¿Quién es hoy el sujeto de la revolución socialista?

¿Quién es hoy el sujeto de la revolución socialista?

Los trabajadores, industriales o agrarios, están cada vez más sujetos a las fuerzas de los insaciables capitales. El empobrecimiento avanza por todos lados y cada vez más gente se precariza. Los excluidos son mayoría. La madera del posible sujeto revolucionario tiene otras raíces: jóvenes desocupados; madres solteras; inmigrantes indocumentados; movimientos étnicos que reivindican su cultura ancestral

¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esta clase obrera –en el sentido marxista del término– tiende a desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en la nueva clase revolucionaria?

Fidel Castro

Actualmente el proletariado como clase, como obreros industriales que operan las maquinarias en los enormes centros fabriles, no es mayoría numéricamente. Las nuevas tecnologías de automatización y robotización los van disminuyendo, a pasos agigantados, mientras el sector de servicios crece sin par.

Por otro lado, no hay dudas de que se le ha golpeado muy duro como clase, tanto en el Norte como en el Sur, haciéndolo retroceder en sus conquistas laborales, desmovilizándolo, maniatándolo, ya sea por su asimilación como consumidor acrítico en los países con mayor poder adquisitivo –durante largas décadas en el siglo XX–, o por su pérdida de conquistas sociales recientemente. O, más aún, por la represión abierta cuando se pasa de la raya en sus reclamos, sobre todo en el Sur.

Por su parte, el campesinado de los países dependientes está cada vez más  subsumido por la producción agroexportadora que fijan las potencias del Norte, en connivencia con las oligarquías del Sur, y pierde su capacidad productiva para la autosubsistencia. En ese mercado internacional manejado por multinacionales planetarias su incidencia se ve reducida –en este enfrentamiento asimétrico con los grandes capitales globalizados– con el consiguiente empobrecimiento que ello le acarrea.

En síntesis: todos los trabajadores, industriales o agrarios, al igual que los de otros sectores urbanos (rama de los servicios, sector profesional), están cada vez más sujetos a las fuerzas de los insaciables capitales, con lo cual el proceso de empobrecimiento relativo avanza por todos lados. Cada vez más gente se precariza. Los excluidos empiezan a ser mayoría.

Ante ese panorama, y con realismo político, no hay más alternativa que asumir la situación político-social tal como está planteada, y trabajar a partir de esos datos concretos. Aguardar la movilización de las “grandes masas proletarias” para acometer una nueva toma “del palacio de invierno del Zar”… sería un dislate.

La realidad muestra que hoy la madera del posible sujeto revolucionario tiene otras raíces: jóvenes desocupados de los barrios marginales, quizá muy próximos a ingresar en una pandilla; madres solteras que sobreviven como vendedoras informales; inmigrantes indocumentados o movimientos étnicos que reivindican su cultura ancestral, así como sus territorios históricos de los que fueron despojados; campesinos sin tierra desposeídos de sus parcelas por los cultivos de agroexportación; habitantes de los interminables cinturones de pobreza urbana…

Esa amplia suma de descontentos, y no un proletariado organizado sindicalmente, pareciera constituir hoy el verdadero fermento capaz de desencadenar procesos transformadores. Lo que algunos años atrás, no sin cierta dosis de dogmatismo, se consideraba elementos marginales (lumpen-proletariado), pasa a ser hoy la chispa capaz de generar los cambios.

El descontento, la angustia por las pésimas condiciones de vida, el malestar generalizado persisten. Las políticas neoliberales de los últimos años contribuyeron potenciarlo. Si por un lado sirvieron para quebrar procesos organizativos, por otro ampliaron la masa de inconforme, o en muchos casos la de desesperados que “no tienen  que perder más que sus cadenas”.

De ningún modo puede afirmarse que el neoliberalismo fue una buena noticia para el campo popular, pese a que puede haber abierto los ojos de muchos sectores de la población. Creerlo no sólo sería incorrecto y fundamentalmente muy injusto. Pero es cierto que igualó a variados y enormes colectivos sociales y fomentó un potencial de inconformidad y descontento susceptible de encauzar con fines antisistémicos.

