Obesidad, la epidemia del Siglo XXI

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Más de 672 millones de personas padecen obesidad. Esta forma de malnutrición crece en los países pobres y en desarrollo. Afecta principalmente a las personas de escasos recursos, que se alientan con lo más barato: comida pobre en nutrientes y con altas concentraciones de sodio, azúcar y grasas. México, con el 32.4 por ciento de su población obesa, encabeza la lista de países con este problema.

Roma, Italia. Junto al hambre y las diversas formas de malnutrición crece la obesidad en el mundo, incluso en África y en los países eufemísticamente llamados en desarrollo.

Mientras 821 millones  de personas, uno de cada nueve de los habitantes del planeta, son víctimas del hambre y más de 783 millones viven en pobreza extrema, sobre todo en Asia meridional y África subsahariana, la sobrealimentación crece, por lo regular, ante un elevado consumo de alimentos ricos en energía, pero escasos de nutrientes, vitaminas y minerales. Los dos extremos de un serio problema por falta de nutrientes a los cuales se enfrentan hoy la humanidad. Uno y otro esencialmente concentrados en naciones pobres y en grupos sociales de bajos ingresos y en desventaja social.

A unos porque les está negado el más elemental de los derechos humanos, la alimentación; y a los otros, en la mayoría de los casos, porque comen lo primero que les cae en la mano, lo más fácil y barato.

El informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés) señala que el costo más alto de los alimentos nutritivos, el estrés de vivir con inseguridad alimentaria y las adaptaciones fisiológicas a la restricción de alimentos, permiten entender por qué las familias que enfrentan inseguridad alimentaria pueden tener un riesgo más alto de sobrepeso y obesidad.

El propio documento indica que en 2017 la obesidad en adultos aquejaba a más de uno de cada ocho, o lo que es lo mismo, a más de 672 millones de personas, y más de 38 millones de niños menores de 5 años de edad tenían sobrepeso.

El problema es más significativo en América Septentrional, pero resulta preocupante que incluso África y Asia, que muestran las tasas de obesidad más bajas, reflejen una tendencia ascendente. Desnutrición, sobrepeso y obesidad coexisten en muchos países y gravitan con mayor fuerza ante un escaso acceso a los alimentos,  alerta el informe de la FAO.

La situación es especialmente preocupante también en América Latina, donde los kilogramos corporales en exceso afectan a 96 millones de adultos, donde el sobrepeso es un mal que sufre el 7 por ciento de los menores de 5 años y el 20 por ciento de los adultos.

Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en su informe Obesity Update 2017, mostró que la media de la tasa de sobrepeso y obesidad en la población adulta en sus 35 países miembros es de 19.5 por ciento y el 17 por ciento de la población infantil, con posibilidades de continuar creciendo al menos hasta el 2030.

Estados Unidos (38.2 por ciento), México (32.4) y Nueva Zelanda (30.7), encabezan la lista de países con personas obesas. Y en el extremo opuesto están Japón (3.7), Corea (5.3) e Italia (9.8 por ciento).

El propio informe de la OCDE señala como principal causa de la obesidad la “desigualdad social, especialmente entre la población femenina: al menos en la mitad de los países las mujeres tienen un nivel básico de educación, algo que se asocia a un riesgo hasta tres veces mayor de sufrir sobrepeso u obesidad”.

Los problemas nutricionales se atribuyen a la globalización, modernización y la urbanización como procesos de cambios a gran escala, en tanto la FAO culpa del fenómeno a los sistemas alimentarios globales carentes de dietas nutricionales.

A juicio de José Graziano da Silva, director general de esa agencia de la ONU, la creciente anemia a nivel mundial que hoy padece una de cada tres mujeres en edad reproductiva, responde igualmente a ese problema.

En términos económicos, según Da Silva, la obesidad tiene un costo de 2 mil millones de dólares anuales, equivalente al 2.8 por ciento del producto interno bruto global, comparable con el impacto del tabaquismo, incluso de los conflictos armados “todos ellos problemas que se pueden evitar”, apuntó.

Apostar a la producción local

La producción local y la economía familiar, con la inversión que  llevan para su desarrollo, están entre las propuestas de los expertos para atender todas las formas de malnutrición, capaces de asegurar alimentos, frescos, variados y nutritivos.

Para Da Silva, lograr una alimentación nutritiva precisa de “sistemas alimentarios realmente sostenibles en la producción, comercialización, transporte y consumo”, además de la ingesta de productos locales frescos  en lugar de los altamente procesados.

