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El 23 de marzo, en la Ciudad Deportiva, alcaldía de Iztacalco, se inauguró el estadio de beisbol de los Diablos Rojos del México, recinto deportivo nombrado como el empresario Alfredo Harp Helú. El invitado de honor para la ceremonia de inauguración fue el presidente Andrés Manuel López Obrador. Apenas emergió de las gradas, un sector del público le pichó varias rechiflas. Ya en el diamante, fue abucheado al tiempo que recibía algunos aplausos. Obrador apenas abanicó diciendo que hablaría poco debido a la presencia de la “porra del equipo fifí”. En un momento se impusieron los gritos de “¡fuera, fuera, fuera!”, que terminaron por ponchar al presidente. Contrario de lo que se pudiera esperar, Alfredo Harp Helú no fue objeto de crítica alguna, a pesar de la larga confrontación entre el sector empresarial y Obrador.

Lo que parecía que iba a ser un evento conciliador entre los empresarios, representados por Harp Helú y López Obrador, se convirtió en el punto de regreso a la batalla poselectoral entre las huestes izquierdistas y las derechistas. Esto, apenas después de que en las semanas recientes se tensara la relación entre el gobierno y algunos empresarios tras el destape de la “Operación Berlín”, en la que se presume que empresarios como los hermanos Coppel, de Grupo Coppel; Alejandro Ramírez, de Cinépolis, y Germán Larrea, de Grupo México, en contubernio con intelectuales como Enrique Krauze, organizaron, financiaron y operaron la campaña negra contra López Obrador durante el proceso electoral pasado; y en la que trabajaron alrededor de 100 personas generando perfiles de Facebook y sitios de noticias falsos como PejeLeaks.org, entre otros, en los que se difundieron difamaciones, memes, y fake news para evitar a toda costa que el tabasqueño llegara a la Presidencia. En una operación internacional y con el uso de millones de pesos, pero que fue el mayor fracaso de los antiobradoristas.

Es conocida la afición de López Obrador por el beisbol, por lo que siendo el hombre del momento, era él sin lugar a dudas el personaje más idóneo para pichar la primera bola del evento. Todo suponía que habría empatía entre los asistentes y el presidente por el gusto compartido por el rey de los deportes; y más aún, porque el evento se celebró en la Ciudad de México, bastión de López Obrador y la izquierda desde hace décadas, donde la gran mayoría de los capitalinos lo apoyan. Además de que el evento deportivo se dio en momentos en que la popularidad del presidente, de acuerdo con diversas encuestas, cuenta con niveles de aprobación ciudadana de entre 78 y 86 por ciento. A pesar de lo anterior Andrés Manuel fue ponchado por un sector de la concurrencia. Ante el repudio, el presidente cambió de estrategia y decidió salir del evento lo más rápido posible; cuando es sabido que se prolonga en sus discursos y hasta bromea en lugares y momentos en los que se siente a gusto.

No voy a especular sobre si la porra fifí fue organizada por algún partido político o por el complot de un sector de la oposición, como se ha presumido que ha hecho el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) para cada asamblea pública en la que se presentó el presidente junto a algún gobernador y este último fue abucheado, insultado y objeto de rechiflas interminables. El repudio público que recibieron varios gobernadores de los partidos opositores al gobierno federal, en diversas asambleas populares desde septiembre de 2018 y hasta marzo de este año, me parecen la más lógica respuesta de una ciudadanía en descontento con el actuar de sus gobernantes.

El que esos eventos causaran escozor, vergüenza y enojo en los aludidos y una airada protesta de los representantes de sus respectivos partidos políticos sólo es muestra de la inmadurez política de los que nos gobiernan, pues es lógico que el que se desempeña bien en el ejercicio público podría merecer un aplauso, y eso ya es un exceso, pues trabajar para el pueblo es su obligación: para eso les pagamos con nuestros impuestos; y en el caso de los que se desempeñan mal o a medias, pues una rechifla o un abucheo no está de más, para recordarles que deben rendir cuentas y buenos resultados a la ciudadanía.

Qué bueno que la oposición se manifieste. Esa ciudadanía que no comparte los ideales de la Cuarta Transformación tiene todo el derecho a repudiar al presidente, pues como funcionario público él es susceptible de ser vitoreado o abucheado, no le veo el problema; cada funcionario de gobierno debería pasar por el aplauso o la rechifla pues su función es pública y pública debe ser su aceptación o rechazo. A veces se nos olvida que tenemos todo el derecho a juzgar abiertamente a nuestros funcionarios.

El abucheo beisbolero al presidente da testimonio de que la división de los mexicanos en bandos políticos que no se zanjó tras las elecciones –al menos hay un 20 por ciento de la población inconforme con el triunfo de López Obrador– y que en adelante unos y otros harán del aplauso o el abucheo su arma para enaltecer o disminuir a sus gobernantes. La sociedad no debiera espantarse, mucho menos los partidos políticos. Somos una democracia casi madura en la que unos aplausos o una rechifla sólo son el reflejo del buen o mal desempeño de los políticos, dependiendo desde la perspectiva que este se mire. Pero no va a faltar quien diga que lo del evento beisbolero fue un complot orquestado desde las cloacas prianredistas, con fifís aspiracionales acarreados y pagados o con recalcitrantes derechistas dispuestos a ponchar al presidente a pesar de su apabullante popularidad, y que no fueron ciudadanos ejerciendo su derecho de repudiar a un político. Así que en adelante que nadie se rasgue las vestiduras cuando un gobernador o cualquier funcionario público de la oposición sea abucheado por el respetable público.

Roberto Galindo

*Maestro en apreciación y creación literaria, literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado de novela en Casa Lamm. Integrante del taller literario La Serpiente

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