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Los familiares de personas desaparecidas, y todos los humanos, necesitamos de la verdad: una sociedad que no se contradiga, que no falsee nada, que no construya historias ante el dolor y la angustia. La verdad como principio subversivo contra la mentira de los gobiernos y los narcoestados… 

A más de 5 años –1 mil 825 días o 43 mil 800 horas– de la desaparición forzada de los 43 estudiantes, seis asesinados (tres de ellos normalistas), uno en coma y centenares de heridos en los funestos hechos de Iguala, continúa la esperanza. Pese a la tristeza, las madres y los padres no dan pasos atrás para llegar a la verdad y para que se haga justicia: que se encuentre a sus hijos. “Abrazarlos” es lo que quieren. Cuando eso suceda, entonces estos campesinos y campesinas que han marchado por todo el país regresarán a sus casas.

La verdad no llega. Sigue empantanada en el lodazal del poder caciquil. Los responsables de la desaparición de los normalistas no son castigados y las autoridades de ese momento parlotean de mentiras en mentiras. Viven en la impunidad con su “verdad histórica”.

De acuerdo con la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en Derecho a la verdad en América, “la desaparición forzada de personas tiene un carácter permanente o continuado que afecta una pluralidad de derechos, tales como el derecho a la libertad personal, a la integridad personal, a la vida y al reconocimiento a la personalidad jurídica. De esta forma, se ha indicado que el acto de desaparición y su ejecución inician con la privación de la libertad de la persona y la subsiguiente falta de información sobre su destino y permanencia […]”  (CIDH, 2014, páginas 25-26).

Sin embargo, a pesar de las marcos normativos nacionales e internacionales, en ocasiones insuficientes, la desaparición forzada de personas es un problema serio en el mundo y en América Latina, particularmente, donde aumenta.

En México, de acuerdo con el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (Rnped), suman 37 mil 435 personas desaparecidas sólo hasta abril de 2018 (SESNSP, https://bit.ly/2gAdu86). La revista Forbes señala que hay más de 40 mil 180 mexicanos desaparecidos desde 2006. Por su parte, el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México señaló que existen más de 40 mil personas desaparecidas y más de 37 mil personas sin identificar (Aristeguinoticias, https://bit.ly/2n0x7tb, 30 de agosto de 2019).

Madres y padres de los 43 han apelado a ese derecho a la verdad, pero las autoridades lo han negado. Nada les importa la desesperación y la angustia de las familias que intentan buscar a sus seres queridos, incluso se han enfermado por la tristeza, como la esposa de don Aristeo González.

En un contexto de conflicto armado o violencia, buscar la verdad, sin duda, es un acto esencialmente revolucionario. ¿Qué país democrático esconde la verdad? ¿Qué intereses hay entre las autoridades y la delincuencia organizada que permite que la impunidad sea avasallante en el caso de la desaparición de los 43 normalistas? ¿Por qué no se guzga a los responsables materiales e intelectuales ante un crimen y hechos deleznables como el de Iguala? Si antes habría pasado la masacre de los copreros en Acapulco, Guerrero, en 1967; la masacre de estudiantes en 1968, en Tlatelolco, Ciudad de México; la matanza de 17 campesinos en Aguas Blancas, Guerrero, en 1995; la matzanza e Acteal, Chiapas, el 22 de diciembre de 1997, y el asesinato de 11 campesinos, entre ellos un estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la comunidad de El Charco, en 1998, y una lista grande hasta llegar a la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa y miles en la historia reciente de México, ¿por qué las estructuras del poder siguen intactas ante la impunidad rampante?

No hay justicia ni verdad. ¿Cuáles son los hilos del poder que se mofan del dolor de las víctimas directas e indirectas de crímenes de Estado de ayer y de hoy? Política cínica o miseria de la política.

El túnel de la angustia

Si la verdad es un derecho, entonces, qué busco en las brechas de la ignominia. Es el pensamiento de don Aristeo González Baltazar, de 53 años de edad, padre de Jorge Luis González Parral y Dorian González Parral, estudiantes desaparecidos. Le cedemos la palabra, sencilla, humilde y, al mismo tiempo, elocuente.

