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La región de Sahel no sólo está dominada por la extrema pobreza y la falta de recursos para el desarrollo, sino también por terroristas impulsados tras la guerra en Libia. Esa invasión de la OTAN generó nuevas versiones de la violencia extremista confesional contra países vecinos, como Mali y Burkina Faso

Hay que referirse necesariamente al Sahel [la zona biogeográfica de transición entre el desierto del Sáhara al Norte y la sabana sudanesa al Sur] cuando se hable del terrorismo global, porque en esa región africana el fenómeno está haciendo metástasis, con severas consecuencias.

El terror –que en esa zona tiene relación con doctrinas extremistas de confesión islámica– es el resultado de un complejo proceso sociopolítico, que en esa área depende mucho de la situación económica, principalmente de las crisis generadas por el subdesarrollo.

Ése es el contexto donde los vínculos socio-productivos expresan más desigualdades como ocurre en Níger, el cuarto mayor productor de uranio en el mundo con 3 mil toneladas anuales, que ocupa el lugar 174 de 177 en el Índice de Desarrollo Humano.

Su vecino Mali es el tercer productor de oro de África con grandes prospecciones en siete minas en el Norte, Sur y Oeste del país, pero está entre los 25 países más pobres del mundo: más del 40 por ciento de los ciudadanos de esa nación se encuentran bajo el umbral de la pobreza.

Burkina Faso está ahora afectado por el terrorismo. Este país es un importante exportador de boro y algodón, pero sus habitantes están entre los que peor calidad de vida a nivel planetario, conforme con estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

El área

El Sahel cubre total o parcialmente el territorio de Oeste a Este de Senegal, Chad, Mauritania, Mali, Níger, la parte Norte de Nigeria, Camerún, Gambia y Burkina Faso. Está delimitado en el Norte por el Sahara y en el Sur por la menos árida sabana, y poblado por más de 150 millones de personas.

Esa franja tiene un ancho que varía entre varios cientos y 1 mil kilómetros, en un área de unos 3 millones de kilómetros cuadrados, que abarca territorios correspondientes también a Mauritania, Chad y Sudán.

Es una región ecoclimática y biogeográfica semidesértica de transición entre el desierto en el Norte y la sabana sudanesa en el Sur, que se extiende por la zona Norte de África a través de todo el continente desde el Atlántico al mar Rojo, y los expertos se refieren a ella como de naturaleza bastante hostil.

Si en lo geográfico se considera que las condiciones de vida allí son severas, a eso se unen otros componentes como la pobreza, que llega a ser extrema, la falta de recursos para el desarrollo y como colofón la existencia de grupos terroristas que se reafirmaron allí tras la guerra en Libia y el asesinato de Muamar Gadafi en 2011.

La contienda bélica antigadafista desatada por la Organización del Tratado del Atlántico Norte y sus aliados árabes causó el desorden actual en ese país del Magreb, y generó nuevas versiones de la violencia extremista confesional contra sus vecinos sahelianos, entre ellos Mali y Burkina Faso.

Resulta una escalada fundamentalista a la cual se trata de neutralizar con la militarización de esa subregión africana, identificada ahora como el escondite de los promotores de la Jihad (guerra santa islámica).

Opción militar

A principios de año se registró una significativa actividad político-militar dirigida a concentrar en la región saheliana un fuerte dispositivo para enfrentar acciones armadas desestabilizadoras que afectaran a las excolonias africanas. Una decisión de las antiguas metrópolis, preocupadas por la seguridad de sus intereses en el área.

Francia generó la movilización, pero a ella también se unieron otras potencias como Estados Unidos, que sin ser exmetrópoli colonial en África practica un concepto de represión global, reforzado actualmente con la “guerra contra el terrorismo”, de ahí que Níger acoja un contingente estadunidense de 800 soldados.

Pese a las fuerzas de paz y contingentes de efectivos de diversas procedencias acantonados en el Sahel, los grupos armados aprovechan las condiciones geofísicas y otras, desde la permeabilidad de las fronteras hasta el mínimo rechazo de la población a la presencia extranjera, para anular las decisiones y el papel de las autoridades.

Por su parte, los Estados de la subregión dieron vía libre en febrero de 2014 a la Iniciativa G5-Sahel, lo cual planteó una estrategia única en el Continente Africano: unir sus fuerzas militares y esfuerzos económicos para crear estabilidad y ofrecer seguridad, y a partir de esta lograr prosperidad.

La idea contó con el apoyo de Naciones Unidas y la Unión Africana, pero 4 años después la situación permanece varada.

El periódico madrileño El País anotó a principios de este año: “Europa militariza el Sahel (…) España, Francia, Reino Unido, Italia y Alemania despliegan centenares de tropas en la región africana”, y certificaba que el viejo continente considera que la situación allí es clave para su seguridad y desde un principio se decidió por la bota castrense.

Sin embargo, las operaciones comandadas por París en la región –Serval y Barkhane– y ejecutadas con el fin estratégico de posicionar a las fuerzas en la zona, no lograron todos sus propósitos en el enfrentamiento a los grupos integristas, que en los últimos tiempos castigaron a Mali y Burkina Faso en nombre de su torcida versión del Islam.

