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La respuesta del presidente Donald Trump a la caravana de migrantes que partió desde Honduras el 13 de octubre pasado hacia Estados Unidos indigna la conciencia humana. Dijo que esas personas “son delincuentes”, que “no las quieren en su país”, y que si ellos resisten con piedras al intentar ingresar a Estados Unidos “se les podrá disparar”. Al mismo tiempo, decidió enviar hasta 15 mil militares a reforzar su frontera Sur.

Al 8 de noviembre, de acuerdo con el diario El Nuevo Herald, habían 5 mil 600 soldados desplegados en la frontera. De ellos, 2 mil 800 están en Texas, 1 mil 500 en Arizona y 1 mil 300 en California. Esa cifra incluso podría llegar a 15 mil, según ha informado la prensa.

No podemos olvidar que en enero de 2018 el diario The Washington Post informó que el presidente estadunidense Trump llamó “agujeros de mierda” a El Salvador, Haití y varios países africanos, señalando que prefería recibir en su país más inmigrantes de Noruega en lugar de los de esas naciones pobres. Tampoco quiere hondureños.

Sin duda, no es de extrañar esta xenofobia “clasista” que tiene el presidente de Estados Unidos, criado bajo el dominio de la supremacía blanca, y su discurso duro que hoy, más que nunca, criminaliza y persigue a los inmigrantes, no sólo con descalificativos y amenazas sino en hechos reales.

En 2017, en Estados Unidos vivían 49 millones 776 mil 970 de inmigrantes, lo que supone un 15.27 por ciento de la población total de ese país, según publica la Organización de las Naciones Unidas. La gran mayoría de su población migrante proviene de México, China, India, Filipinas y Vietnam.

De acuerdo con la BBC Mundo, también hay 11 millones de “inmigrantes sin documentos”.

Adrián Bernal señala que “los refugiados aquí en Estados Unidos, los inmigrantes, algunos tienen miedo de que los vayan a deportar, a devolver a su país donde pueden enfrentar tortura y muerte. Otros no les importa lo que les vaya a pasar, que van a seguir sus vidas normal y van a confiar en Dios. Así han vivido los inmigrantes la política de criminalización de Trump”.

Hay miles de “indocumentados” que, a diario, son arrestados en Estados Unidos y enviados a Centros de Detención para Inmigrantes e incluso a cárceles federales por el sólo delito de ingresar al país sin autorización. Pasan meses y años en prisión antes que se resuelva su situación legal. Muchos son deportados finalmente.

No podemos olvidar tampoco las imágenes dolorosas de niños llorando, encerrados en jaulas, que fueron separados de sus padres al ser detenidos al cruzar la frontera. Se estima que fueron 2 mil 300 niños que vivieron esa dolorosa experiencia humana bajo la política de “Tolerancia Cero”. Pero no sólo eso, incluso niñas y niños han sido torturados.

La directora de ACLU, del Centro de Derechos Fronterizos, Astrid Domínguez, en una entrevista que concedió a Democracy Now, denunció que a menores de edad que están bajo la custodia de la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza, se les estaba sometiendo a tortura.

“Estas historias son de verdad devastadoras. Son horribles. Van desde el abuso sicológico contra los niños, a quienes llaman “perros” y les dicen que los van a violar y a dejar ahí para que se mueran, abusos sexuales, tocamientos inapropiados y uso de fuerza contra menores con pistolas eléctricas que no se deben usar contra menores”, dijo Domínguez.

Pero no sólo detienen, encarcelan, deportan, separan familias, torturan, sino que también su Patrulla Fronteriza comete asesinatos. De acuerdo con el periódico inglés The Guardian, de 2003 a la fecha, han sido asesinadas 97 personas por agentes de la Patrulla Fronteriza.

Así pasó el 23 de mayo de 2018, cuando la guatemalteca Claudia Patricia Gómez González, una joven de 19 años de origen Maya Mam, fue asesinada de un disparo en la cabeza por un agente de la Patrulla Fronteriza en Laredo, Texas.

Años antes, el 10 de octubre de 2012, un policía de la Patrulla Fronteriza asesinó a José Antonio Elena Rodríguez, quien se encontraba del lado mexicano. El menor, de 16 años, recibió 10 impactos de bala por la espalda.

Mientras muchos medios recuerdan cada año, como efeméride, la caída del Muro de Berlín, nada dicen del muro fronterizo que el gobierno de Estados Unidos está levantando, desde la década 1990, en la frontera con México, y que ya lleva más de 1 mil 200 kilómetros de construcción.

Telesur informó, años atrás, que “desde el comienzo de su construcción en 1994 han ocurrido más de 10 mil muertes. El muro fronterizo es otro pernicioso símbolo de la segregación humana”.

En ese punto limítrofe, en ambos Nogales, se realizarán acciones de protesta y solidaridad del 16 al 18 de noviembre, con el fin de denunciar las causas de fondo que originan que muchos seres humanos se vean forzados a abandonar sus países de origen para salvar sus vidas.

Devora González, integrante de SOA Watch y una de las organizadoras, señala que “las políticas estadunidenses de intervención son las causas raíces por las cuales las personas están huyendo. Ahora se ve claramente lo que está pasando en Honduras por una dictadura que fue validada por Estados Unidos. El resultado es lo que está pasando ahora y lo conectamos con el encuentro fronterizo porque es el imperialismo de frontera que está causando y creando las condiciones por las cuales las personas están huyendo”.

Rebeca Zúñiga, quien va a participar de las protestas, dice que “es importante promover la solidaridad internacional entre los pueblos; sobre todo de los pueblos que están sufriendo las consecuencias de las políticas intervencionistas de Estados Unidos y de la militarización de todos nuestros países a causa de esas políticas”.

Mientras muchos medios hablan del problema de los migrantes, poco o nada se dice de la responsabilidad que tiene Estados Unidos en el problema: con sus políticas militares, económicas, y de asistencia en seguridad, sigue exportando tragedias a nuestros pueblos. Sólo causa muertos, detenidos y pobreza por todo nuestro continente, incluyendo al mismo pueblo estadunidense donde la radiografía de la maldad sigue intacta.

Pablo Ruiz/Telesur

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