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I. Una mínima reproducción de las fábulas de perfecta sátira para ridiculizar y criticar mordazmente, que del incisivo, irónico, punzante, sarcástico y picante Ambrose Bierce hizo César Abraham Navarrete Vázquez (La Jornada Semanal, 15 de abril de 2018), me hizo recordar a ese enorme, poderoso y desmitificador escritor estadunidense que luchó por las libertades de su país y vino al nuestro durante el auge del villismo para ya no saber más de él. Pero que con lo que se supo de su vida, Carlos Fuentes escribió el guion cinematográfico del filme: Gringo viejo. Es, porque tenemos su obra, un filoso pegigramista para aquello de que las palabras también “matan” según la frase: “preparen, apunten, disparen”. Su diccionario de definiciones es una joya del pensador que no otorga concesiones ni a dioses ni a demonios, mucho menos a quienes ponía en su mira desvistiendo palabras, conceptos y mitos, para ponernos ante la verdad desnuda. No se ha traducido su obra completa, salvo este Diccionario del diablo, por Eduardo Stillman; acomodado en orden alfabético en más de 200 páginas donde el humor de Bierce nos convida sus interpretaciones conmovedoramente humanas.

II. Así, nos muestra la otra cara de la moneda. La cara oculta de los significados, que por cierto no imaginamos: “Abogado: una de las 10 mil variedades del género leguleyo… las funciones del abogado son distintas de las del procurador: uno aconseja, el otro ejecuta; pero el aconsejado y el ejecutado es siempre el cliente”. No hay palabra a la que no le encuentre su otro significado; el que la gente le atribuye conforme al refrán: “cada quien habla de cómo le fue en la feria”. Este autor está enterado de lo que piensa y dice la persona avezada en burlarse de sí misma y de los demás, para no guardar las apariencias. “Hipócrita: el que, profesando virtudes que no respeta, se asegura las ventajas de simular ser lo que desprecia”. Bierce es una veta de enseñanzas con ilustración para que miremos y descubramos lo que no sabernos o que ocultamos para no ser indiscretos o groseros. Autor, también, de cuentos macabros. Y recopiló epitafios, que fueron de su inventiva: “Lloramos la pérdida del senador Crooss. Si hubiera muerto después, nuestra pena sería mayor. Si nunca hubiera muerto, lloraríamos eternamente. Como murió y se pudrió, su corrupción desapareció… Ahora Charles Crocker reposa bajo este túmulo. Aléjate, caminante, tapándote la nariz”.

III. Leer a Bierce es aprender con un maestro que nada perdona, se burla de todo y no deja “títere con cabeza”. Nada le es intocable. Fustigó a los politiquillos corruptos: “Un miembro de una Legislatura, que se había comprometido con sus electores a no robar se llevó a su casa una gran parte de la Cúpula del Capitolio. Enseguida los votantes celebraron una reunión de indignación y aprobaron una resolución que incluía emplumarlo con alquitrán. Son muy injustos conmigo, se quejó el legislador. Es cierto que me comprometí a no robar, pero: ¿alguna vez les prometí no mentir? Los votantes admitieron que era un hombre honorable y lo eligieron como congresista de Estados Unidos, sin compromisos ni plumas”.  Bierce es mucho más agudo en sus ironías que Óscar Wilde, el otro maestro del sarcasmo con un profundo amor-eros. Pues, tras su estancia en Inglaterra y su amistad con Mark Twain, Bierce se dedicó a cultivar su creatividad intelectual para desenmascarar la maldad humana: “Malhechor: que se adhiere a Malthus y a su doctrina. Malthus creía en la población artificialmente limitada, pero descubrió que la cosa no podía hacerse hablando. Uno de los componentes más prácticos de la idea malthusiana fue Herodes de Judea, aunque todos los militares famosos comparten su manera de pensar”. No conozco más biografía de Bierce que la reseña de Malcolm Bradbury, en el Diccionario de Literatura Anglosajona (Alianza).

Ficha bibliográfica:

Autor:        Ambrose Bierce

Título:        El diccionario del diablo

Editorial:    Valdemar/Avatares

Álvaro Cepeda Neri

[MISCELÁNEO] [EX LIBRIS]