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I. Andrés Manuel López Obrador ya tiene en sus manos la batuta de la desordenada y desafinada “orquesta” de su partido que, más que renovación, está resultando un conjunto de conflicto de intereses que él encubre, incluso en sus respectivas declaraciones patrimoniales. Él es su director que mira a su público que populistamente le aplaude y se deja querer para seguir manteniendo una centralización administrativa, un férreo control político con sus superdelegados, el servilismo de sus diputados y senadores, más el incondicional apoyo de la Suprema Corte. Es, pues, un director a quien sus Martí Batres y Mario Delgado, Muñoz Ledo y Monreal, le tramitan todo cuanto quiere. Ya colocó a sus emisarios en las instituciones y a quienes se oponen los tacha de corruptos y les echa a sus funcionarios e instrumentos –en su mayoría– de persecución para, a golpes de sus tambores de guerra, organizar la destrucción de cuanto le place. Y no suplir nada salvo con las promesas de “tarjetas” para que sus titulares cobren en los tentáculos de Banco Azteca; uno de cuyos empleados está al frente de la Secretaría de Educación, como antes impuso en ella a uno de los suyos Azcárraga-Televisa.

II. En pleno desorden, pero con el aplauso del 86 por ciento de los encuestados (que no son más de 100 mil), López Obrador no para de sus sesiones de prensa para que él y sus colaboradores suelten sus peroratas; como la de Manuel Bartlett, sin calidad moral ni política para acusar, de dientes para afuera, a supuestos exfuncionarios de Enrique Peña e incluso de Felipe Calderón (a éste mismo) y Vicente Fox, solamente para exhibirlos sin llevarlos ante la Función Pública y luego ante los tribunales. Y es que López Obrador dirige desde su residencia de Palacio Nacional el desorden con el que lo mismo es el “embajador” del béisbol, que suspende las estancias infantiles. Es cierto que hay  muchos problemas, pero López Obrador crea otros y no da soluciones, salvo prometer entregar dinero. Es un director a modo. Sus “músicos son su otro público entonando su populismo para que mañaneramente él hable a tontas y locas ante los reporteros a los que escoge de antemano para contestar mañosamente.

III. López Obrador, pues, se satisface con su populismo. Es decir, prometer a parte del pueblo, conforme a su vocabulario religioso, la caída de los peces y el pan, para tenerlos contentos y que lo vitoreen. Su orquesta no interpreta más que tamborazos, mientras su audiencia todo le festeja: que muestre una estampita, que les recete un discurso a pausas y materialmente recargado sobre el atril, mostrando la fatiga, desde donde reparte descalificaciones y asegura estar combatiendo las corrupciones preexistentes. Además de sacar constantemente su: “me canso ganso” y todos los refranes populacheros con los que está desgobernando al país. Así que López Obrador desprecia la política económica, suponiendo que todos los problemas que aquejan al país se arreglarán mágicamente con sus invocaciones y maldiciones al neoliberalismo.

Álvaro Cepeda Neri

cepedaneri@prodigy.net.mx

 

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