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La lucha por la independencia, la soberanía nacional y la integridad del territorio fueron los motores de la Presidencia de Juárez durante la intervención francesa. Para el estadista, el gobierno no podía contraer ningún compromiso en el exterior ni en el interior que pudiera perjudicar esos principios

La intervención francesa (1862-1867) contuvo momentáneamente a Benito Juárez llevar hasta sus últimas consecuencias los postulados republicanos que están contenidos y/o son los fines políticos de la Constitución de 1857.

A él le tocó asumir la conducción del Estado laico durante ese conflicto armado. Su relevante discurso, al triunfo de la República, permite observar su pensamiento de esa época: “mexicanos, el gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la ciudad de México, de la que salió hace 4 años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes, tanto más sagrados cuanto mayor era el conflicto de la nación”.

Esta pieza, del 15 de julio de 1867, indudablemente es mucho más importante de lo que se ha considerado: es la síntesis de un Pericles mexicano honrando a los muertos por causa republicana, la defensa de la patria, la consolidación de la soberanía nacional y el apuntalamiento de las nacientes instituciones liberales y democráticas con sustento constitucional, y reconociendo a los que sobrevivieron leales a las causas de la lucha armada y política que, con todas las deserciones no logran quebrar la voluntad granítica del Presidente de la República.

“Ya sea por el temor, o por los halagos, Juárez comienza a ver desaparecer de su lado a hombres que se habían llamado patriotas y que van a reconocer al gobierno de la intervención y sacar provecho de una traición, que no por más tardía era menos asquerosa que la de Almonte”, escribió el biógrafo Anastasio Zerecero [páginas adelante me ocuparé del discurso juarista al regresar tras su “huida hacia delante” del estratega republicano].

Nada como asomarse al ensayo de Francisco López Serrano para tener una concepción de lo que la prensa del tiempo de Juárez informaba y lo que opinaban los periodistas republicanos sobre los sucesos de la época y, en particular, de la combativa “prensa nacional durante la lucha contra la Intervención y el Imperio (y que dicho autor)…confrontó el pensamiento liberal con el ideario de la reacción, de los imperiales, de los equivocados, por no llamarlos de otra manera”, en las palabras del autor del prólogo a ese trabajo, el literato y juarista Andrés Henestrosa (1).

Hubo, también, pues, la prensa conservadora, derechista y, sobre todo, clerical en complicidad con la monárquica, en busca de ganar adeptos para su causa, en su origen y final perversamente fallida, que invocando sus principios metafísicos religiosos buscaron conmover a la nación para engrosar sus filas a favor del derrocamiento de Juárez y el entronizamiento de Maximiliano, que nunca, ni legal ni legítimamente, fue emperador; como tampoco constitucionalmente fueron presidentes Félix María Zuloaga, Robles Pezuela y Miguel Miramón, porque Juárez era en ese tiempo el presidente constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, conforme a la Constitución Política de la República Mexicana de 1857, “sobre la indestructible base de su legítima Independencia, proclamada el 16 de septiembre de 1810 y consumada el 27 de septiembre de 1821”, como el citado texto constitucional lo asienta en su introducción.

Su paso de 5 años por el gobierno de su natal Oaxaca preparó a Juárez con su arsenal de conocimientos jurídicos, experiencia política-administrativa sobre la conducción del Estado y la información sobre federalismo, separación de poderes, buen gobierno republicano y honradez a toda prueba contra todas las modalidades de la corrupción.

El estadista había leído, estudiado y comprendido a Benjamín Constant (el ya para entonces célebre pensador del liberalismo político, autor de La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos y Curso de política constitucional). El traductor de la obra de Henry Benjamin Constant de Rebeque (1767-1830), nacido en Suiza y avencidado en Francia, en su estudio del liberal finalmente francés, puntualiza: los liberales mexicanos del Plan de Ayutla deben algunas de sus ideas por una más o menos su filiación a Constant” (F L de Yturbe), en el prólogo a un libro del ya clásico teórico francés.

En la poco conocida pero plenamente veraz biografía de Juárez, escrita por Anastasio Zerecero Azpeytia, se confirma la lectura de los creadores del pensamiento del liberalismo político: “dos autores contribuyeron a formar el espíritu liberal de Juárez: Benjamin Constant y S G Roscio. La obra de este último la leyó y meditó –según testimonio de D José M Maza y Lic D Félix Romero–, se titula: El triunfo de la libertad sobre el despotismo, en la confesión de un pecador arrepentido de sus errores políticos y dedicado a desagraviar en esta parte a la religión ofendida con el sistema de la tiranía. Su autor, S G Roscio, ciudadano de Venezuela en la América del Sur. Tercera impresión. Oaxaca: Imprenta de York a cargo de Juan Oledo, 1828”. (2).

