La dimensión ecológica del humanismo

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Hace unas semanas, durante una gira por el estado de Sonora en donde se reunió con indígenas de la región, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que el eje rector de la política de su gobierno era el humanismo. En medio de una alusión religiosa, el presidente afirmó que “todas las religiones tienen ese propósito, el humanismo, la justicia social…”.

En general, es muy loable el hecho de que el presidente ponga en el centro de sus políticas la inclusión de grupos que históricamente han sido marginados, abusados e incluso invisibilizados, como son los desposeídos y los pueblos originarios. Sin embargo, me parece que su concepto de humanismo omite de manera grave a la naturaleza, que históricamente ha recibido un castigo aún mayor que cualquier grupo vulnerable.

En este sentido, recordemos que el artículo cuarto de nuestra Constitución Política garantiza “…el derecho de todo mexicano a disfrutar de un medio ambiente (sic) adecuado para su desarrollo y bienestar”. Es decir, en la Carta Magna se reconoce la necesidad de salvaguardar los elementos naturales vivos e inertes –el ambiente–, que proveen a la población de satisfactores básicos, y que son indispensables para asegurar la plenitud de los ciudadanos, así como la justicia social. Además, de dicho artículo de la Constitución también se deduce que el cuidado del entorno es una obligación del Estado.

Sin embargo, en los hechos parece que el presidente aún no comprende que la justicia social está íntimamente ligada a la protección y uso adecuado de la naturaleza. Esto es evidente tanto en la notable ausencia de conceptos relacionados con la conservación biológica en el discurso oficial, como en la pobre asignación de recursos económicos a las dependencias dedicadas al conocimiento, protección y manejo de los recursos naturales del país –por ejemplo, en el año que está por terminar, el presupuesto de la Secretaría de Medio Ambiente y Recuersos Naturales (Semarnat) se redujo aproximadamente un 32 por ciento con respecto de 2018–. Cabe destacar que el desdén por la naturaleza ha sido una de las marcas distintivas del neoliberalismo, sistema económico que fue explícitamente condenado y abolido –al menos en el discurso– por el actual mandatario.

Dicho lo anterior, me parece desafortunado el hecho de que el presidente tome como fundamento ideológico al cristianismo, porque dicha doctrina es antropocéntrica y excluye de sus preceptos la capital importancia de la naturaleza. El cristianismo incluso justifica acciones tan nocivas para el planeta como la explosión demográfica y la explotación irracional de los recursos –“Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenar la Tierra y sojuzgadla”: Génesis 1:28–, dos de los problemas que en gran medida nos han conducido a una grave crisis ambiental. En lugar de mirar hacia dicha doctrina, sería mejor que su discurso y sus políticas públicas se basaran en corrientes de pensamiento integrales que incluyen a la naturaleza como una parte fundamental de su cuerpo conceptual, como la ecología política y la Democracia de la Tierra.

En conclusión, hoy en día, un humanismo que excluya al ambiente es insuficiente para que en nuestro país se alcance una verdadera justicia social. En ese sentido, es urgente que el actual gobierno le conceda a la naturaleza su papel prioritario tanto en el discurso como en las acciones oficiales. Que el cambio de régimen sea la oportunidad para que el país transite hacia una verdadera consciencia ecológica.

Omar Suárez García*

* Biólogo y ornitólogo; doctorante en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional (Unidad Oaxaca) del Instituto Politécnico Nacional

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