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Los escritores utilizan la literatura como una forma de liberar sus silencios individuales y colectivos. La paradoja es que son libres y prisioneros al mismo tiempo. Es algo raro porque están presos de sus silencios, presos de sí mismos, de sus personajes, del espacio geográfico y sus propias vidas. Pero, por otro lado, pueden inventar vidas, modificar historias, matar sin castigo y sin culpa, amar y odiar sin penitencia o recompensa.

En cambio los críticos literarios no tienen esa libertad. Tal vez por eso muchas veces se sienten en la necesidad de competir con el texto que analizan, para ejercer su propia libertad, que es también una forma de prisión. La crítica puede ser la representación de la literatura en un mundo que vive para la representación.

Muchas veces la realidad literaria se va construyendo a través de lo que cada crítico ve, o quiere ver. Entonces, finalmente, el crítico es prisionero del escritor y viceversa. Tal vez esto es lo que le ocurrió, en buena parte, al escritor estadunidense Charles Bukowski.

Para Bukowski, quien nació en Alemania y muy joven se fue a vivir a Estados Unidos,  la literatura tenía un puente hacia la libertad y otro hacia la prisión. La literatura era como un recurso de la vida y nos acerca a una visión distinta de la existencia o la inexistencia del ser humano. En las metáforas el escritor, además de desentrañar los fragmentos semiocultos de la vida, también se muestra a sí mismo. Entonces, la literatura y la vida de Bukowski fueron parte de su prisión y  su libertad.

Pero más que preguntarnos si existe más libertad en la literatura o en la cotidianidad debemos interrogarnos qué quiere representar un escritor en cada uno de estos dos escenarios. Me parece importante esa interrogante porque, para algunos escritores puede estar claro, pero para otros puede, incluso, ser una contradicción durante toda su creación.

Ese tal vez sea el caso de Bukowski, quien vivió una permanente contradicción sobre la libertad y la prisión en los dos escenarios. Era prisionero de una vida ficcionada, que trasladaba a la literatura como si fuera real, buscando liberarse. Pero la libertad y la prisión en ambos escenarios tienen condicionamientos sociales, culturales y cotidianos y por todo eso estuvo atravesada su creación literaria. Por lo tanto, nunca pudo ser enteramente libre, aunque lo intentara a veces, incluso, yendo contra sí mismo. La literatura para Bukowski era como un Pájaro Azul, la vida era como su poema Pájaro Azul.

Como decía antes, la libertad y la prisión en el escenario de la cotidianidad y en el de la literatura tienen condicionamientos sociales, culturales. De ahí que también debemos hablar de los contextos de un escritor. El contexto en que vive un escritor es esencial en la construcción de su obra, de sus personajes y de él mismo como escritor. Es verdad que el entorno define las palabras y las palabras nos definen. El lugar, efectivamente, determina muchas cosas, formas de pensar, de concebir al mundo, de interpretarlo, de evocarlo.  Sin duda, el entorno, el contexto, marcan incluso la forma de escribir, de hilvanar las palabras.

En el escenario de la realidad y en el de la literatura, la libertad de Bukowski era una libertad condicionada por su propia vida. La vida de un escritor, y en particular la de Bukowski, está constituida, desde niño, por su entorno, sus amistades, su cotidianidad o cotidianidades; sus lecturas, sus aspiraciones, sus derrotas, sus triunfos y sus decepciones. Todo eso se traslada a su creación literaria.

Pensando en esa libertad condicionada y la prisión, tenemos que mencionar a Chinaski. Al fin de cuentas, uno siempre queda en la duda de si Chinaski es Bukowski o Bukowski es Chinaski.  Tal vez al comienzo Chinaski fue Bukowski, pero después asumió vida propia, y Bukowski empezó a ser Chinaski.

Es un poco loco, pero creo que puede ser parte del desdoblamiento que a veces llega a tener un escritor. Entonces llegó un momento en que ni Bukowski era libre de Chinaski, ni éste libre del escritor. O, mejor dicho, la libertad de cada uno era su propia prisión. Bukowski, además –más allá de Chinaski– es un personaje de sí mismo. Si bien es verdad que hubiese sido imposible el surgimiento de Chinaski –sin la vida de Bukowski anterior a él–, hay una historia construida sobre el escritor que puede tener parte de realidad y parte de ficción. Los escritores muchas veces, a través de sus personajes, intentan ser lo que en realidad no fueron.

Cuando un personaje es asumido por el mundo literario que es el propio escritor –como en el caso de Chinaski– deviene aun peor porque todo lo que le sucede al personaje se asume como ocurrido al escritor. Por lo tanto Chinaski tiene una buena parte del Bukowski subterráneo y otra buena parte de la ficción creada por el escritor. Creo que el escritor quiso vivir al extremo –como su personaje– pero en su vida real solo vivió una parte.