Por esa formación en el pensamiento del liberalismo político es que Juárez, enriqueciendo su punto de vista de teoría política con la experiencia de los regímenes federalistas y constitucionales, es un convencido de que “la Constitución es un pacto” y, como tal, con la generación de la Reforma, estiman la importancia del “documento escrito” y que “casi todas las modernas constituciones contienen normas de organización y un catálogo de derechos fundamentales y de libertad, en cuanto constituciones democrático-republicanas” (2). Por sus discursos, actos y biografías se deduce que así era la concepción que tenía Juárez del derecho positivo y escrito versus el tan en boga todavía derecho natural que nublaba a los de por sí cortos de miras reaccionarios que esperaban que todo cayera “buenamente del cielo”, queriendo someter a la nación invocando a sus dioses y casi alegar que tenían un derecho divino para imponer una monarquía y cerrarles el paso a los liberales, difamándolos de “ateos” para desacreditarlos. Y para traer al ingenuo de Maximiliano y a la enloquecida de Carlota, pseudoargumentaban con base al falso jusnaturalismo (3).

Juárez, con todo ese bagaje cultural y su voluntad política puesta a prueba una y otra vez, enfrentó exitosamente a sus enemigos, a sus adversarios y a los liberales que flaquearon cuando la nación libraba luchas intestinas contra los reaccionarios y sufrió la invasión de las fuerzas militares francesas, tras el ultimátum de Francia, Inglaterra y España y que bien sintetizara Víctor Hugo para precisar la grandeza del indio de Guelatao: “De este lado del mundo tres imperios, de aquel lado del Océano un hombre: Juárez”. La parte de la nación consciente que, conforme se expandía la información sobre lo que representaba y defendía, en la perspectiva histórica, el estadista fue aumentando hasta tener Juárez la aprobación (y por donde estratégicamente transitaba, y no como se ha dicho: huyendo), el apoyo de la mayoría del pueblo y de las élites que comprendieron que Juárez era el patriota que, manteniendo a salvo al Estado y la representación presidencial constitucional era, en ese momento histórico, el único que se había decidido a ser el factor de unión (no de unidad) de la nación mexicana. Y que Juárez era la modernización liberal política y económica al encabezar a los del “partido del progreso” contra los del “partido del retroceso” (4).

Esa modernización política y económica no solamente tenía sus antecedentes en los 5 años del gobierno juarista en Oaxaca, sino que puso la primera piedra de proyección nacional, con la expedición de la “Ley Juárez” del 22 de noviembre de 1855 que daba los primeros pasos hacia la separación del poder Judicial del poder Ejecutivo y “reorganizaba el sistema judicial, que limitaba los privilegios judiciales de la milicia y el clero y abolía los tribunales mercantiles especiales” (5). Ésta desencadenó la furia conservadora y el miedo del ala de los liberales moderados quienes en un pacto de complicidad presionaron para precipitar la renuncia de Juan Álvarez e imponer como sucesor a esa piltrafa humana que era Comonfort y quien se salvó, después de haber ordenado encarcelar a Juárez (para entonces ya presidente de la Suprema Corte de Justicia) como último acto de su efímera presidencia (diciembre de 1855 a noviembre de 1957) al decretar su libertad y así facilitar, en medio de las dificultades de la contrarrevolución conservadora nuevamente en marcha, que el estratega republicano asumiera constitucionalmente la Presidencia de la República por la falta absoluta del presidente en ejercicio, para los últimos 2 años de un cargo que era por 4. Y así Juárez es presidente interino para el lapso comprendido del 16 de enero de 1858 al 1 de marzo de 1861. La nación, el Estado y de éste uno de sus principales órganos, el Supremo Poder Ejecutivo de la Unión, tenían finalmente a un auténtico hombre de Estado: Benito Juárez. El mismo que durante los casi 13 años (1858-1872) desempeñó con patriotismo una Presidencia que se inaugura, políticamente, con el Manifiesto de Juárez a la Nación del 19 de enero de 1858, al trasladar la sede del gobierno federal a Guanajuato. Y que en Veracruz, el 7 de julio de 1859, las tres cabezas pensantes más ilustradas y decididas –Juárez, Ocampo y Lerdo de Tejada (por supuesto Miguel, la poderosa inteligencia del liberalismo)– dan a conocer el Manifiesto del Gobierno Constitucional a la Nación (6) donde se informa lo que serán las Leyes de Reforma y las demás disposiciones reglamentarias, con aquéllas, de la Constitución de 1857, para el cabal cumplimiento de lo dispuesto en esa Ley Fundamental. Este Manifiesto es un documento excepcional. Algo así como el “principio del final” del antiguo régimen. El Manifiesto es nuestro 4 de agosto de 1789 de la Revolución Francesa, cuando se “destruye enteramente el régimen feudal” (7) y que la contrarrevolución “de los reaccionarios, que al fin son mexicanos”, con la complicidad de la invasión francesa y Maximiliano, intentaron la regresión histórica para revertir la modernización puesta en marcha por los liberales, quienes con Juárez la hicieron irreversible, al “maniobrar el más formidable viraje histórico”.

