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Ausente “voluntariamente a fuerzas”,  me reintegro al periodismo con mis entregas para la revista Contralínea en los términos del ejercicio de las libertades de prensa. Y como el profesor aquel de cuando el final de la dictadura del franquismo-español que al regresar al aula para el reinicio de clases expresaba aquella memorable frase: “como decíamos ayer”; así, sin compararme con ese ilustre maestro, vuelvo al trabajo que eclipsó un malestar que me obligó al silencio de la palabra impresa por 3 meses. Y siendo como es tan necesario salir al paso de los abusos del poder presidencial a la mexicana, ése que se ha venido dando al menos de Antonio López de Santa Anna a Andrés Manuel López Obrador, y que se ha usado para controlar a los otros poderes: Judicial y Legislativo (incluyendo al Poder Ejecutivo en estados y municipios, a través de los “superdelegados” lópezobradoristas que semejan bastante los usos del porfirismo que tanto dice despreciar el actual populismo autoritario).

Hay hechos que apuntan a que el expriísta, experredista y ahora morenista de López Obrador camina en la cuerda floja de “el Estado soy yo”. Pues el huésped de Palacio Nacional –donde vive para imitar a quien no puede compararse: Benito Juárez, uno de los cuatro personajes históricos que conforman el emblema de su “cuarta transformación”– utiliza sus conferencias de prensa mañaneras –desde las 7 horas de cada día– para informar, amenazar, advertir, decir y desdecirse.

Una vez y con una basta, López Obrador dio el “beso del Diablo” a sus medios de comunicación favoritos, escritos y orales: La Jornada, Proceso y a Carmen Aristegui, que parece que tienen derecho de picaporte a las entrañas del lópezobradorismo. Se apoderó del control de los medios públicos, con nombramientos recomendados por la “mano negra” de uno de sus principales asesores-empleados en la Presidencia. Controla ya la Suprema Corte, cúpula del Poder Judicial federal si es que todavía hay un Estado federal, ergo una federación. Controla también las mayorías de las dos cámaras del Poder Legislativo. Tiene a sus alfiles en las 32 entidades federativas, que incluye a la Ciudad de México, con su Caballo de Troya, doña Claudia Sheimbaum, escogida como sucesora para 2024; con el “no me voy a reelegir” de un López Obrador que no tiene por qué expresarlo si se atuviera a la Constitución Política de les Estados Unidos Mexicanos vigente desde 1917.

Así que con su mano izquierda está empeñado en combatir la corrupción en sus múltiples caras, lo cual es plausible con todo y que hasta ahora sólo es retórica, pues los directamente responsables –cuando menos Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña con sus cómplices de Pemex, Sedesol, la entonces PGR y los desgobernadores– siguen en la impunidad total. Pero lo que es claro es que prevalece la autocracia de “el Estado soy yo” de las repetitivas conferencias mañaneras. Esto mientras militariza al país y da vía libre a las delincuencias con sus llamados bíblicos a ser “buenos”, esa ideología religiosa que nos recuerda al monje Girolamo Savonarola.

Álvaro Cepeda Neri

cepedaneri@prodigy.net.mx

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