“Son 5 años que andamos en lucha, buscando a nuestros hijos, seguimos y seguimos y el gobierno no da ni una respuesta; así nos ha llevado tiempo tras tiempo…

“Apenas hace ratito fui a mudar mi caballo… Llego y miro, reboto en mis pensamientos, le doy vueltas y pienso cómo le gustaban a mi hijo las bestias… O pienso en el lugar donde ellos andaban; lo siente uno, como que algo no es igual. Uno se tranquiliza cuando se le olvida un poco, se concentra uno en el trabajo… Pero de repente me acuerdo de cuando me acompañaban ellos a trabajar, a chaponear y vuelvo a pensar… La verdad, se siente feo.

“Nos cambió la vida. La vida de nosotros era todo normal, todo tranquilo, vivíamos bien y estábamos juntos. Desde la desaparición de nuestros hijos, la vida ha cambiado. Ya no es normal, hay enfermedad: es el caso de mi esposa que está enferma. Se la llevaron a Jalisco porque aquí no pudimos [atenderla]. El día en que la internamos no teníamos dinero. Gracias a Dios que Tlachinollan nos apoyó para cuando la dieron de alta. Estaba preocupado por cómo íbamos a pagar. Eso es lo que no ha cambiado en nosotros: la pobreza. Por eso mis hijos se fueron a estudiar. Y hoy estamos igual que antes, hay enfermedades, muchas cosas que sufre uno por estar pensando nada más.

“A mi esposa se la llevaron sus hermanas a Jalisco. Va para 2 meses que está internada. Antes ella iba a la marcha cuando yo no podía. Después de que cayó ya no ha podido ir. En ocasiones ni yo voy porque no hay dinero para caminar. La anduvimos cargando con un médico de aquí, pero sólo gastamos porque ella seguía igual, no avanzaba. Me han dicho que tiene una infección, pero ya va tardando y le pasa otro mal, luego le detectaron la fiebre tifoidea y eso es malo: le llaman cuarentena a esa enfermedad, así que le dieron reposo y ahorita está más o menos pero la tienen allá.

“Su enfermedad es por la depresión. Supuestamente empezó porque comió tacos en la Ciudad de México. Pero es que le entra la depresión…

“Mis hijos e hijas ven que el tiempo pasa. Son 5 años y nada. Pero mi esposa es la que siente más. Se enferma más pensando en los 5 años que mis hijos no están. Siquiera que del gobierno hubiera unas gotas de verdad, diera unos resultados, pero hasta ahorita no, y ahí es donde ella cae más de pura depresión. Ellas sufre más el dolor con dos ausentes.”

Es la tristeza la que escarba y enferma el alma. Muchas madres y padres han caído enfermos. El 5 de febrero de 2018 doña Minerva Bello Guerrero, madre de Everardo Guerrero Bello, estudiante desaparecido, falleció a causa de cáncer. Su familiares dicen que a pesar de su sonrisa le pesaba la tristeza. En una ocasión llegó una mariposa a sus brazos y ella imaginó que era un aviso de su hijo. Murió agarrándose de la vida para seguir buscando a su hijo.

Devolevemos la palabra a don Aristeo González.

“Las enfermedades llegan por la angustia y la desesperación de no saber nada de nuestros hijos; por eso hay momentos que hago el trabajo como si estuviera normal, pero de pronto llega el recuerdo y cuando estoy pensando mejor agarro los libros del GIEI [Grupo Interdisciplinario de Expertas y Expertos Independientes]; los repaso hoja por hoja y voy viendo como están todas la líneas de investigación.

“Queda claro que el gobierno sabe que las órdenes de desaparecer a nuestros hijos vinieron desde arriba, porque el Cabo Gil, que fue uno de los involucrados, ahora está libre, sin culpa ni nada. Ahí quedé sorprendido de que el gobierno tiene que ver con el narco. El gobierno quiso lavarse las manos culpando a la maña. Por otra parte, está Ángel Aguirre que ha estado declarando y él se ha estado defendiendo. Quiere decir que los políticos y la maña son uno mismo. También salió en las noticias que el Gildardo ya salió, ya lo dejaron en libertad, que él no tienen nada que ver, dice la justicia mexicana. No sé cómo está actuando el gobierno actual. ¿Dónde están los responsables? ¿Quiénes son? Eso nos da coraje.”