Un historiador ha escrito que “la comunidad humana ha elevado, frecuentemente, a hombres peores de lo que hubiera merecido. Los pocos mejores son los verdaderos inmortales” (7). Estos mejores fueron la Generación de la Reforma y de ellos, con la parte de la nación que apoyó y secundó esa liberalización, Juárez, fue y es “la figura singular (que) habrá, siempre, de atreverse a todo: la audacia será su mayor virtud…y nunca será grande su poder y su influjo si no pone en riesgo su vida y su nombre” (9). Así es como Juárez cruza el umbral de la historia nacional a la historia universal. Juárez hizo madurar políticamente a la nación, forjando en el yunque de su persistencia, su capacidad y su férreo carácter por cumplir con el deber frente a los desafíos que se le presentaron. “Los pueblos maduros –escribió Veit Valentin–, ciertamente, a la larga sólo creen ya en la virtud persistente, cuyo dominio es la dedicación”. Nadie fue tan dedicado a la causa de la nación, como su causa, que Juárez.

“Pero, dice el mismo historiador Veit Valentin, la Historia Universal (y en consecuencia las nacionales) no es, en modo alguno, una colección de vidas de personajes heroicos, como algunos biógrafos quisieran hacernos creer”. Y la biografía de Juárez no es la del hombre providencial, sino la del Estadista que supo ser el abanderado de los planteamientos políticos, sociales, económicos y culturales de la parte de la nación por donde ya circulaban las ideas del liberalismo político y del liberalismo económico, cuyo factor común era la Constitución escrita, los derechos individuales, la separación de poderes, la enseñanza laica, el sometimiento de la Iglesia y las iglesias al Estado laico, la tolerancia religiosa con libertad de creencias, la igualdad ante la ley y el gobierno de las leyes en un contexto democrático y republicano.

Sea o no cierta la anécdota de Espartaco que cuando “la revolución de los esclavos”, al ser aplastada y sitiados, el jefe de las legiones romanas, Craso, buscaba, vivo o muerto a Espartaco, y como no lo encontraba, preguntó a voz en cuello: “¿Quién es Espartaco?”. Y uno a uno los esclavos fueron respondiendo: “¡Yo soy Espartaco!”, hasta que en ensordecedor coro repetían la frase. En el caso de ese capítulo mexicano, Juárez no estuvo solo, aunque muchos liberales timoratos y sin perspectiva histórica desertaron; otros renunciaron a seguir con él, como Guillermo Prieto. Pero de la nación consciente hubo mexicanos que fueron Juárez, individual y colectivamente, hasta el triunfo y consolidación de la República. Sintetizando en una frase lo anterior: Juárez fue el pueblo; el pueblo fue Juárez. Y el liberalismo las ideas, con las cuales se pudo crear una experiencia que es conocida como La Reforma.

El discurso de Juárez

Se hace necesario detenerse en el discurso del estadista Benito Juárez, al triunfo de la República Restaurada, es una pieza maestra. No se le ha dado la importancia que tiene el documento que unos dicen que dio lectura el 15 y otros el 17 de julio de 1867 (verbigracia: Ralph Roeder y Walter V Scholes, respectivamente). Lo cierto es que los 10 párrafos son un acerado texto político tucididiano, por cuanto que honraría las páginas del autor de La Guerra del Peloponeso y por ello es necesario reproducirlos:

“Mexicanos, el gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la ciudad de México, de la cual salió hace 4 años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes, tanto más sagrados cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad.”

