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A unas semanas de que Enrique Peña Nieto le entregue a Andrés Manuel López Obrador la banda presidencial, el aún no mandatario canceló –con respaldo ciudadano– el que iba a ser el mayor proyecto de infraestructura originado en el sexenio priísta: el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM). Se ha dicho que, como promesa de campaña, la cancelación de la terminal aérea era irrevocable a pesar de que ya era emplazada en lo que queda del lago de Texcoco. Los opositores al Movimiento Regeneración Nacional (Morena) dicen que, como Pilatos, Obrador se lavó las manos con la ciudadanía, pero que 747 mil personas, (69.95 por ciento) de los consultados, aunque a favor la cancelación del NAIM, no le limpiaron bien las extremidades superiores.

Dicen que la consulta fue innecesaria, que para finiquitar el NAIM a Obrador le bastaba ejercer la legitimidad que en la elección presidencial le confirieron más de 30 millones de votos. De haber sido así lo hubieran acusado de ser un “jefe máximo”, un autoritario asesino de la democracia. La verdad es que en la consulta también participaron personas que apoyan el NAIM, pero sólo fueron 310 mil 463, (29.1 por ciento), que fueron avasalladas por más de dos a uno por los que palomearon la terminal aérea de Santa Lucía. En total, 1 millón 67 mil 859 mexicanos emitieron su opinión. Una cantidad que no representa a la sociedad en una consulta ilegal, dicen los detractores, quienes parecen estar más de acuerdo con las administraciones federales pasadas y el modelo socioeconómico que han aplicado éstas por más de 3 décadas.

Tras el anuncio de la cancelación los representantes de los empresarios inversores en el NAIM vociferaron amenazantes, y llamaron al presidente electo a tomar la decisión correcta y proseguir con la edificación del aeropuerto texcocano; para que ellos pudieran continuar, alrededor de la terminal aérea, otros proyectos inmobiliarios e incluso uno más que ya tenían proyectado en los terrenos que dejaría desocupados el actual aeropuerto de la Ciudad de México. Negocios diseñados para generar millonarias ganancias durante décadas.

Entonces se convocó en la internet a una manifestación denominada “Marcha ciudadana-México por la democracia legítima”, aunque también se manejó como “Marcha por el NAIM”; pero en las redes sociales fue bautizada como “Marcha fifí”, en consonancia con la palabra-adjetivo usado por López Obrador para definir a un sector de la prensa atado, pendiente y consecuente con los intereses empresariales de las clases económicas acomodadas y ligadas a los partidos políticos de centro y derecha de este país.

Los organizadores llamaron a la cita para el 11-11-11: la marcha del día 11 a las 11 de la mañana del onceavo mes, sin especificar el año. Y es que pretendían lograr una congregación apoteósica que no necesitaría de 1 año para ser recordada, querían forjar un acaudalado rio negro sobre la avenida Reforma y oscurecer la plancha del Zócalo capitalino; los diseñadores de la protesta pidieron que se usara ropa negra, querían demostrar que están de luto por la muerte de la democracia –cuando en el país los asesinados suman centenas de miles, los secuestros y las desapariciones forzadas son cada vez más comunes y hay territorios sin gobierno, además de que las masacres de estudiantes no son cosa del pasado, aunque eso les debe parecer democrático y en toda norma–, pues para ellos Andrés Manuel y los morenistas mataron la democracia con la consulta ciudadana. Y así vestidos de negro marcharon poco más de 5 mil personas que no lograron ocupar ni un 20 por ciento del Zócalo. La denominada “Marcha fifí” puede ser considerada un fracaso si nos quedamos con la idea, que tienen algunos de sus participantes, de que fue en legítima defensa del NAIM y de la democracia.

Las consignas de los marchistas tendieron más hacia la animadversión a las consultas ciudadanas que a favor del NAIM. Fue notoria la ausencia de los empresarios y de los intelectuales de derecha, esos que ya nos tenían acostumbrados a su presencia en otras protestas de los no proletarios. Hubo, sí, personajes de la medianía panista como Mariana Gómez del Campo, quien hace unos años quería regular las manifestaciones pedestres por las pérdidas económicas y de tiempo que generan. Se vio al ultraderechista Juan Dabdoub, férreo luchador contra las políticas progresistas de género; ellos fueron una muestra del conservadurismo y la tendencia a la derecha de los andantes de luto. Fue más notoria la presencia de fascistas mexicanos que igual arengaban contra López Obrador o a favor del NAIM, que contra los migrantes hondureños y los llamados “chairos”, incluso refiriéndose a ambos como personas con hambre: más clasista no pudo ser la consigna.

Se debe reconocer que a la marcha asistieron legítimos protestantes, “verdaderos fifís”, y también algunos que podríamos denominar “fifíascos”, clasemedieros aspiracionales que enarbolan que ser “fifí” va más allá del nivel económico y tiene que ver con ideologías; habrá que ver si construir un aeropuerto, desdeñar migrantes y menospreciar gente de izquierda son “líneas de pensamiento” en beneficio de México. Y se me podrá acusar de que usar el término “fifí” genera división y odio entre los mexicanos; incluso que es de mal gusto –como de mal gusto es denominar “amlovers” o “pejezombies” a los morenistas, y “chairos” a los que son de tendencia izquierdista–, pero me exime el que los manifestantes en su “desgarrador luto” se enorgullecían de ser llamados así, muchos usaban playeras o portaban pancartas con leyendas como: “Soy totalmente fifí” o “Call me fifí”.

La protesta se asemejó a un mitin priísta, aunque con estilo, pues no faltaron los acarreados con pancartas de diseño, transportados en vehículos blancos y de reciente modelo. En las redes circulan testimonios de algunos trabajadores a los que se les pasó lista de asistencia en la minimarcha. Más que “fifís” por el aeropuerto, los manifestantes fueron sin saberlo, carne de cañón de algunos sectores políticos, pues la del 11-11-11 fue una marcha figurada, cuyas soterradas intenciones iban más allá de defender una terminal aérea; y es que para ese día los empresarios involucrados en el NAIM ya se habían alineado con el próximo presidente, asegurando así su participación en el aeropuerto de Santa Lucía, y por supuesto, cuidando su futuro en otras licitaciones. Es así que la marcha fue más bien para que las cúpulas económicas, religiosas y políticas opositoras al nuevo gobierno ensayaran qué tanta capacidad de convocatoria tendrán a futuro en contra de las consultas ciudadanas que atenten contra el statu quo que hasta ahora detentan.

Roberto Galindo*

*Maestro en apreciación y creación literaria; literato, arqueólogo, diseñador gráfico. Cursa el doctorado de novela en Casa Lamm. Miembro del taller literario La Serpiente

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