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Mientras escribo estas líneas me entero del que el presupuesto de egresos de la Federación para el próximo año contempla una reducción de alrededor de 12 por ciento en ciencia y tecnología. La disminución en dicha partida es preocupante por el mensaje mismo que se envía desde el gobierno federal: en el discurso la ciencia está presente pero sólo como recurso retórico, y esperemos que en años subsecuentes una mayor asignación de recursos sea una realidad, y que sobre todo se respalde en los hechos la idea de que la ciencia y la tecnología son fundamentales no sólo para el progreso económico del país, sino para el desarrollo de la sociedad.

Amén de los crónicos problemas económicos que ha sufrido históricamente nuestra ciencia –debidos principalmente a la falta de visión, corrupción o franca ignorancia de nuestros gobernantes–, existe otro problema del cual hablaré en este artículo: los objetivos que nuestra ciencia persigue. Aunque la ciencia nacional tiene una larga tradición histórica, su desarrollo ha sido irregular y sólo ha logrado consolidarse en la modernidad a partir de la estabilidad política que trajo el periodo posrevolucionario de nuestra historia. Así, la ciencia hecha en nuestro país ha ido desenvolviéndose de manera lenta y siempre muy austera desde la segunda mitad del Siglo XX y lo que llevamos del XXI, hasta colocarse como una de las más importantes en Latinoamérica. Sin embargo, aunque a nivel regional nuestra ciencia está entre las de mayor calidad, existe un problema mayor que impide que pueda desenvolverse plenamente: su prácticamente nula influencia en la escena pública de nuestro país.

Utilizaré los datos de dos sondeos oficiales para ilustrar lo anterior: 1) en 2009, como resultado de una encuesta realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), se encontró que el 83.6 por ciento de los mexicanos confiaban más en la fe que en la ciencia. Aún más preocupante fue el hecho de que 57 por ciento consideraba a los científicos como peligrosos, y el mismo porcentaje indicó que el desarrollo tecnológico origina una manera de vivir artificial y deshumanizada; 2) en 2015, en la Encuesta Nacional de Ciencia y Tecnología elaborada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se obtuvo que los mexicanos califican de manera muy pobre los conocimientos en esos rubros –5.2 en una escala de 10–, y que aún tienen más confianza en los horóscopos que en la ciencia. Aunque esa pobre percepción de la ciencia y la tecnología puede tener origen en nuestra historia, pienso que bien podemos encontrar explicaciones actuales a este problema.

Me parece pertinente, aprovechando que la idea de las transformaciones profundas está de moda, preguntarnos –no solo los científicos y tecnólogos, sino la sociedad en general– sobre nuestra responsabilidad en el hecho de que tanto la ciencia como la tecnología ocupen un lugar secundario –no sólo en el presupuesto federal, sino en la cotidianidad de la gente–. Para esto, debemos fijar nuestra atención en los objetivos que la ciencia nacional persigue, así como en los métodos que se utilizan para evaluarla.

Desde la academia y mi campo de acción, que es la ecología –definida como el estudio de la distribución y abundancia de los seres vivos–, tengo la impresión de que impera lo que llamo “la dictadura del paper”, es decir, la preponderancia de la publicación de artículos científicos en el quehacer profesional académico. Esta idea casi compulsiva de publicar la mayor cantidad de “papers” es una copia de la manera en la que se hace ciencia en países desarrollados, en donde la tradición científica es mucho mayor, y en donde la ciudadanía valora mucho más a su ciencia e incluso la considera como la mejor manera de llegar al conocimiento.

La “dictadura del paper” ha generado un grave desequilibrio en la relación ciencia y sociedad en nuestro país: por un lado, nuestra producción científica es poca pero importante a nivel global, con varios grupos de investigación trabajando en la llamada “ciencia de frontera”, colaborando con especialistas nacionales y extranjeros, y haciendo innovaciones tecnológicas. Sin embargo, por otro lado, debido a que la divulgación de la ciencia tiene muy poco peso en la evaluación de los investigadores, son muy pocos los que dedican su tiempo a dar a conocer a la sociedad los resultados de sus investigaciones, lo que hace aún más grande la brecha entre el conocimiento científico, la tecnología y la gente.

Finalmente, pienso que vale una autocrítica desde el sector científico y tecnológico y asumir nuestra responsabilidad en la prácticamente nula existencia de nuestra labor fuera de nuestros círculos especializados. También sería importante preguntarnos si lo que queremos es una ciencia copiada de países desarrollados, en donde el contexto histórico, social y cultural es distinto al nuestro –es decir, una ciencia a la mexicana–, y que ha resultado en un desequilibrio profundo en nuestra relación con la sociedad, o una ciencia con una esencia propia, que aparte de evaluar la calidad de nuestra investigación con criterios numéricos –el factor de impacto–, también le apueste a su interacción con los ciudadanos y su desarrollo cultural, es decir, una ciencia mexicana.

Omar Suárez García*

*Biólogo y ornitólogo; doctorante en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional (Unidad Oaxaca) del Instituto Politécnico Nacional

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