francia (a la que venía entregado el protectorado de Siria) y la menarquía iraquí bajo el mando británico. Desde ese entonces, para los millones de kurdos empezó una lucha para reivindicar su propia cultura e idioma, pero sobretodo para conquistar su independencia económica y política, un área independiente de casi 450 mil kilómetros cuadrados rica de recursos naturales estratégicos.

Quién gana y quién pierde con la invasión turca en Siria

Más allá del aspecto militar ya analizado, en el plano político la decisión de Erdogan tiene vencedores y vencidos. El primer vencedor es justo el sultán Erdogan, capaz de imponer al mundo la invasión militar del Noreste de Siria. También el gobierno sirio saldrá fortalecido: Bashar Al-Asad ahora podrá negociar un eventual acuerdo con los kurdos aprovechando de su debilidad. A pesar de las legítimas declaraciones del viceministro de relaciones exteriores sirio, Faisal Miqdad, reportadas en el periódico árabe en idioma inglés The New Arab (11 de octubre de 2019), donde define las fuerzas kurdas del YPG como traidores de la nación Árabe Siria en su alianza oportunista con Estados Unidos, para el gobierno de Siria es importante ahora trascender estas diferencias y crear una alianza táctica con las formaciones kurdas para poder restablecer el control de una region rica de recursos naturales –como el petróleo– en las manos de potencias extranjeras.

También Rusia e Irán tendrán sus resultados positivos por la sorpresiva decisión de Trump de retirar sus tropas de Siria. El presidente estadunidense ya había anunciado en diciembre de 2018, luego de la derrota del ISIS, que los 2 mil militares desplegados en esta área volverían a casa. ¿Qué hay detrás de esta política? En un momento de grave crisis interna en Estados Unidos, podría ser un intento de la Casa Blanca de dejar que mediante la intervención turca, las formaciones mercenarias y terroristas vuelvan con fuerza a controlar una región estratégica. Además, se trata de una ruta inmersa en negocios criminales, como el trafico de droga entre Afganistán y los Balcanes y donde Irán y Siria representan el bastión de la resistencia de los pueblos contra el narcotráfico, como destaca la lucha del ejercito iraní en su frontera.

Luego de la batalla campal en Baghuz Fawquani –en marzo del 2018–, los yihadistas han perdido las últimas posiciones donde controlaban aquel territorio autoproclamado como Califato; pero miles de terroristas aún están libres y actuando. Y ahora hasta los que están detenidos en cárceles kurdas podrían ser liberados. Estamos hablando de casi 12 mil mercenarios, entre estos se destacan los foreign fighters, combatientes extranjeros, con ciudadanías francesas y que quieren volver en sus hogares en ese país transalpino que le había prometido una guerra relámpago como la que justo hace 8 años, el 20 de octubre, había terminado con la Revolución verde en Libia con el asesinato, televisado en directo, de Muamar Gadafi.

En esta crisis, como en las pasadas, la Unión Europea demuestra todo su cinismo imperialista al ser incapaz de solucionar con su socio turco en la OTAN una guerra que ellos por primeros –junto con Estados Unidos y sus socios de las mencionadas petromonarquías de Oriente Medio– han creado. Las supuestas “protestas” para la ofensiva militar turca caen en el ridículo, si pensamos que estas fueron dejadas en las manos de las cancillerías y gobiernos europeos a nivel individual. Francia, Alemania y Holanda han anunciado el fin de las ventas de armas a Turquía, pero esto parece no incomodar a Erdogan, que sigue firmando acuerdos estratégicos con otros socios de la region mediterránea como en el caso de Italia.

La última, verdadera y gran víctima de este conflicto de casi 1 década es el pueblo sirio, su clase trabajadora, que desde luego tomó las armas para defender su soberanía y autodeterminación, su gobierno laico y constitucional, nacido detrás de la historia del movimiento pan-Árabe y el socialismo del Partido Baath y de Háfez Al-Asad, aquel gran líder político y militar que en los primeros años de la década de 1970 hizo posible el renacer del sueño de una nación Árabe laica y socialista y que tenía su precedente histórico en el avanzado Egipto de Nasser, al final de la Segunda Guerra Mundial y en el Movimiento de los Países No Alineados.

Aun otra vez, ancianos, mujeres y niños tendrán que huir de sus casas. Y a nadie le importará. Los medios de comunicación embedded nos presentarán otra vez la imagen caricaturizada de un gobierno sirio y criminal, mientras las élites kurdas que juegan con el pueblo kurdo por sus intereses personales serán presentadas a nivel mundial, no a través de sus intereses tribales y corporativos, no mediante sus alianzas que mutan  como cambia de dirección una bandera cuando dobla el viento, sino como una comunidad resistente y por ende reconocida dentro las lógicas culturales de una “izquierda fi-fi”, de unos “revolucionarios de Facebook” necesitados de nuevas emociones desde sus casas y alineadas a la cultura neoliberal y que no molesten los juegos de guerra de Estados Unidos.

Alessandro Pagani*

*Historiador y escritor. Es autor del libro De la estrategia de la tensión a la Operación Cóndor: El neofascismo italiano al servicio de la geopolítica imperial estadounidense (https://www.amazon.com.mx/Desde-estrategia-tensión-operación-cóndor-ebook/dp/B07T7DPXJF)

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