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I. Después del acontecimiento que significó la toma de posesión –en términos de sucesión presidencial por la vía electoral–, Andrés Manuel López Obrador las tiene todas consigo tras, primero, la autodestrucción del PRI y el PAN por Enrique Peña y Felipe Calderón; en segundo término, la insistente campaña por tres ocasiones del actual presidente constitucional, quien una y otra vez insistió en las semejanzas entre el final del porfirismo y sus 30 años de permanencia presidencial, con los 72 años del PRI-PAN, que coincidieron en iguales desastres económicos, abismales desigualdades sociales con más empobrecimiento, en medio de políticas para el enriquecimiento de las élites empresariales y el botín de la alta burocracia en los poderes federales, municipales y estatales. Se acumularon, como cuando el porfirismo, todos esos males y como en el juego de perinola, todo fue para ganador: López Obrador-Morena; puesto que el país, por las dos caras de la democracia, representativa y directa, le entregó su conducción a un solo hombre y su partido, con todos los riesgos que ello conlleva.

II. Eso representa una crisis política, aún dentro y fuera del grupo ganador, porque los programas sociales que pretende implementar López Obrador van contra el neoliberalismo del capitalismo institucional, que sirvió casi exclusivamente a la minoría. No es que AMLO y sus legisladores desde ambos poderes: Ejecutivo y Legislativo vayan a ir contra la corriente capitalista; solamente quieren limar el filo de los abusos del neoliberalismo y quitar, en el camino, la corrupción económica y las jugosas complicidades políticas que han existido entre funcionarios y empresarios que han dado pie a los nuevos ricos y millonarios. Como no somos Savonarola (el monje llevado a la hoguera por falso profeta y aprendiz de brujo), políticamente es temprano para saber si ya en la presidencia el partido Morena cumplirá sus fines sin abusar de los medios autoritarios, de los que ya ha echado mano; o si abusará de las consultas populares, para no responsabilizarse directamente de las decisiones.

III. El caso es que es demasiado clara la similitud entre el final del porfirismo y las vísperas del final de ese neoporfirismo nefasto que padecemos actualmente, tal como lo plantea el lópezobradorismo; por lo que la Nación ya está viviendo las incertidumbres en todos los asuntos. Los estertores de lo que Gramsci vislumbró y expresó con: “no muere y no ha nacido todavía” –que es el priismo-panismo como representante del neoporfirismo–, empiezan a sembrar una crisis política, agitación social y confrontaciones que esperemos no hagan “llegar la sangre al río”. Y es que desde el discurso de toma de posesión presidencial de Andrés Manuel López Obrador, con todo y su entorno festivo por la victoria y los programas anunciados para llevarse a cabo, aquello promete llegar a ser un acontecimiento; es decir, el final de un sexenio neoporfirista y el inicio de otro antiporfirista.

Álvaro Cepeda Neri

cepedaneri@prodigy.net.mx

 

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