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“Así, sola, jamás me hubiera atrevido a venirme […] por lo peligroso”, afirma Claudia López, una mujer salvadoreña que se encuentra instalada en el albergue de Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca, lugar que pasó de ser sede de eventos magnates, como conciertos, a un refugio temporal para personas migrantes que viajan en caravana.

Desde hace 16 años, Claudia López vivía en Ciudad Hidalgo, Chiapas; sin embargo, cuando se enteró de la caravana decidió unirse  y trajo a su hijo consigo. Ella huyó de El Salvador por la inseguridad causada por las pandillas.   “Quiero llegar a Estados Unidos porque la vida es diferente, se trabaja igual que acá,  pero pagan diferente […], si no puedo pasar me quedaré en Tijuana, si lo hice en Ciudad Hidalgo, qué no lo haga allá”, dice con firmeza.

En Ciudad Deportiva albergan aproximadamente 5 mil 500 migrantes, según datos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Algunos están en el estadio de atletismo Jesús Martínez Rentería “Palillo”, cuyas gradas se han convertido en dormitorios y la explanada en instalación de carpas como casas temporales.

Otras personas migrantes están dispersas en casas de campañas en las áreas verdes aledañas. Bajo la lona de una de esas casas una mujer alimenta a su bebé  con un biberón. Ella es Katerine, 24 años, hondureña, y dejó su país a causa de la inseguridad y la falta de trabajo; viaja con su hermano (ahora dormido en un rincón) y sus hijos. “Yo me siento bien segura de venirme en la caravana porque en multitud nos protegemos… me da mucho miedo de que me arrebaten a mis hijos”, lamenta, mientras su bebé juguetea en sus brazos.

A un costado de las casas de campaña,  Katy, mujer delgada que viste una blusa pegada sin mangas, hurga en un montón de ropa donada algunas prendas que se ajusten a su cuerpo y al de sus dos hijas, su hermano y su sobrina, con quienes viaja en la caravana.

Katy es hondureña y tiene 23 años. Decidió unirse a la caravana para acompañar a su hermano y a su sobrina, una bebé, porque “allá no hay trabajo, los negocios se pusieron malos porque todos se vinieron para acá”. Y aunque en la caravana se ha sentido segura, sabe que “es peligroso andar con los ‘tiernos’, nos han dicho que en México secuestran niños y personas, por eso no salgo del albergue”. Y en caso de no lograr cruzar la frontera a Estados Unidos, regresara con su familia a su país.

Otra inmigrante, Johana de 23 años, viaja con su prima, un amigo, dos bebés y un niño de seis años, decidió unirse a la caravana por sus hijos, “su seguridad, porque allá [en Honduras] es muy complicado: roban niños, secuestran, extorsionan. Y dónde yo vivía la inseguridad es muy exagerada, después de las cinco de la tarde nadie sale de su casa”, lamenta.

En la caravana ser mujer y llevar hijos es complicado, “ir caminando es más difícil para nosotras que somos madres, porque cargamos a nuestros hijos. Qué  bueno sería que nos pusieran ‘buses´para ir”, señala Johana.

Pero no sólo las mujeres migran en busca de proteger a sus hijos. Sentada en una banqueta se encuentra Grecia Mile, hondureña adolescente de 17 años que viste una gorra negra para cubrirse del sol. Ella menciona que no tiene miedo de estar en la caravana, pues viaja con su padre, quien dice: “me la traigo porque estoy buscando un futuro para ella, porque allá no se puede”.

También hay mujeres que en su juventud no se atrevieron a migrar, pero cuando escucharon acerca de la caravana decidieron emprender el camino. Una mujer  de 35 años se exprime el cabello después de tomar una ducha en el campamento. Nunca había pensado migrar, pero en caravana decidió hacerlo. “Nos han venido cuidando”, señala.

Mientras en otra casa de campaña está instalada una familia nicaragüense. Una mujer mayor de unos 60 años, acompañada de su hijo, la nuera y los nietos. Pero a diferencia de otras mujeres dice que huye de la guerra que hay en su país.

Nashieli Ramírez, directora de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), señaló que realizan un censo para conocer el perfil de las personas migrantes, aunque de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) hasta 2014 el 49 por ciento de las personas migrantes eran mujeres.

En el albergue se ofrecen servicios de salud para mujeres, como mastografías y atención psicológica; sin embargo, algunas de ellas han sufrido abortos y preeclampsia, de acuerdo con la directora de la CDHDF. A pesar de los riesgos, ellas se sienten más “seguras” viajando en caravana que solas.

Berenice Santos