La lucha que tiene por delante un planteamiento de izquierda es grande y sumamente compleja: ante el enorme descontento generalizado y una precarización que abarca cada vez más sectores, las propuestas clientelistas de la derecha o las salidas individuales de salvación que ofertan los proyectos religiosos –cada vez más en boga– devienen una tentación.

O, si no, el expediente siempre posible de convertirse en migrante irregular. La lucha revolucionaria de hoy, en cierta forma, se enfrenta a una parálisis de pensamiento crítico, a estómagos vacíos con la incertidumbre de no saber cuándo se podrá revertir. El desafío es grande, enorme: las fuerzas de la izquierda se enfrentan hoy a la desesperanza; en un sentido, el peor de los enemigos.

El trabajo político en el campo popular debe intentar recomponer una unidad entre los trabajadores, hoy día sabiamente destruida. Las palabras de Raúl Scalabrini Ortiz son, en este caso, más que elocuentes: “nuestra ignorancia fue planificada por una gran sabiduría”. Pero parafraseándolo, ante la situación del mundo actual, podrá decirse que “nuestra desunión fue planificada por una gran unión”.

El capitalismo, que ya no el neoliberalismo, se muestra en la actualidad, tras la caída del muro de Berlín, como sistema monolítico. Por supuesto que tiene fisuras, que hace aguas, que su expresión financiera a ultranza entró en crisis una década atrás ocasionando pérdidas multimillonarias. Como sistema, insistimos, como gran capital globalizado, está aún lejos de caer. Pero tampoco está escrito que no vaya a caer.

Aunque el campo popular se muestra hoy golpeado, y bastante desorganizado, sigue estando presente. Y así como todo cambia, también las formas de lucha popular cambian. Lo que años atrás no se concebía sino como marginalidad, hoy puede ser por su potencial transformador un elemento de la mayor importancia. Es ahí, entonces, donde los planteos progresistas deben poner el acento.

Transformar revolucionariamente la sociedad, en definitiva, es eso: permitir abrir nuevas actitudes, nuevas visiones de lo humano buscando mayores cuotas de justicia para todas y todos. Si el vehículo que lo posibilita es la clase obrera u otros sujetos sociales, ése no es el fondo último de la cuestión.

Lo que sí está claro es que las sociedades basadas en la propiedad privada –invento bastante reciente en la historia de la humanidad, con no más de 10 mil años de antigüedad– es decir, basadas en la apropiación del trabajo de un grupo (siempre mayoritario) por otro (curiosamente siempre una minoría), crean necesariamente su germen de autodestrucción. Durante años se pensó que eran los que creaban la riqueza –los obreros industriales– los llamados a poner en marcha el cambio y la superación de esas sociedades clasistas.

Hoy día podríamos decir, dada la curiosa arquitectura que fue tomando el capitalismo imperialista en su variante neoliberal posguerra Fría, que son los expulsados del circuito de creación de riqueza los elementos de mayor explosividad social. Pero sean quienes fueran los que pondrán en marcha los cambios, esa conflictividad está ahí presente como bomba de tiempo; y tarde o temprano, la bomba se activa, estalla.

La función histórica de las vanguardias políticas de la izquierda es saber cómo ayudar a iniciar ese proceso. Todo indica hoy que trabajar políticamente con ese amplio “pobrerío” es el camino más importante en la actualidad, quizá imprescindible. Trabajar para recrear esperanzas, solidaridades, perspectivas de futuro, y poder salir de la lucha por lo puntual, por la pura sobrevivencia.

El neoliberalismo imperante en estos últimos años, hoy en crisis, viene a demostrar en definitiva que lo que no tiene viabilidad es el sistema capitalista en su conjunto. Un mundo dividido en “integrados” y “sobrantes”, además de un disparate en términos éticos –ello no admite discusión siquiera– es insostenible en términos políticos, a no ser que se elimine físicamente a todo aquel que sobra.

Y si por último esa fuera la estrategia que anida en los planes maestros del gran capital; es decir: un mundo para una pequeña cantidad de población y la consecuente eliminación de todos los que “sobran”, los que no “se integran”, los “empobrecidos” del mundo que consumen recursos pero no pagan por estar excluidos del sistema económico, por razones de sobrevivencia elemental de nuestra especie no podemos permitirlo.

Marcelo Colussi*/Prensa Latina

*Politólogo; catedrático universitario

[ANÁLISIS] [SOCIAL]

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