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En 2018 la política imperial de Estados Unidos bloqueó las negociaciones que el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el papa Francisco habían desarrollado. Sólo una parte de la oposición había participado en la votación anticipada. Y el sistema de votaciones utilizado, hoy en día declarado “ilegal”, fue el mismo del 2015 cuando ganó la oposición aglutinada en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

Un presidente ilegal, un usurpador, hasta dictador, así viene presentando a Maduro el gobierno estadounidense y sus sirvientes, el Grupo de Lima. Y por ende, por parte de sus vanguardias de fuego, lo medios de comunicaciones internacionales. Un coro general que describe el segundo periodo de Maduro como producto de la farsa de un proceso electoral impuesto por el chavismo y no en línea con los “estándares internacionales de libertad, equidad y transparencia”.

La oposición fue la que solicitó aquella vez las elecciones anticipadas, en el marco de las negociaciones con el gobierno constitucional llevadas adelante al comienzo de 2018 en la Republica Dominicana. Pero luego terminó abandonando al último minuto aquel acuerdo logrado fatigosamente, con la fecha de las elecciones presidenciales para el 22 de abril (entre las incomprensiones de los mediadores –el español Rodríguez Zapatero, el dominicano Fernández, el panameño Torrijos y el mismo papa Francisco–, que había dado la culpa del todo a las divisiones internas en la oposición).

Desde aquella vez la oposición había cifrado sus esperanzas en tomar el poder gracias a la intervención militar estadunidense. La oposición rompió el diálogo de manera unilateral porque fue la orden directa que recibió desde Colombia, cuando visitaba ese país el entonces secretario de Estado Rex Tillerson. El plan era que la crisis económica y política interna debida a las siempre más fuertes sanciones internacionales derivara en un descontento popular que facilitara la entrada de los militares extranjeros.

Frente la marcha atrás de la MUD, el Consejo Nacional Electoral cambió el 22 de abril por el 20 de mayo como fecha para las elecciones presidenciales, con el intento de llegar a un compromiso con algunas peticiones de la oposición –la facción menos violenta– que no quería boicotear la fecha electoral y representada por tres candidatos presidenciales: Henry Falcon, Javier Bertucci y Reinaldo Quijada.

El 20 de mayo, sobre 9.1 de votos expresados (el 46 por ciento de todos los ciudadanos que pueden votar, un porcentaje normal en muchos países del mundo), Nicolás Maduro fue votado por casi 6.2 millones, el 68 por ciento de las preferencias, destacando así una enorme diferencia porcentual con su más grande adversario político, el exchavista Falcon, con un 21 por ciento. Un proceso donde los 150 observadores internacionales presentes declaraban la regularidad y transparencia, debido a la muy buena calidad técnica del sistema de votación electrónico venezolano, cuya confianza fue evaluada anteriormente por medio de 18 revisiones y aceptada por todos los partidos políticos.

Se trata, por cierto, del mismo sistema electoral empleado en las elecciones parlamentarias en el 2015 donde ganó la oposición, cuando nadie se atrevió a no aceptar la legalidad del proceso electoral que ahora no aceptan. ¿Por qué? ¿Será que la oposición tiene memoria corta?

Alessandro Pagani*

*Historiador y escritor; maestro en historia contemporánea; diplomado en historia de México por la Universidad Nacional Autónoma de México y en geopolítica y defensa latinoamericana por la Universidad de Buenos Aires; doctorante en teoría crítica en el Instituto de Estudios Críticos.

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