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La democracia y el republicanismo, con su factor común: la Constitución, actualmente viven el acoso de los populismos con sus dosis de autoritarismos. O sea, la nueva versión de autocracia versus democracia, que cuestionan los derechos humanos de los individuos como personas y ciudadanos para limitarlos y censurarlos; y en nombre de la unidad donde no caben diferencias para ejercer la libre expresión, se combate el concepto de la unión donde cabe el pluralismo ideológico, político y cultural para construir y afianzar esa diversidad cosechada por el republicanismo y la democracia. Son tiempos del renacimiento fascistoide y como entonces, en nombre de un concepto absoluto del pueblo como unidad, atacar a quienes disienten como oposición partidista o como partes de la sociedad para manifestar sus desacuerdos ante sus gobernantes.

Si antes fue la pareja Hitler-Mussolini, ahora es Trump-Putin, con sus émulos en China, Gran Bretaña, los Estados Unidos Mexicanos, Brasil, Venezuela y otros países actores de ese peligroso drama mundial. Y la prensa y los periodistas, que nunca han sido “el cuarto poder”, sino todo lo contrario: el contrapoder, están en el ojo del huracán antidemocrático y antirrepublicano, declarados como “enemigos del pueblo”. Por cierto que ya está en circulación el libro del periodista Jim Acosta, de la CNN, titulado, precisamente El enemigo del pueblo, un tiempo peligroso para decir la verdad. Ha sido Trump, el Hitler estadunidense y sembrador de tempestades belicosas, como lo hizo el Hitler original.

Quien expresó sus intenciones en la entrevista que concedió a Eugenio Xammar, titulada Adolf Hitler o la necedad desencadenada; y en el monólogo de Hitler al periodista Joseph Pla, que aparecen en el libro El huevo de la serpiente, editorial El Acantilado, en traducción de Ana Prieto Nadal. La descripción de Hitler, es, mutatis mutandis, la biografía de Trump. El original y la calca, repitiendo la historia, pero “una vez como tragedia y la otra como farsa”, recordando el paso de Hegel a Marx, tal y como éste lo testimonia en su genial El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

Regreso a mi tema, porque algo huele mal en los ataques a la prensa y los periodistas mexicanos y que, sin mencionar a López Obrador, la periodista Gabriela Warkentin (El País, 31 de julio de 2019), nos ha obsequiado una columna extraordinariamente verídica en sus juicios bordados en torno a su título: Portarse bien. Magistral prosa tejida de sustantivos, para una dura crítica de lo que viven los periodistas y la prensa en nuestro país, con un mayor acento autoritario después de los homicidios cometidos desde Miguel de la Madrid a Peña Nieto, y que tras los adjetivos-insultos de prensa “fifí, conservadora, neoliberal, corrupta”, se esconden tiempos tenebrosos para todos los medios de comunicación y periodistas. ¡Qué manera de analizar el asunto de Gabriela Warkentin!

Sin ofender a ningún gobernante, y menos a López Obrador, ella aplaude que el presidente de la República “discuta abiertamente con los medios, critique el trabajo periodístico y pretenda sumar narrativas a su favor. De este lado de la pluma por supuesto que no somos intocables y prefiero que la confrontación sea en abierto a las negociaciones en lo oscurito a que se había acostumbrado, paradójicamente, nuestra vida pública”. Así va la periodista desmenuzando, en su texto tan acertado, el contexto en el que están los periodistas y la prensa escrita, oral y audiovisual con el internet.

Dice Warkentin: “Al presidente de mi país no le gustan ciertos medios de comunicación, ciertos periodistas, ciertos habitantes de las redes sociales… Por eso, así como a ciertos medios de comunicación, a ciertos periodistas y a ciertos habitantes de las redes sociales no les gusta el presidente de mí país, a él le molestan los que le molestan… El presidente de mi país conmina a periodistas y a medios a portarse bien y reclama sentidamente a quienes no lo hacen por conservadores, neoliberales, corruptos o fifís”.

Y concluye Gabriela Warkentin: “Pero justo por eso espero que los periodistas y medios en mi país se porten, nos portemos muy mal… que la crítica y el descontento con el estado de las cosas se mantengan, sean vívidas e incisivas. Y, en tal caso, que el ciudadano juzgue calidad… No que el presidente regañe”. Así que el texto de esta periodista es de obligada lectura. Es un documento-estandarte para la tarea periodística. Una lección republicana y democrática para ejercer las libertades constitucionales, hasta sus últimas consecuencias y sin concesiones de ninguna naturaleza. Portarse mal informando sobre los hechos y los actos de los gobernantes, con un periodismo de contrapoder. Y mientras los regaños presidenciales no sean abusos del poder e incluso cuando lo sean, portarnos mal para ejercer las libertades republicanas y democráticas que ampara la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

Desde este espacio saludo la columna de Gabriela Warkentin.

Álvaro Cepeda Neri

[OPINIÓN] [DEFENSOR DEL PERIODISTA]