En un taller técnico sobre inocuidad de los alimentos y dietas saludables organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias del Vaticano, el directivo de FAO expuso que el sistema alimentario globalizado va en contra de las dietas que las personas necesitan para llevar una vida sana, sobre todo en aquellas naciones que importan la mayoría de sus alimentos.

Tal es el caso de los países insulares del Pacífico donde la Organización Mundial de la Salud (OMS)  registró que más del 50 por ciento de la población (en algunos casos, hasta el 90 por ciento) tiene sobrepeso.

La prevalencia de la obesidad, aún más severa, oscila entre más del 30 por ciento en Fiji y el 80 por ciento entre las mujeres de la Samoa Americana, región donde además se cuentan las cifras más altas de diabetes del mundo.

El consumo excesivo de alimentos industrializados importados, a menudo ricos en calorías y pobres en nutrientes, tienen un atractivo mayor para muchas personas, influenciadas además por la mercadotecnia y la publicidad, que nada dicen sobre su alto contenido de sal, sodio, azúcar y grasas trans o hidrogenadas, usadas para incrementar el tiempo de vida de los alimentos y que son muy dañinas para la salud.

La obesidad como forma de malnutrición

Según la OMS los valores de índice de masa corporal (kilogramos de peso por el cuadrado de la estatura en metros) considerados normales son entre 18.5 y 25: menos que ello se considera bajo peso y por encima de 30 es obesidad.

Ese organismo de la ONU reconoce que la obesidad, un problema confinado a los países de altos ingresos, prevalente ahora en naciones de ingresos bajos y medianos, alcanza proporciones epidémicas a nivel mundial y por su causa mueren, como mínimo, 2.8 millones de personas cada año.

Una dieta desequilibrada por proporciones erróneas de alimentos provoca malnutrición, como el elevado consumo de grasas, sales, azúcares, que proporcionan altos niveles de calorías, energía que en exceso se convierte en grasa almacenada, y provocan sobrepeso.

Los culpables de la prevalencia del sobrepeso y la obesidad son la llamada comida chatarra, basura y la comida rápida. La FAO los define como alimentos más baratos y más fáciles de acceder y preparar, en particular para las personas pobres de las áreas urbanas.

Cuando escasean los recursos, la población elige los alimentos menos costosos, que por lo regular son hipercalóricos y bajos en nutrientes. De ahí que en muchísimos casos en niños y adultos se dé la “paradoja” de obeso y desnutrido.

Incongruencia que se da también, porque a la postre lo que resulta barato tiene luego un elevado costo para la sociedad, la mayoría desentendida de la amenaza de este mal, pues la obesidad supone un factor de riesgo para muchas enfermedades no transmisibles, como dolencias cardíacas, derrames cerebrales, diabetes, algunos tipos de cáncer, entre otras.

Los expertos señalan que las grasas contenidas en la comida chatarra incrementan los niveles de colesterol malo, lipoproteínas de baja intensidad que se acumula en las arterias, y reduce los buenos, relacionados con el transporte del colesterol de otras partes del cuerpo al hígado, encargado de eliminarlo. Nivel de alteración que eleva las posibilidades de padecer enfermedades cardiovasculares.

Tomar las riendas de la industria alimentaria

Muchas son las acciones a nivel mundial para resolver el problema de la malnutrición en todas sus formas, particularmente las relacionadas con el Decenio de Acción sobre la Nutrición (2016-2025) de las Naciones Unidas y la puesta en marcha en este año que inicia del Decenio de Agricultura Familiar (2019-2028).

Alimentar a una población creciente es responsabilidad de cada Estado y hacerlo de una manera adecuada es una obligación mayor y, de hecho, una inversión productiva.

La FAO y otras instituciones relacionadas con este asunto, defienden la promoción de acciones, incluidas leyes para proteger las dietas saludables y locales, establecer políticas regulatorias y fiscales más amplias e incentivar al sector privado a producir alimentos inocuos.

También abogan por la subvención de los alimentos saludables, el etiquetado y trazabilidad de los productos, prohibir el uso de aditivos dañinos, la introducción de la nutrición como tema en los programas de enseñanza, aplicación de normas que impidan pérdidas y desperdicios de alimentos, así como a promover campañas sobre la importancia de seguir una dieta y estilo de vida saludables. Erradicar el hambre, como asegurar una nutrición adecuada, a juicio del director de la FAO, sólo tendrá respuesta positiva cuando el tema deje de ser un problema de los individuos y se convierta en una responsabilidad del Estado.

Todo ello requiere un “enfoque multisectorial que involucre no sólo a los gobiernos, sino también a los organismos internacionales, la sociedad civil, el sector privado y los ciudadanos en general”.

Silvia Martínez/Prensa Latina

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