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Hace dos semanas, Washington coronó presidente de Venezuela a Juan Guaidó, un individuo que ni siquiera participó en la última elección presidencial venezolana, y declaró ilegítimo al presidente Nicolás Maduro, constitucionalmente electo, anunciando incluso la posibilidad de apresarlo y enviarlo a Guantánamo.

La semana pasada, Washington anunció la suspensión del Tratado INF, culpando de ello a Rusia, y abrió así una fase todavía más peligrosa de la carrera armamentista nuclear.

Esta semana, Washington dio un nuevo paso. Este 6 de febrero, la OTAN, bajo las órdenes de Estados Unidos, sigue ampliándose con la firma del protocolo de adhesión de Macedonia del Norte como miembro número 30.

No sabemos qué otro paso va a dar Washington la semana próxima, pero sí sabemos en cuál dirección. Se trata de una rápida sucesión de actos de fuerza con los cuales Estados Unidos y las demás potencias de Occidente tratan de mantener el predominio unipolar en un mundo que está haciéndose multipolar.

Esa estrategia –que en vez de ser una síntoma de fuerza es más bien una muestra de debilidad, aunque no por ello menos peligrosa– pisotea las reglas más elementales del derecho internacional. El caso emblemático es la adopción de nuevas sanciones contra Venezuela, con el “congelamiento” de bienes por un monto de 7 mil millones de dólares pertenecientes a la compañía petrolera del Estado venezolano, sanciones cuyo objetivo declarado es impedir que Venezuela –país que cuenta con las reservas de petróleo más grandes del mundo– pueda exportar su petróleo.

Además de ser uno de los 7 países que cuentan con reservas de coltán, Venezuela es también un país rico en oro, con reservas estimadas en más 15 mil toneladas, oro que el Estado utiliza para obtener divisas fuertes y comprar medicinas, alimentos y otros productos de primera necesidad.

Es por eso que el Departamento de Estado estadounidense, en coordinación con los ministros de finanzas y los gobernadores de los bancos centrales de los países miembros de la Unión Europea y de Japón, ha realizado una operación secreta de “expropiación internacional”, documentada por el diario italiano Il Sole 24 Ore. Estados Unidos secuestró 31 toneladas de lingotes de oro pertenecientes a Venezuela (14 toneladas depositadas en el Banco de Inglaterra, más otras 17 toneladas transferidas a ese mismo banco por el Deutsche Bank, que las había obtenido como garantía de un préstamo ya completamente amortizado por Venezuela en divisas fuertes). Se trata, de hecho, de un verdadero acto de rapiña, al estilo de lo que sucedió en 2011 con el “congelamiento” de 150 mil millones de dólares de los fondos soberanos libios –fondos libios cuya mayor parte se consideran hoy “desaparecidos”. La diferencia es que el robo del oro de Venezuela ha sido perpetrado en secreto.

Pero el objetivo es el mismo: ahogar en el plano económico, al Estado víctima para acelerar su colapso, fomentando la oposición interna y, si no bastara con eso, atacarlo militarmente desde el exterior.

Con el mismo desprecio por las reglas más elementales de conducta en materia de relaciones internacionales, Estados Unidos y sus aliados acusan a Rusia de violar el Tratado INF, sin aportar la menor prueba que lo demuestre, mientras que ignoran las imágenes satelitales presentadas por Moscú. Esas imágenes prueban que Estados Unidos había comenzado a preparar la fabricación de misiles nucleares prohibidos por el Tratado INF 2 años antes de que acusara a Rusia de violar el Tratado.

En cuanto a la próxima ampliación de la OTAN, que se firma este 6 de febrero, no está de más recordar que en 1990, cuando se preparaba la disolución del Pacto de Varsovia, el secretario de Estado James Baker aseguraba al presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, que “la OTAN no se extenderá ni una pulgada hacia el este”. En 20 años, después de haber destruido Yugoslavia mediante la guerra, la OTAN se ha ampliado de 16 a 30 Estados, extendiéndose cada vez más hacia el Este, hasta las puertas de Rusia.

Manlio Dinucci/Il Manifesto/Red Voltaire

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