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La Plaza de la Constitución confirma que aún “no hay divorcio” entre Andrés  Manuel y su pueblo, el que le confió las riendas de la República el 1 de julio de 2018. Entre un listado de “triunfos” y promesas, el presidente busca relegitimar su “cuarta transformación”. Combate a la corrupción, el “logro” más festejado por sus partidarios.

El lopezobradorismo, hoy hecho gobierno, se moviliza y se desparrama por la plancha del zócalo, “el corazón político, social y cultural de México”. El ayuno terminó para decenas de miles de gargantas, ávidas de vitorear a su líder, su esperanza; de acompañarlo en lo que consideran el rescate de la nación.

“¡Pre-si-den-te, pre-si-den-te, pre-si-den-te..!”. La euforia se desata cuando Andrés Manuel López Obrador, titular del Poder Ejecutivo, enumera “triunfos”, como el de abatir el huachicol (robo de combustible) y asegurar que se redujo en 94 por ciento este delito y, con ello, el país está ahorrando 50 mil millones de pesos. O que se acabó la condonación de impuestos para los potentados, se aprobó la Ley de Austeridad Republicana para cancelar sueldos de hasta 700 mil pesos, y suprimir el Estado Mayor Presidencial y el Centro de Investigación y Seguridad Nacional.

“¡No estás solo, no estás solo, no estás solo..!”, retumba después, cuando el primer gobernante emanado de la “izquierda” electoral se refiere a los escollos que le urden sus “adversarios”, a quienes en otras ocasiones ha llamado “fifís” y hoy, más conciliador, sólo les alcanzó a decir “conservadurismo mafioso y corrupto”.

Las amenazas de lluvia se disipan y el sol, antes de ponerse, baña de luz tenue a una muchedumbre que quiere gritar, aplaudir y entonar, sin que le parezca desgastado, el palmario: “¡Es un honor estar con Obrador, es un honor estar con Obrador!” El festejo por el primer aniversario del triunfo electoral de Andrés Manuel alcanza niveles de apoteosis con un discurso iniciado a las 17:17 de ayer, que va de la relación de acciones emprendidas a la renovación de promesas, y al llamado a la unidad.

Doña Estela García junto con sus hijas, Xóchitl y Tania, vinieron desde Querétaro. No pudieron ingresar, como querían, al centro de la plaza y se quedaron a las orillas de la concentración. No pertenecen a ninguna organización ni las trajo partido o gobierno alguno. Viajaron en autobús y sólo trajeron tortas de huevo “para no malpasarnos”. Xóchitl confía en que, al final del presente sexenio, “la gente de México sea más feliz; tenemos esperanza”. Estela completa: “Venimos porque confiamos en él, lo apoyamos desde hace mucho; y aquí estaremos cuando él nos requiera, como hoy”.

Desde el templete, frente a la Catedral de la Ciudad de México, el presidente asegura que ya nadie pide nada a la gente a cambio de incorporarla a programas sociales y que hoy los apoyos se entregan directamente a los beneficiarios sin necesidad de “intermediarios”. Aplausos generales, aunque una escéptica suelta: “Bueno, eso dice él”. Inmediatamente, y ante las miradas recibidas, se corrige: “Pero si eso sigue pasando, no es su culpa”.

La gente se apretuja para conseguir un lugar más cerca del escenario y no cede el paso a los vendedores de cigarros y botanas, que gritan en los márgenes de la concentración. El mensaje del presidente es recibido con la atención seria de ancianos, con esperanza de jóvenes parejas y con gritos y euforia de estudiantes e integrantes de organizaciones sociales. Es una concentración sin consignas que no sean las de “Me canso ganso” y casi sin banderas que no sean las de los hoy partidos oficialistas Movimiento Regeneración Nacional (Morena) y Partido del Trabajo (PT). Dos banderas comunistas aisladas sólo remarcan la ausencia de la iconografía tradicional de las luchas de izquierda.

Una de estas banderas es sostenida por Francisco Ríos, quien dice pertenecer a una corriente de Morena que reivindica el socialismo y el comunismo.

—¿De qué manera se inscriben las reivindicaciones socialistas en un gobierno como el de López Obrador? –se le inquiere.

—López Obrador llegó [al poder] gracias a la lucha de tipo socialista que se dio en México en la décadas de 1970 y 1980. No se puede entender el triunfo obradorista si no es gracias al 68, al 71 y a las luchas de la izquierda.

—Pero hoy este gobierno qué retoma de los ideales socialistas y comunistas para sus políticas –se le insiste.

—Ahorita sólo es un avance social. No hay una transformación radical. Hay que empujarla. Nosotros la empujamos desde dentro de Morena. Y además, claro que preferimos tener a Obrador de presidente que a los delincuentes del PRI [Partido Revolucionario Institucional] y del PAN [Partido Acción Nacional].

