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Después de la octava hora del día hasta llegado el momento del almuerzo, el calor de Yucatán es bochornoso. Repentinamente, el sol se apaga y los vientos fríos se encienden. Un par de horas pasan y la lluvia torrencial inicia hasta que el cielo cierra la llave por la noche. Las aguas que cayeron se quedaron atrapadas en las paredes, mientras la temperatura se mantiene alrededor de los 12 grados centígrados; a esto, los yucatecos, le llamamos “heladez”, ese frío altamente húmedo. Estas paredes le susurran a una mujer mientras duerme, la mujer le responde con la garganta adolorida y raspada cuando despierta temprano para dirigirse al trabajo.

Las mañanas también son frías y húmedas, pero al trabajo no se puede faltar. La mujer sale en medio del frío, de ese que aún no desaparece a las 6:30 de la mañana. La garganta todavía soporta un poco, pero la tos frecuente le avisa que pronto tendrá que sucumbir; no obstante, el horario de trabajo le recuerda que todavía no puede retirarse a su casa. El horario termina, la tos continúa cada vez más. La noche la alcanza, las paredes húmedas le vuelven a hablar y las frías mañanas la abrazan para que su enfermedad no la abandone. Pero la mujer se harta de la impertinente tos, que a su vez importuna a sus compañeros de trabajo. Como todo trabajador promedio, la mujer acude, previa cita agendada, a su Unidad Médica Familiar (UMF) del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE).

El médico realiza un somero diagnóstico, todo parece indicar que es una enfermedad de rutina y de temporada, algo que unas medicinas básicas pueden curar. El servicio público de salud ha hecho justicia al cruzar la puerta de la unidad médica.

La tos lucha contra el diagnóstico, las paredes húmedas y el frío tempranero secundan a la primera. La tos y las cajas vacías de las medicinas terminan por convencer a la mujer y a su marido que el diagnóstico falló. De nuevo, como todo trabajador promedio, acuden a la UMF del ISSSTE. Tal como la tos, el médico también persiste en su diagnóstico. De nuevo, el servicio público de salud ha hecho justicia.

El mismo susurro de aquellas noches y las obligaciones del trabajo orillaron a que la trabajadora abrace el clima cambiante y el frío tempranero. No va sola, le acompaña la tos que cada vez le ahoga su respirar. La desesperación la obliga a recurrir a las urgencias del ISSSTE, esta vez, de la capital yucateca.

Después de una revisión cuidadosa y metódica de los médicos, ellos dijeron algo que ni la paciente ni la enfermedad quisieron escuchar, pues ésta última fue descubierta y tendría que abandonar a la mujer; engañó a varios, pues no se llamaba tos, se llamaba bronquitis y pretendía invitar a su madre neumonía. El médico comentó que esta verdad no hubiera tenido que ser revelada aquí en la capital yucateca, bien pudo ser diagnosticado ahí mismo, en el pueblo mágico. Esta vez, al cruzar la puerta de salida se preguntaron: ¿el servicio público de salud sí nos hizo justicia?

Retornaron a la UMF del pueblo mágico para dar seguimiento. El médico recetó los medicamentos faltantes para continuar con el combate contra la bronquitis, ya arrebatado del disfraz de llana tos. En ese momento, la mujer y su marido interpelaron al médico, expresando su preocupación de que el frío húmedo del temprano amanecer perjudicara u obstaculizara la mejora de salud. El médico respondió negativamente. Se retiraron, aceptaron esa opinión. Claro está, la pareja no pasó años estudiando la ciencia de la salud.

La historia se volvía a repetir: la “tos” regresó porque la mujer, como todo trabajador, tenía que cumplir. La pared húmeda le susurraba y el cuerpo medicado resistía. Sin embargo, la neblina, el helamiento mañanero y su trabajo a la intemperie terminaban por vencerla. La ingesta sistemática de las medicinas no surtía efecto como la teoría médica aseguraba. Como el trabajador promedio, tuvo que regresar a la unidad del ISSSTE. De nuevo, el médico señala que todo está bien, que la mujer puede ir a trabajar, la bronquitis no amerita licencia médica. Estos acontecimientos se repitieron por 5 días continuos.

En un par de estas repeticiones, la mujer angustiada le expone al médico sus condiciones laborales. Ella trabaja por las mañanas, su empleo no implica estar en una oficina resguardada del clima cambiante, de las lluvias, del frío. El médico le respondió: “Ese no es mi problema”. La mujer se retiró con la desazón de que al día siguiente tendría que exponerse a las mismas condiciones, aun con el cuadro de bronquitis encima. La enfermedad la obligó repetir la rutina con el médico por una semana más: la mujer explicando su condición laboral y solicitando la licencia médica por razón de la primera; el médico, negando reconocerle ese derecho al trabajador en situación de enfermedad, según, su vida no pendía de un hilo para otorgarle dicha incapacidad.

Después de 2 meses, ella, su garganta y su tos le sigue respondiendo a las paredes húmedas y a los fríos mañaneros que la siguen ciñendo. Un pitido en el pecho le hace eco a sus actuales respuestas.

Confieso. La mujer de la que he hablado es mi esposa. Ésta es la crónica de cómo la salud podría convertirse en una crónica enfermedad gracias al servicio público de salud que no reconoce el derecho a la licencia/incapacidad médica cuando el trabajador está enfermo. Aunado a esto, la molestia se incrementa cuando se sabe que el trabajador ha mantenido su aporte salarial hacia estas instituciones de seguridad social. No somos los únicos en el país con estas lamentables experiencias.

En estas últimas semanas, la discusión en las redes sociales giró en torno a la eliminación del Seguro de Gastos Médicos Mayores (SGMM) de algunos trabajadores. La lógica neo-liberal ha sido menguar las instituciones públicas para generar la crisis y carencias; esto legitimaría la justificación al empuje del sector privado. Desde 1984, se realizó una disminución en el gasto público en salud y a partir de la década de los años noventa, México siguió el consejo del Banco Mundial de mercantilizar los servicios y seguros de salud.

En esta crónica no se desvela ninguna insuficiencia de medicamentos, asunto que sí sucede en otros lugares del país. El reclamo se dirige a que los médicos se conduzcan con profesionalismo al momento de diagnosticar, y que posean sensibilidad humana para reconocer las necesidades específicas de los trabajadores, según sus condiciones laborales particulares. No sólo se trata de aumentar el gasto público para mejorar el servicio público de salud, se debe abrir paso a los buenos médicos y prescindir de aquellos sin sensibilidad humana. Al menos eso se espera, cuando los trabajadores siguen aportando desde sus nóminas a estas instituciones de salud.

Ezer R May May*

*Antropólogo social e historiador

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