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Después de Díaz Ordaz, a quien cubrió la impunidad del sistema presidencial priísta tras los sucesos de 1968, nadie merece ser llevado a juicio político tanto como Peña, debido a su corrupción y la de sus empleados como secretarios del despacho presidencial: Rosario Robles, Ruiz Esparza, Murillo Karam, Lozoya Austin, Luis Videgaray, etcétera. Sin embargo, ya “fueron cobijados” con el “perdón y olvido” de López Obrador que en las juntas con sus representantes: Durazo, Olga Sánchez Cordero, etcétera, le han mandado decir que ni “perdón ni olvido” a los autores de la sangrienta inseguridad responsable de miles de homicidios, fosas clandestinas, tráileres con cadáveres, feminicidios, desaparecidos. Así como los responsables directos de los 49 niños quemados en la Guardería ABC, de los 43 de Ayotzinapa, y  toda la estela de barbarie homicida del peñismo.

Han ido dizque a comparecer los peñistas ante un Congreso que parecía una real oposición de diputados y senadores, para que estos señalaran actos de corrupción, de robos, de abusos del poder… y los dejaron ir con apenas unos regaños; los dejaron lloriquear como a Rosario Robles; justificarse como a Ruiz Esparza; decir mentiras como a Navarrete Prida y Coldwell y a todos los que se han presentado. Pero a ninguno han sancionado administrativamente, ni sometido a juicio político ni remitido a los tribunales penales y civiles.

Ha sido puro circo, maroma y teatro de diputados y senadores de Morena y del PT, MC; con los aplausos del PRI y el servilismo del PAN. No hay, pues, oposición legislativa. Es más de lo mismo: complicidades. Sólo peroratas de algunos legisladores que no representan al pueblo. Morena ya se volvió parte de que todo permanezca igual. O peor. Nadie dijo que el amorío de la Robles con el ladrón argentino fue para la corrupción cuando ella fue jefa de Gobierno en la capital del país. Nadie le dijo que responda a los señalamientos de la Auditoría Superior de la Federación. Llegó vestida de blanco para mostrar su “pureza”.

Navarrete dijo que Peña no deja una crisis social ni económica. No lo refutaron con hechos. Lo abrazaba Batres con su sonrisa de siempre. Porfirio Muñoz Ledo, con los diputados se mostró indiferente. Han sido comparecencias para “dejar pasar, dejar hacer” a los neoliberales de la política económica que empobreció a los mexicanos. A todos los que fueron se les otorgó la bendición del “perdón y olvido”.

Los peñistas que se presentaron los dejaron mentir, para burlarse del pueblo al que dicen representar los de Morena, dedicados a recitar reclamos solamente para lucirse. Así que ningún cambio hay en el Congreso de la Unión. “Busquen debajo de las piedras” gritó la Robles, a sabiendas de que Peña ya negoció con López Obrador que nadie, empezando por ella, será juzgado en los tribunales y menos juzgados en juicio político.

Hay que destacar que tirios en contra, y troyanos a favor, no han dejado de tocar el asunto central de la transición política-económica de López Obrador: de candidato implacable a ganador de la elección. Obviamente se trata del tránsito de lo increíble a lo creíble y el actor del próximo sexenio ha limado sus críticas, sus durísimos ataques a los empresarios del neoliberalismo económico, a los patrones del miserable salario, a los banqueros de las ganancias exorbitantes, al grupo tras el poder presidencial encabezado por Salinas de Gortari, al mismo Peña, y al PRI y al PAN. Y con justa razón.

López Obrador fue bloqueado una y otra vez, en 2006 y 2012; por Fox y Calderón, éste en complicidad con el PRI de Peña. Orillado a tomar la violencia, aunque nunca lo hizo; fue acorralado, pero rompió el sitio con su férrea voluntad y el apoyo popular de la democracia directa, calificada de populismo. Y venció, conforme al refrán aquel por el mismo tabasqueño invocado de que “la tercera es la vencida”; y así fue. Y cambió su discurso agresivo por uno de “borrón y cuenta nueva”, como que no quiere quemar su pólvora política en infiernitos.

No he leído mejor síntesis al respecto que la nota periodística del reportero Jacobo García (El País, 5 de mayo de 2018); es decir, un mes antes de las elecciones, cuando López Obrador sabía a ciencia cierta los resultados de sus encuestas y las del ambiente político nacional, incluyendo al peñismo y vaticinios externos, que alcanzaría la Presidencia de la República. Dice el periodista español que cubrió gran parte de la campaña que Andrés Manuel llevaba 18 puntos de ventaja contra Anaya y Meade.

En Televisa durante una hora y media confirmó no renunciar a ninguna de sus banderas: no al aeropuerto, no a las reformas energética y educativa y criticó duramente a los empresarios… Citó a Juárez; su preocupación por la violencia y que sería impecable en su combate a la corrupción porque –dijo– somos el país más corrupto de América. Aseguró que se enfrentaba a una mafia en referencia al Consejo Mexicano de Negocios. Y acusó a Grupo Lala, Cinépolis y el Grupo México de estar en campaña contra él y de sentirse dueños del país. Que de ganar, separaría el poder político del económico. Y que habían embaucado a Slim.

Se definió asimismo, por el mercado libre, la fluctuación del peso; que no haría expropiaciones y fomentaría el consumo interno. Reiteró que no buscaría la reelección y comparó su llegada a la presidencia con la Independencia, la Reforma y la Revolución. Esto tiene todo el idealismo de López Obrador, al poner la mira de su ejercicio de ese poder por encima de mediocridades. El meollo del asunto es que para eso se necesita algo más que los buenos propósitos que lo han animado. ¿Es un profeta armado, es decir un político de acero como sus admirados, quienes fueron pueblo y dirigentes de 1810-1814, 1854-1857 y de 1910-1917? Sería, en efecto, el equivalente de una cuarta transformación guiado por esos ideales. Está por verse.

Álvaro Cepeda Neri

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