El mensaje del presidente también es escuchado desde la mayoría de balcones y terrazas, puertas de par en par, ya sea de oficinas, restaurantes y hoteles. “En 2021 ningún joven se quedará fuera del trabajo o del estudio”, comienza la sección de renovación de promesas. Aplausos.

“Mira, desde aquí se ve el cabecita de algodón; hazte para acá”. Un hombre apura a su esposa para que vea de lejos, muy lejos, un punto blanco, solitario, en el templete.

Con respecto del Plan Integral Morelos y la construcción de una termoeléctrica en ese estado, el presidente reconoce al movimiento de protesta. Pero enseguida recuerda que ahí ya se invirtieron “20 mil millones de pesos” y que en la consulta que él organizó se aprobó que se echara a andar.

“Están pendientes de resolverse amparos y procedimientos legales. No queremos atropellar a nadie”, alega.

Ofrenda a las comunidades originarias la creación del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (una pretendida transformación de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, Cdi). Asegura que ocho de cada 10 hogares indígenas “ya están recibiendo los beneficios”, y que al final de este año estarán incorporados todos los hogares indígenas a los programas de apoyo.

“Sí confiamos en el presidente”, asegura el tsotsil Arnulfo López López, desde una sección especial de invitados. Vino de San Juan Chamula, Chiapas, junto con una comisión de su pueblo. “Es la primera vez que estamos aquí y es muy interesante”, señala, sonriente. Otros tsotsiles también son solicitados para que se dejen fotografiar, éstos de la región de los Altos de Chiapas.

“A platicar a su casa; aquí se viene a escuchar al presidente, señora”, se desespera una mujer con delantal e intenta callar a quienes considera que no atienden adecuadamente el mensaje del presidente.

De pronto, la gente se aparta y cede el paso, sin dudarlo. Se arremolina sin protestar para dejar pasar a tres ancianos de difícil caminar, que avanzan pasito a pasito. “Abran paso”, grita la gente solidaria. Don José Jiménez, de 93 años de edad, encabeza, bastón en mano, la fila en la que le sigue su esposa, Adela López, de 88, y su cuñado, Norberto, de 86. “Queremos llegar al centro [de la concentración] antes de que se cante el Himno Nacional, porque seguro se tiene que cantar”, dice don José.

Desde el templete, el orador asegura que el gobierno de México ya no tolera la tortura ni cualquier otra violación a los derechos humanos. La gente recibe con aplausos la promesa: “No descansaremos hasta saber el paradero de los jóvenes de Ayotzinapa”.

Además, reitera el fin de “la guerra de exterminio contra la delincuencia organizada”, y afirma que el Estado mexicano ha dejado de ser el principal violador a los derechos humanos. Ofrece su respeto y respaldo al fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero.

—¡Que trabaje el güey! –se escucha entre carcajadas desde un grupo de estudiantes.

“Se han cumplido 78 de los 100 compromisos”, esgrime el presidente. “Posiblemente nunca al comienzo de un sexenio se ha hecho tanto”, se ufana. Puede decir lo que sea.

“Este mismo año, en diciembre, terminaremos de arrancar de raíz al régimen corrupto”. El clímax se acerca y los vítores se incrementan. Hay risas y lágrimas.

“Debemos trabajar de prisa y con profundidad, porque si regresara el conservadurismo mafioso y corrupto –“¡Nooooo!”, grita la muchedumbre– ni siquiera en esa circunstancia nuestros adversarios podrían dar marcha atrás. Este proceso no tiene retorno, ni un paso atrás. Nada de titubeos o medias tintas.”

Todos quieren hacerse selfies (autorretratos), aunque la concentración, apretada, apenas les da espacio para encuadrar su rostro con la mano estirada.

Viene el Himno Nacional. Se escucha un coro desgañitado y uniforme de decenas de miles de mexicanos al grito de guerra… Pero lo cierto es que son muchas las maneras de cantarlo: quedo, con los ojos cerrados; a pulmón abierto, con lágrimas; festivo, entre risas…

La campaña no ha terminado. La lucha por alcanzar el poder sólo fue el principio. La transformación de México (la cuarta de toda su historia, a decir del hace un año candidato) exigirá que todos los mexicanos “cierren filas”… y requerirá de más mítines y arengas públicas.

Luego de las últimas consignas, algunos avanzan presurosos por las calles de Madero, Cinco de Mayo o Pino Suárez, en la búsqueda de las estaciones del Sistema de Transporte Colectivo Metro o de las rutas de camiones del trasporte público. Otros se ponen de acuerdo para seguir en el festival. Tres trabajadores de la construcción dudan en irse a sus casas de inmediato.

—¿Caminamos a Pino Suárez, así como llegamos?

—Ya la cacheteamos un buen. Mejor vamos a quedarnos a bailar un rato, qué chingás.

A huevo, ya estamos aquí… ¡Míralo, ya se va! –señala al presidente, quien a lo lejos atraviesa las vallas.

—Sí, nos quedamos… Qué chingón estuvo. Y no llovió, papá.

Zósimo Camacho/Jordana González, fotos