Autor:

A finales del siglo XIX en los pueblos del noroeste yucateco, los dueños de haciendas, junto con los adinerados comerciantes, organizaban las fiestas religiosas y seculares con la vaquería por delante. Cuando no era de índole religioso, el festejo era para recibir a algún mandatario político. Las hijas de éstos eran aquellas mujeres ataviadas distinguidamente con el terno, marcando el ritmo de la música de la vaquería. Difícilmente se podía ver a los peones, a los jornaleros y a sus mujeres, o sea, a la población maya. Los festejos tenían el objetivo de ensalzar la figura del mestizo (“blanco y civilizado”) y no del maya (“rebelde y salvaje”); la cabeza se enaltecía y los pies se encubrían –en el periodo colonial se decía que los indios, la plebe, eran los pies de la república de Yucatán–. Las relaciones sociales de poder se reflejaban, puesto que el hacendado y el comerciante eran quienes tenían los recursos para presentarse frente al Estado como “el pueblo mestizo trabajador, progresista y moderno”.

A principios del siglo XXI en los pueblos yucatecos, los dueños del capital comercial de la producción de la artesanía del bordado organizan pasarelas. Las hijas de éstos se ataviarán con los modelos confeccionados por los autonombrados diseñadores, actualizados en las últimas modas europeas. Difícilmente se podrán reconocer a los productores –ahora caracterizados por la especialización en la producción–, los “cortadores”, “pintadores”, “bordadores”, “armadores”, etcétera. Las luces serán para los diseñadores, los nombres de los comercios y los dueños del capital comercial; las cabezas se enaltecerán y los pies se encubrirán. El trabajo colectivo necesario para lograr el producto final se difuminará por el glamour de la moda. Es así que los dueños del capital son quienes poseen los recursos para decir frente al Estado y al mercado nacional e internacional: “Nosotros somos el pueblo artesano/bordador/mestizo, trabajador, progresista, industrial, moderno y emprendedor”.

Los tiempos y los actores sociales cambian, pero las relaciones de poder social, económico y político permanecen o apenas se matizan. Éstas son algunas ideas que vinieron a mi mente cuando supe de la actividad “Amor al Bordado” que se realizará en el marco de la “Feria del Bordado” durante el mes de marzo en mi pueblo Kimbilá. Algunos denominan a Kimbilá como “la tierra del bordado” o “cuna del bordado”. Pretencioso, cuando el oriente yucateco también es tierra fértil del bordado. Pero aquí la afirmación orgullosa se basa en la fuerte impronta industrial y capitalista del bordado con aires europeos –incluso, algunos sustituyen el término almacén o tienda por la palabra francesa boutique.

Quien arribe a Kimbilá desde la entrada sur, la ruta con dirección a la capital Mérida, su panorama se satura de las múltiples tiendas de ropa; proseguirá y encontrará más tiendas. Este es el paisaje del pueblo: el comercio de prendas bordadas. En esta localidad de aproximadamente 4 mil habitantes (Inegi, 2010: 3 mil 633 habitantes), se contabilizan actualmente 56 tiendas físicas, de las cuales 27 pertenecen a cinco grupos familiares con alta producción; casi la mitad se concentra en pocas manos, así también los ingresos diarios de las cuantiosas compras de turistas nacionales e internacionales se aglutinan en éstas. La acumulación de capital se constituye en la esfera del comercio.

Este escenario tiene algunos aspectos negativos. Por ejemplo, el valor de las mercancías no es retribuida al productor, sino al gran comerciante; en otras palabras, la mayor demanda no se refleja en los bolsillos de los productores, solamente en los dueños, quienes inclusive se benefician de éstos más allá de su salario o pago necesario. Aumentan su capital-dinero desinhibiendo la emergencia de otros, ya que paralelamente incrementan su capacidad de producción, dominando los modos de circulación en plena desventaja para quienes producen y circulan poco (como aquellos que dificultosamente participarán en la pasarela o los que solamente tendrán pequeños puestos provisionales); esto es, acaparan la fuerza de trabajo y los medios de producción. En una conversación informal de hace un par de años, un paisano de Kimbilá me dijo: “Ya no hay bordadores”. Literalmente sí existen, en cada rincón del pueblo se escuchan las maquinas a diferentes ritmos, pero se refería a su condición libre; es decir, la disposición para cualquier interesado.

El evento “Amor al bordado” viene y vendrá a reflejar esto y otras cosas más, como la rivalidad de grupos familiares por el dominio del mercado y el capital-dinero; pero sobre todo, por ganar superioridad en la capacidad de producción. El bordado poco a poco está tornándose una simple mercancía en detrimento de su expresión cultural, que sólo es valorada económicamente y no por su significado intangible. Así es el “amor al bordado” para los dueños del capital y así los productores medianos, pequeños e individuales están aprendiendo a “amar” su práctica y conocimiento artesanal. Es ese “amor” que los lleva a querer producir en serie y masivamente con la ayuda de máquinas computadorizadas para bordar, desplazando a las manos de hombres y mujeres que no pueden abastecer a tan abrumadora demanda de clientes que gustan por lo barato y el mayoreo. Tristemente, el arquetipo capitalista se ha convertido en la meta de todo aquel que participa en el proceso de producción de prendas bordadas, aun los que han sufrido bajo este mismo esquema.

Mi propósito no es malicioso. Decidí escribir estas líneas porque sé que en toda región con actividades artesanales ha sufrido este tipo de cambios, llevando a condiciones desiguales. Aquí sólo me he referido a mi pueblo maya-yucateco, preguntándome si esto que he descrito es ¿amor al bordado?

Ezer R May May*

Antropólogo social e historiador. Originario de Kimbilá, Yucatán

[OPINIÓN] [ARTÍCULO] [SEMANA]