Mantiene la convicción de que los 43 están vivos y que las autoridades no han hecho lo posible por presentarlos. “Los gobiernos no tienen voluntad. Si [uno de los desaparecidos] fuera el hijo de un funcionario, en 2 o en 3 días ya lo hubieran encontrado, porque ellos son ricos, sí pueden. De un pobre no lo hacen; uno está jodido, nada más no aclaran nada…

“No puedo creer que teniendo todo el poder los gobiernos no nos puedan ayudar. Este gobierno de la esperanza nos dijo que nos iba a echar el apoyo para dar con el paradero de nuestros hijos, pero vemos mucha lentitud. Nuestra desesperación es muy grande, nos mata con los días.”

Para don Aristeo sus hijos, Jorge Luis y Dorian, volverán a la escuela y terminarán sus estudios. “Mis hijos decidieron estudiar en la Normal de Ayotzinapa porque somos una familia de escasos recursos económicos. Ellos congenian bien. De niños les gustaba jugar, hacen deporte. Jorge Luis me compró una guitarra; pero no la he tocado. A veces voy a limpiarla nada más, porque esas cuerdas sonarán hasta que regresen. En ocasiones escribo canciones, sólo que por el momento no hay ganas y uno se descontrola, se desconcentra. Es como en el trabajo, la milpa. Ahora traté de hacerlo un poco mejor que el año pasado, pero se enfermó mi esposa y lo dejé. Lo que pensé ya no se hizo, quería darle otra limpia (a la milpa), no salió. Me dediqué a atender a mi esposa y al salir a exigir que regresen los muchachos. Abandoné la milpa pero a pesar de todo ya hay elotes y maíz.

“Dorian es más serio. Casi no salía a la ciudad. Fue la primera vez que salió cuando se fue a estudiar a la Normal de Ayotzinapa. Es muy inteligente: bueno para las matemáticas y le gusta dibujar mucho a Gokú. Unos días antes de que pasara todo, habían ido a la casa. Dorian se quedó un día más platicando con su hermana Leydi, pero se tuvo que ir a la escuela un poco preocupado porque su hermana estaba pasando por momentos emocionales complicados.”

Ahora la voz es la de Leydi. Entre lágrimas, dice: “El jueves, Jorge Luis fue la última vez que me mandó tres canciones. Creo que Dorian le había comentado lo que me estaba pasando. Una canción decía: ‘no llores por mí…’. Mi hermano es guapo y tenía muchas novias, es muy sociable, trabajaba de peón y le gusta cortar el cabello gratis”.

Dorian nación el 22 de diciembre de 1996. Jorge Luis, el 2 de diciembre de 1993. Lo cierto es que fue Jorge Luis quien animó a Dorian estudiar en Ayotzinapa, haciéndole ver que no tenían dinero para estudiar en otra escuela. La pobreza de la familia es una realidad punzante. Los dos se fueron a realizar el examen. La familia se sentía segura: “había más confianza porque entre los dos se cuidarían”, dice Leydi.

“Los seguimos esperando en la casa de mi mamá, Aquilina Virgen Baltazar Prudencio, de su abuelita, nosotros tenemos la casa por allá y la dejamos por lo mismo. Recordamos cuando salían de la secundaria o del colegio… Ahí vienen, entraban y ahora estando allá uno siente feo, pero pues uno no los ve, no han llegado. Antes los mirábamos llegar y ahora no. Allá tengo todas sus fotos de ellos. Por eso regresaremos hasta que ellos regresen. Tenemos fe y esperanza que puedan regresar un día, que el gobierno los libere. Y estar juntos, con nosotros nuevamente, es lo que nosotros decimos. Hay una esperanza y la esperanza es lo único que puede existir. Los abrazaría. Sentiré mucha alegría. Mucha alegría luego de tantos años esperando.”

Isael Rosales Sierra*

*Integrante del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

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