Los críticos y periodistas lo asumieron así porque lo creyeron o prefirieron abonar el mito. Siempre es más fácil seguir lo ya establecido que ir un poco más allá. Al parecer, el autor tenía una necesidad personal de querer ser en la realidad Chinaski. El vivió parte de la vida del personaje, tal vez no tan extrema, pero le traslada a este la vida que el quiso vivir y, que tal vez  vivió, en parte, gente de su entorno.

Finalmente Bukowski se proyecta en el personaje que muchos –y aun el propio escritor– cree ser. En un juego entre ficción y realidad, se libera en Chinaski porque éste emprende todo lo que él hubiera querido realizar. Se percibe una frustración que calma asumiendo como suyos comportamientos de su alter ego literario. A la par, existe una urgencia por cada minuto de vida que se le va Chinaski y a sí mismo. En este sentido su vida y su creación constituyeron una lucha permanente por entender la esencia del tiempo, como lo expresa en su poema El Minuto.

Tras su muerte, algunos de sus editores y amigos opinaron que, en realidad, la imagen que se había hecho de sí mismo no era tan real y había en ella mucho de copia de algunos personajes reales con quienes convivió. Se piensa en la obra de Bukowski como parte de la destrucción y la resignación personal de un bebedor nihilista, y se le confunde con Henry Chinaski.

Pero todo parece indicar que Bukowski no fue un escritor tan maldito como lo pintaron. John Martin, su editor durante muchos años, que lo conocía desde hacía unos 35 años, afirmó que nunca lo vio borracho.

“Ni una sola vez, nunca –sostuvo–. Era un solitario, sí. Le gustaba levantarse por la mañana, tomar el desayuno rápido con su mujer, leer el periódico, salir de casa a mediodía, ir a trabajar, volver a eso de las 18 horas, cenar a las 19, subir a la planta de arriba a las 20 y escribir hasta las 2 de la madrugada. […] Era el hombre más educado y honesto que he conocido”.

También, en parte, el escritor quiso ser una persona por fuera del sistema, aunque finalmente respondiera a ese sistema. En todo caso, más allá de lo real,y la construcción ficcional, Bukowski fue un decepcionado de sí mismo, del mundo que lo rodeaba y del mundo en general. Y esa decepción lo llevó a sentirse un derrotado. Si bien es tal vez más conocido por su narrativa -a pesar de que escribió muchísima poesía-, personalmente me quedo con esta última. La decepción y la derrota son más creíbles en la poesía que en la narrativa.

Asimismo vale destacar que en la literatura, como en cualquier actividad humana, hay una diferencia entre asumir una postura contestataria o subterránea por principio o asumirla como escape. Aquella frase que dice Bukowski: ¿cómo no me habían dicho que existía el vino? es una forma de decir: “esto me ha salvado, me ha hecho feliz”. Ahí se evidencia un escape del escritor, un escape permanente. La literatura fue su mayor escape.

Es claro que en su obra hay resentimiento, tristeza, rabia, falta de confianza en el ser humano, falta de confianza en sí mismo. Por lo tanto, para el, es imposible que el mundo y el ser humano puedan salvarse. Tal vez porque era consciente -como dijera alguna vez- que “El hombre (léase ser humano), ha nacido para morir”, y “nuestra sociedad la hemos formado con nuestra falta de espíritu; es como si nos la mereciésemos”.

Más allá de ese determinismo pesimista, hay una marcada diferencia entre buena parte de su poesía y su narrativa. Buena parte de su poesía tiene un peso existencialista; está profundamente marcada por la soledad personal, la soledad colectiva y la soledad del mundo, eso es claro.

Hay una soledad interior, una voz poética desilusionada, decepcionada, pero comprometida con el curso del mundo, así crea que es un curso irreversible. En la poesía no emerge el cinismo de los personajes narrativos. También hay una conciencia de que en este mundo nadie se salvará si no es por sí mismo, en el fondo nos está diciendo que nadie se salvará del curso de este mundo.

Poemas como Lanzar los dados, Una pequeña bomba atómica, Los orgullosos y delgados moribundos o El Genio de la multitud, este último una maravilla, nos muestran no solo una constatación de la realidad que se vive, sino una preocupación porque es casi imposible cambiarla.

Sin embargo, pese a sentir que esa realidad es irreversible, la denuncia y trata de abrir una puerta hacia algo mejor para la existencia, no me gusta decir esperanzadora aunque tal vez sí. En su poesía se percibe que hay en él una necesidad interior, una necesidad poética también de que ese mundo –tan jodido finalmente– ojalá pueda ser un poco mejorcito, aunque en el fondo estuviera convencido de que “nadie puede salvarte sino tú mismo”, como lo expresa en su poema Nadie si no tu. Así, entre Chinaski y la poesía, vivió sus libertades y prisiones literarias e interiores Charles Bukowski.

Kintto Lucas/Prensa Latina

*Periodista y escritor ecuatoriano-uruguayo; maestro en estudios avanzados en literatura española e hispanoamericana por la Universidad de Barcelona

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