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Más de 3 mil mujeres marcharon el 25 de noviembre en la Ciudad de México y cientos más en otras ciudades. En el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la marea femenina desbordó avenidas y al grito de “Ni una menos” hicieron retumbar a millones de conciencias, pues la marcha tuvo amplia cobertura y en los días posteriores se han sumado más imágenes y videos, testimonios que dan cuenta de la gesta que libran en un país donde miles de ellas han sido y son asesinadas, violadas, acosadas y vejadas.

Tuvieron la voz en el templete del Zócalo nacional y la atención de los medios, una congregación expuesta a la sociedad; sobre todo a nosotros, los hombres, los que ya no marchamos a su lado porque las violentas, poco más de 50, salieron a agredir hombres, a “quemarlo todo”, “a derrumbar al patriarcado”, “a ser malas” y a dejarnos claro que pueden ser “peores”, así lo pintaron en los muros. Y ahí es donde el pequeño grupo feminista violento se enfrentó con la disyuntiva que todo movimiento alcanza: con el desgaste de la repetición, las acciones pierden efecto.

La rijosas innovaron, adicionaron a su instrumental de ataque: martillos, marros, palas, chicharras eléctricas y bombas de inyección para esparcir líquidos inflamables. La diamantina voló contra los machos; pero cómo saber si el anciano que temblaba tras ser bañado en pintura roja y rociado con líquidos incendiarios es un mal hombre: un opresor, un violador, un acosador. Eso es irrelevante, es hombre y debe ser agredido; sólo repetían que le querían prender fuego; sin duda una victoria para la lucha feminista: un anciano delirante y orinado en los pantalones, que pudo ser el abuelo, el padre, el esposo o el hermano de una manifestante; pero no importa, agredan al hombre, maldito opresor, todos son iguales; por eso a un reportero le propinaron unas merecidas descargas eléctricas con una chicharra para arrear ganado.

Las recalcitrantes le dieron marrazos a las estatuas, lo de derribar las barreras metálicas y romper vidrieras era previsible; sí, hablamos de la demolición del sistema opresor masculino mediante la destrucción de los monumentos monolíticos que sustentan la histórica violencia de género contra las mujeres. ¡Qué gusto ver el avance de su lucha!, que es la de nosotros, la de los hombres que respaldamos a nuestras hermanas, madres y amigas, esos que hemos padecido en familia el secuestro y la violación a una mujer, esos que antes marchábamos a su lado, pero que ahora tomamos distancia pues no queremos ser atacados y debemos respetar su petición de ir solas contra el monstruo patriarcal.

Inspiradas en los anarquistas callejeros, ese grupo violento que hemos padecido en cientos de marchas, usó petardos para confundir y atemorizar a las asistentes; las feministas lograron una buena réplica de los alborotos masculinos; puede ser que tuvieran asesores ya que había algunos varones entre ellas, entonces surge la pregunta: ¿no dijeron que no querían hombres en la manifestación?, lo que plantea la posibilidad de que sean grupos infiltrados. Qué bueno que ellas se apropien de instrumental de acción más efectivo, habrá que ver qué han logrado los “anarquistas” hombres en su “lucha contra el sistema”. Lo anterior plantea otra interrogante: ¿Por qué la violencia “feminista” en las manifestaciones está focalizada en la capital del país? Quizás sólo dañan monumentos y agreden personas en donde se les garantiza libre acción o tal vez en los grupos violentos hay intereses que trascienden la agenda feminista en busca de la confrontación con el gobierno capitalino y por ende con el federal.

Entre petardos sucedió la marcha y mientras miles de mujeres exigían justicia, decenas de encapuchadas, algunas con los torsos desnudos y los senos pintados, tomaban acciones más efectivas: derribar letreros, pintar monumentos y mostrar a todos el dedo medio. Qué curioso que luchen contra el patriarcado y se valgan de una faloseñal para expresar su empoderamiento.

Pero no todo fueron las violentas, hubo madres llorando el asesinato o la desaparición de una hija, había miles de mujeres respaldando a otras mujeres, las vivas y las muertas.

Dicen los que aplauden la destrucción que los monumentos no importan, que lo fundamental son ellas y estoy de acuerdo y miles de hombres más deben estarlo. Tampoco son relevantes los letreros, ni las luminarias, ni las bancas, todas son sólo cosas materiales; y cada vez importarán menos. Después de las primeras manifestaciones violentas del 16 de agosto pasado en la Ciudad de México –así como las del 7 y 14 de noviembre en Ciudad Universitaria en las que las embozadas dañaron lo que pudieron, hasta una portería (mayor símbolo del patriarcado no puede haber) y dos bibliotecas–, en la manifestación del lunes ante lo previsible de los destrozos que harían las más obstinadas, los actos vandálicos ya no tuvieron el mismo efecto. Se debe conceder que las violentas hacen desaparecer de la escena a miles de mujeres que se manifiestan de manera pacífica, muchas de las cuales las conminaron a no generar violencia. Es posible que en cada manifestación las embozadas incrementen el nivel de agresividad, pues dentro de poco los monumentos que dañen  carecerán de efecto mediático; los grupos radicales que han elegido la violencia –incluso contra otras mujeres– atacaron a mujeres policías y a algunas reporteras, las golpearon con palos, les arrojaron pintura y las llamaron “pendejas traidoras de género”, incrementarán su fanatismo y los destrozos para alcanzar la consecuencia deseada.

De la marcha quedan claras varias cosas. Que miles de mujeres son asesinadas y millones sobreviven en una sociedad dominada por los hombres y apuntalada por las mujeres; la sociedad parte de un binomio. Que las acciones gubernamentales para erradicar la violencia de género son insuficientes. Que los integrantes de los grupos agresivos son una ínfima parte del grueso de las feministas. Que el gobierno capitalino, aunque por momentos se vio rebasado por las agresoras, logró contenerlas sin reprimirlas. Que la lucha feminista violenta no es apoyada por la mayoría de las mujeres y está focalizada en la capital del país, aunque en las redes sociales colecta likes a nivel nacional; sobre todo de activistas que no van a salir a pintar una estatua. Mientras tanto, la protesta de las mujeres chilenas “Un violador en tu camino” se vuelve mundial.

Roberto Galindo

*Escritor, maestro en apreciación y creación literaria; maestro en ciencias, arqueólogo y diseñador gráfico. Cursa el doctorado de novela en Casa Lamm

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