La escalada de violencia que sucedió a la guerra contra Gadafi (y toda Libia) condicionó en buena medida el levantamiento armado tuareg en el Norte de Mali, encabezado por el Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA).

No obstante, esa rebelión con carácter secesionista resultó a la larga capitalizada por grupos extremistas de confesión islámica, que provocaron un giro total a las aspiraciones separatistas del MNLA, y eso lo demuestra que la guerrilla más tarde negoció la implementación de un proceso de paz con el gobierno.

En esa conciliación no se incluían a destacamentos extremistas como Ansar Dine (Defensores de la Fe), Mujao (Movimiento para la Unicidad y la Jihad en África Occidental) y los efectivos menos agrupados formalmente pero en extremo peligrosos de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

A ese carro de muerte se unieron directa o indirectamente otras facciones terroristas o sus remanentes: en el primero de los casos estaría la nigeriana Boko Haram, y entre los menos mediáticos los restos del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, predecesor de AQMI. De Mali, la formación menos conocida es el llamado Frente de Liberación de Macina, que actualmente opera con la alianza comandada por Iyad Ag Ghaly: Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (Frente de Apoyo al Islam y a los Musulmanes); ese presunto contingente integrista realizó ataques con precisión, organizados a partir de experiencias afganas.

Para el coronel Ignacio Fuente Cobo, del Instituto Español de Estudios Estratégicos, esa federación de destacamentos integristas se estableció “para evitar que Estado Islámico use la zona como nueva base logística y de recuperación; todos los grupos de la órbita de Al Qaeda se asociaron dentro de esta nueva organización”.

Es otro componente del conjunto saheliano y sobre esa formación existe el criterio de que posee las más amplias conexiones con organizaciones terroristas a nivel internacional, principalmente con facciones en retroceso en Siria, Irak y Afganistán, las cuales, derrotadas, emigraron a Asia y hacia el Norte africano.

Según la prensa de Libia, el Estado Islámico perdió todas las posiciones en ese país, donde su principal fortaleza la tenía en la ciudad costera de Sirte, la más importante para la exportación del petróleo hacia Occidente, pero también zona de salida de migrantes que intentan llegar a Europa y muchas veces fracasan y perecen.

Todos esos grupos armados se expresan como la ira de Alá en su lucha contra los infieles; asumen ser los ejecutores de la Jihad e ideológicamente la presentan como la cura de todos los males acarreados por la ofensiva Occidental, pero esa retórica falla al emprenderla indiscriminadamente contra ciudadanos no musulmanes y los islámicos moderados.

Para los extremistas resulta legítimo, por ejemplo, un ataque a la Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de las Naciones Unidas en Mali en la región norteña, porque los cascos azules son parte de una estructura profana que consideran espuria, como el gobierno que la admite.

Asistencia humanitaria

Unos 5 millones de personas pasan hambre en seis países del Sahel y 1.6 millones de niños están en riesgo de sufrir desnutrición aguda grave, según índices de la Organización Mundial de la Salud, compartidos por otras agencias de ONU.

Según el Fondo de ONU para la Infancia, de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Programa Mundial de Alimentos, persiste el peligro de que en la región ocurra una grave hambruna, por eso llaman a atajarla también ante el deterioro ecológico causado por la sequía, la desertificación y otros inconvenientes ambientales.

La escasa precipitación y el aumento de los precios de los víveres golpean fuertemente sobre una población de escasos recursos económicos y con una bajísima cobertura médico-sanitaria, y eso hace que la alarma suene más fuerte y con urgencia, y a la vez deja ver las debilidades de que son víctimas estos Estados-nación embargados en el subdesarrollo.

Entonces –dicen los expertos– para enfrentar al terrorismo y al crimen organizado, ambos denunciados por la comunidad internacional, se requiere avanzar en la militarización del Sahel, aunque sea una solución parcial y las cuestiones de fondo como la permanente crisis humanitaria queden al margen… Es el mismo enfoque que para los “daños colaterales”.

A la medida que avanza el tiempo, las soluciones a los problemas de las hambrunas y la desatención al desarrollo de las comunidades que habitan en la región se pierden entre ventiscas y nebulosas políticas, y de ese olvido solo se salvan los intereses estratégicos de las exmetrópolis y de sus adeptos en las élites de cada país de la región.

El terror en África con cualquier atuendo que vista, es una enfermedad que ataca a las partes blandas de la sociedad en el Sahel, en la cuenca del lago Chad, en Mogadiscio, la capital de Somalia, y detrás de cada uno de sus actos se evidencia la lucha por el poder, tal vez lo esencial que engarce a esos dispersos hechos sangrientos.

Resolver los problemas del Sahel parece sumamente difícil, ante todo por la complejidad de su dinámica y las percepciones diferentes de unos y otros respecto a qué táctica seguir para evitar que esos dilemas de seguridad de todo tipo continúen matando a la subregión, la cual pese a todos los percances aún puede tener futuro.

Julio Morejón/Prensa Latina

[INVESTIGACIÓN LÍNEA GLOBAL]

 

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