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Alineadas al compás de los dictados que emanan del Departamento de Estado y las embajadas de Estados Unidos –que preparan el camino para la apetecida intervención en Venezuela, primero, y más tarde en Nicaragua, Cuba y Bolivia–, las cancillerías de los países que integran el Grupo de Lima protagonizan por estos días un vergonzoso espectáculo de sumisión a los planes estratégicos y geopolíticos de la Casa Blanca, y de flagrantes violaciones del derecho internacional y principios elementales de la convivencia entre las naciones, como la no intervención en asuntos internos y el respeto a la autodeterminación de los pueblos.

Con la Organización de Estados Americanos como escenario predilecto de sus representaciones, con las usinas mediáticas reproduciendo a todo vapor relatos y corrientes de opinión prefabricadas –y con el nuevo consenso de derechas que se articula en la región como contexto–, la diplomacia latinoamericana, con sus honrosas excepciones, vive una de sus horas más oscuras, sólo comparable con el clima vivido a inicios de la década de 1960, cuando las fuerzas imperiales orquestaron su conjura contra la Revolución Cubana.

En situaciones como éstas –de crisis y grave peligro– en las que un desenlace fatal irradiaría consecuencias sociales, políticas, económicas y militares hacia toda la región, se impone la prudencia, la sensatez y la razón. Y afortunadamente, todavía quedan voces en nuestra América que se levantan para recordarnos que somos dueños de nuestro destino, y no simples títeres en el teatro de marionetas de Washington.

Una de estas voces es la del expresidente colombiano, y exsecretario general de UNASUR, Ernesto Samper, quien expresó en una entrevista su preocupación porque “cada día se escuchan más voces, y más duras, que están pidiendo una salida confrontacional a la situación,  una salida que incluye las posibilidades de un golpe militar”. “Particularmente, creo –añadió– que debemos insistir hasta el final en que la única salida que garantiza una solución incruenta es la salida del diálogo institucional entre los actores políticos venezolanos”.

Un diálogo necesario en Venezuela, así como en otros conflictos regionales, que en opinión del expresidente debería desarrollarse en el marco político de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), tomando distancia de la influencia de Estados Unidos, al que considera un “socio no confiable”  por el carácter esencialmente anti-latinoamericano de su agenda hemisférica.

Otra de esas voces necesarias a las que aludimos es la de Maximiliano Reyes Zúñiga, subsecretario para América Latina de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, quien defendió ante una comisión del Senado el nuevo enfoque de política exterior del gobierno de Andrés Manuel López Obrador: “La diplomacia mexicana tendrá un papel decisivo en América Latina y el Caribe. México debe ser un líder en la región y estamos dispuestos a asumir esta responsabilidad. Es el momento en que México vuelva a mirar al Sur”.

Además, anunció ante ese foro la disposición de su país para actuar como mediador en Nicaragua y Venezuela. En el caso nicaragüense, Reyes aseguró que “México estaría en disposición de participar, a invitación de Nicaragua, en todo mecanismo de facilitación y mediación del diálogo que permita el acercamiento de las partes en conflicto con pleno respeto a sus asuntos internos y autodeterminación”.

Mientras, en el caso venezolano, sostuvo que el gobierno no quiere “caer en el extremo antagonista en el que pensamos que se encuentran todas las partes involucradas en el conflicto venezolano. Pretendemos ubicarnos en un centro que sea capaz de generar puentes de diálogo”.

México, en la figura de su presidente y su equipo diplomático, se perfila como un actor clave en la promoción del diálogo y la búsqueda de la paz y la unidad nuestroamericana en esta hora de tensiones que vivimos.

Una posición consecuente con la letra y el espíritu con el que se firmó en La Habana, hace apenas un lustro, la Proclama de América Latina y el Caribe como zona de paz: documento histórico en el que todos los países miembros de la Celac asumieron el “compromiso permanente con la solución pacífica de controversias a fin de desterrar para siempre el uso y la amenaza del uso de la fuerza de nuestra región”.

Si renunciamos a esta alternativa, es decir, a la posibilidad de defender nuestras opciones y emprender la construcción pacífica de caminos propios, nos perderemos dolorosamente en el camino de vasallaje al que ahora nos conduce la mentalidad colonial que todavía pervive en las élites de muchas de nuestras repúblicas: esa que profundiza nuestra fragmentación y nos acerca, cada vez más, a la vorágine de la guerra imperialista que tantos apetitos despierta en la Casa Blanca y en Wall Street.

Andrés Mora Ramírez*/Prensa Latina

*Docente e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Costa Rica

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