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Para de entrada no usar adjetivos, nos referiremos en términos beisboleros a los ataques a la libertad de prensa (de libre expresión e información), de López Obrador contra el semanario Proceso, para que éste se “porte bien” y entienda la divisa del autoritarismo presidencial: “El que no está conmigo, está contra mí”. Ya dejó de lado al periódico Reforma, pero a éste y aquélla no deja de tildarlos de “amarillistas”, “conservadores” y de paso “neoliberales”. Hay otros militantes del periodismo que informan críticamente, empezando por El Universal, El Financiero, Excélsior (La Jornada está alineada como satélite del astro morenista, a excepción de sus caricaturistas, como el Fisgón).

El caso es que López Obrador no suelta al semanario fundado por Julio Scherer García, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero y otros más; entre columnistas, reporteros y colaboradores que han mantenido la herencia crítica contra viento y marea. El presidente del “no me reelegiré”, y que antes de tomar posesión era adicto a todas las libertades constitucionales, ahora hasta felicitó al desgobernador de Tabasco –surgido de Morena– por poner en vigor la llamada “ley garrote” para sancionar a los ciudadanos que protesten; muy al estilo priista-panista, en la tradición autocrática de los que se encaraman en el poder Ejecutivo al estilo de Santa Anna o Porfirio Díaz; y de Miguel Alemán (1946) a López Obrador.

Con comillas y sin ellas, porque todos o casi todos los mexicanos sabemos de su apasionada afición al béisbol, que hasta ha financiado equipos para, ingenuamente, querer restarle público al futbol, el pitcher tabasqueño lanza para que le bateen. Y a excepción del reportero que en una mañanera le replicó, de las cuatro “curvas” que el presidente ha lanzado, Proceso prefirió el “ponche” que batear y embasarse… ¿por qué? Mejor sus lectores salieron al quite y abuchearon al pitcher. A mi juicio, el semanario debió salir a rebatir las imputaciones dolosas de López Obrador, en ejercicio de las tesis de la Suprema Corte que ha ratificado las libertades de información y crítica, que postulan los derechos constitucionales de los Artículos 6 y 7.

López Obrador ha injuriado a Proceso, aunque hizo a un lado de su mira a la revista cuando vivía Scherer García; pero a sabiendas de que el hijo de éste, Julio Scherer Ibarra, es su asesor jurídico, no se guardó de embestirla, por aquello de que “el fondo es forma”. En general el tabasqueño es de los que no deja pichar, batear ni cachar; pero le lanzó sus curvas al semanario y éste ni intentó contestarlas. Proceso no ha dejado su trabajo periodístico y López Obrador ha dejado de exigir que la prensa sea espectador silencioso y hasta amenazar con que si no se “portan bien”, entonces son conservadores y enemigos de la Cuarta Transformación.

Y es que le caló a López Obrador la entrevista a Hernández Licona y el cintillo de la portada: AMLO traiciona su lema primero los pobres. Acusó a éste de haber estado ganando más de 200 mil pesos mensuales y el exdirector del Coneval –a quien cesó de un manotazo– le reviró que era una mentira, ya que ganaba 136 mil pesos. Ya le había molestado al tabasqueño la portada de Proceso donde aparece su empresario Salinas Pliego, el voraz capitalista que ahora ocupa el lugar que tuvo Televisa con Peña Nieto. Lo cierto es que la política no es un juego beisbolero (que hasta Harp, el oaxaqueño capitalista, hizo a su hija senadora), pero, en la realidad estamos presenciando que a López Obrador no le gusta que la prensa informe… ¡y mucho menos que lo critique!

Es por eso que al periodismo que no deja de ejercer sus derechos a la libertad de expresión, información y crítica, no deja el presidente de atacarla; anticipando, eso sí, su: “soy muy respetuoso” pero descalificando a esa prensa que la hace de contrapoder. Y más ahora que el Presidente de la República suma a su inmenso poder presidencial, el del Congreso de la Unión, tratando de someter a la Suprema Corte de Justicia en su afán de querer que la institución no conceda amparos, como otro de los derechos de los mexicanos. Centralizar y concentrar el máximo poder en sus manos, es el anhelo lopezobradorista para llevar a cabo su programa; que aunque con muchos aciertos y no pocos errores estratégicos, creyendo que éste es un sistema socialista, cuando es capitalista, con o sin el nefasto neoliberalismo económico que llevaron a sus últimas consecuencias sobre todo de Salinas a Peña.

En consecuencia, la arremetida contra Proceso es otra más de las cargas contra el periodismo libre anclado en los derechos y garantías de nuestra Constitución Política. Estamos ante agresiones que de continuar nos llevarán a posibles censuras de hecho para que los medios se “porten bien”, tal y como demanda López Obrador en sus mañaneras; las cuales ocupa en darle duro y tupido a la prensa que resiste las acometidas del ya huésped de Palacio Nacional. Así que los casi coléricos hechos lopezobradoristas exigen que la prensa se alinee con sus intereses personales, porque los de la nación son mantener, a cualquier precio, las libertades para informar y criticar hasta las últimas consecuencias del contrapoder.

Álvaro Cepeda Neri

[OPINIÓN] [DEFENSOR DEL PERIODISTA]