domingo 5, julio 2020

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Ankara, Turquía. El caso del periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado en el consulado de su país en Estambul el 2 de octubre, está llevando a Turquía y a Arabia Saudita al punto más bajo de sus relaciones.

De acuerdo con lo publicado por la prensa, a partir de las filtraciones hechas por fuentes de la investigación, Khashoggi habría sido torturado, asesinado y descuartizado en la legación diplomática por un grupo de 15 personas, llegadas desde Arabia Saudita para llevar a cabo esta misión.

Por su parte Arabia Saudita, pese a reconocer la muerte del periodista, consideró que los hechos ocurrieron de forma accidental y no premeditada, y evitó hacer cualquier referencia a dónde se encontraría el cadáver.

Además, varios de los integrantes de ese equipo fueron identificados posteriormente como personas muy cercanas al círculo de poder del príncipe heredero saudita Mohammed bin Salmán, gobernante en la sombra y verdadero artífice de muchas de las políticas llevadas a cabo por Riad.

Sin embargo, la decisión de las autoridades sauditas de reestructurar la Presidencia General de Inteligencia “para garantizar el correcto funcionamiento de su trabajo y la determinación de responsabilidades”, y la destitución de varios de los dirigentes de este organismo, se dejó en manos del príncipe, lo que plantea serias incógnitas sobre la imparcialidad de la investigación.

Lo cierto es que bajo una apariencia de cordialidad las relaciones turco-sauditas se mantienen distantes, debido a una serie de cuestiones relacionadas con los acontecimientos en la región, en un nivel de pragmatismo diplomático que les impulsa a tratar de evitar enfrentamientos directos, a pesar de sus diferencias.

La monarquía saudita es vista desde Ankara como un poderoso rival en oriente próximo, que sirve más a los intereses de Estados Unidos e Israel que a los del mundo islámico, y a su vez el apoyo prestado por Turquía a los Hermanos Musulmanes (HH.MM.) y a sus ramificaciones como Hamas, es considerado por Riad como una amenaza existencial.

En 2011, Turquía contribuyó al derrocamiento de los regímenes de Túnez y Egipto, que habían forjado estrechos vínculos con Arabia Saudita, colaborando financiera y logísticamente con partidos cercanos al movimiento HH.MM. y a su visión del islam político, y extendiendo su apoyo hasta Siria junto a su aliado Qatar.

Pero la geopolítica cambió rápidamente, en 2013 el presidente egipcio Mohamed Morsi, aliado de Turquía, fue destituido en un golpe de Estado patrocinado por Riad y tras la muerte del monarca Abdullah, en 2015, el príncipe Bin Salmán se convirtió en el líder de facto de Arabia Saudita, uniéndose a Egipto y los Emiratos Árabes Unidos para iniciar una guerra contra los HH.MM. en toda la región.

De ese modo las tensiones por la hegemonía en la zona quedaron latentes entre los dos bandos, Turquía y Qatar por un lado, frente a Arabia Saudita y sus aliados, hasta que en junio de 2017 la coalición liderada por Riad estuvo a punto de la guerra con Qatar, rompiendo relaciones diplomáticas e imponiendo un bloqueo que aún perdura.

Turquía envió unidades militares y estableció un puente aéreo para llevar ayuda material y tratar de mitigar el embargo impuesto a Qatar, que además tuvo el apoyo tácito de Irán, país considerado por la coalición saudita, Estados Unidos e Israel como la principal amenaza para el orden en oriente próximo.

Durante ese lapso de tiempo Khashoggi pasó de ser un reconocido periodista en su país, además de asesor de la familia del rey Abdullah, a prohibírsele escribir incluso en Twitter, con la llegada de Bin Salmán.

La represión desatada contra su círculo de amigos y familiares impulsó a Khashoggi a exiliarse en Estados Unidos y a tomar partido por el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, cuando se desató la crisis con Qatar.

El periodista estableció una relación cercana con el líder turco tras entrevistarle en 2016, y en las elecciones de junio de 2018 le prestó su apoyo durante la campaña electoral.

Además, en los últimos meses había ido mostrando de forma cada vez más clara su apoyo al movimiento HH.MM., lo que sumado a sus artículos críticos contra el príncipe saudita lo habían convertido en un molesto contendiente del bando enemigo.

El hecho de que Khashoggi tuviera tan buenas relaciones con figuras destacadas del gobierno turco, y las fuertes vinculaciones de éste con los principales medios de prensa en el país, hizo que desde el mismo momento de la desaparición del periodista comenzaran las duras denuncias contra Riad.

De ese modo, aunque Erdogan se abstuvo de acusar abiertamente a Arabia Saudita en el primer momento de la desaparición de Khashoggi, su asesor Yasin Aktay insistió en que el reconocido periodista había sido asesinado brutalmente en el consulado de Estambul.

Sin embargo, poco tiempo después Aktay dio marcha atrás en sus afirmaciones, asegurando que no tenía sentido acusar a Arabia Saudita, y culpó a medios árabes de haber distorsionado sus palabras.

Otros responsables políticos turcos también modularon sus declaraciones, lo que demuestra que Erdogan no está interesado en una disputa con Riad, ofreciendo incluso la formación de un grupo de trabajo conjunto para investigar el caso.

El líder turco definió a Khashoggi como “un amigo de larga data”, y aseguró que “el deber político y humano de Turquía” era seguir de cerca este asunto con todos los medios disponibles.

Pero si el gobierno no busca un enfrentamiento directo con la monarquía saudita, y especialmente con el príncipe Bin Salmán hacia el que apuntan todas las evidencias, ha permitido que algunas pruebas de la investigación lleguen a grandes medios para tratar de presionar a través de la opinión pública mundial y poder mantener su difícil equilibrio.

Estados Unidos, aliado de ambos contendientes, ha enviado mensajes ambiguos que no dejan claro si adoptará una postura firme ante las conclusiones de la investigación o tratará de buscar un punto de entendimiento entre Ankara y Riad, en un asunto que para Naciones Unidas se debe aclarar cuanto antes y llevar ante la justicia a los responsables.

El reconocimiento del crimen por parte de Arabia Saudita rebaja la tirantez acumulada, pero las tensas relaciones entre ambos estados tienen hondas raíces y el asesinato del periodista, cercano a Erdogan, es un nuevo agravio que viene a sumarse a los ya existentes.

Antonio Cuesta*/Prensa Latina

*Corresponsal en Turquía.

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