Al entrar Juárez a la capital de la República y, con las mismas palabras de Tucídides al referirse a uno de los discursos de Pericles, señaló:

“Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la independencia y de las instituciones de la República… Lo han alcanzado los buenos hijos de México, combatiendo solos, sin auxilio de nadie, sin recursos, sin los elementos necesarios para la guerra. Han derramado su sangre con sublime patriotismo, arrostrando todos los sacrificios, antes que consentir en la pérdida de la República y de la libertad.

“En nombre de la patria agradecida, tributo el más alto reconocimiento a los buenos mexicanos que la han defendido, y a sus dignos caudillos. El triunfo de la patria, que ha sido objeto de sus nobles aspiraciones, será siempre su mayor título de gloria y el mejor premio a sus heroicos esfuerzos.

“Lleno de confianza en ellos procuró el gobierno cumplir sus deberes, sin concebir jamás un solo pensamiento de que le fuera lícito menoscabar ninguno de los derechos de la nación. Ha cumplido el gobierno el primero de sus deberes, no contrayendo ningún compromiso en el exterior ni en el interior, que pudiera perjudicar en nada la independencia y soberanía de la República, la integridad de su territorio o el respeto debido a la Constitución y a las leyes. Sus enemigos pretendieron establecer otro gobierno y otras leyes, sin haber podido consumar su intento criminal. Después de 4 años, vuelve el gobierno a la ciudad de México, con la bandera de la Constitución y con las mismas leyes, sin haber dejado de existir un solo instante dentro del territorio nacional.

“No ha querido, ni ha debido antes el gobierno, y menos debiera en la hora del triunfo completo de la república, dejarse inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido. Su deber ha sido, y es, pesar las exigencias de la justicia con todas las consideraciones de la benignidad. La templanza de su conducta en todos los lugares donde ha residido, ha demostrado su deseo de moderar en lo posible el rigor de la justicia, conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes en lo que sea indispensable para afianzar la paz y el porvenir de la nación.

“Mexicanos, encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República”.

“Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

“Confiemos en que todos los mexicanos, aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las calamidades de la guerra, cooperaremos en lo de adelante al bienestar y a la prosperidad de la nación, que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes y con la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo.

“En nuestras libres instituciones, el pueblo mexicano es el árbitro de su suerte. Con el único fin de sostener la causa del pueblo durante la guerra, mientras no podía elegir sus mandatarios, he debido, conforme al espíritu de la Constitución, conservar el poder que me había conferido. Terminada ya la lucha, mi deber es convocar desde luego al pueblo para que, sin ninguna presión de la fuerza y sin ninguna influencia ilegítima, elija con absoluta libertad a quienquiera confiar sus destinos.

“Mexicanos, hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear, viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad.”

El discurso es una explicación ante el demos, para dar cuenta y razón de cómo se ejerció el kratos, de la entonces naciente y por la tanto elemental democracia que había salido lo mejor librada de la crisis que generó la toma de las más certeras decisiones por parte de Juárez, como estratega de la República. Crisis en sentido de su origen etimológico-histórico de krisis y krínein: examinar, decidir. “Es éste el sentido en que la utiliza Tucídides. En la guerra del Peloponeso; el término aparece seis veces, cargado de connotaciones jurídicas que eran el resultado de su empleo en las asambleas públicas y en los procesos” (11). Los desacuerdos y las críticas, incluso enfrentamientos, antes y después de que Juárez tomó las decisiones de permanecer en el cargo de presidente, de parte de los liberales (como las de Ignacio Ramírez y Francisco Zarco, etcétera) y que hasta calificaron de golpe de Estado, no pueden aislarse del contexto de la crisis de guerra y sin condiciones para celebrar elecciones, que sitiaron a Juárez y que rompió por la vía de las facultades extraordinarias para permanecer en el cargo, contra viento y marea, para poder conducir la nave estatal en el picado mar de la crisis y que favorecieron a la causa para decidir la victoria a favor de los mexicanos contra los franceses. Al utilizar la palabra crisis para “aplicarla igualmente a la guerra, el historiador (Tucídides) indica que los combates en la tierra y en el mar zanjaron, decidieron, el gran conflicto entre persas y griegos” (12).

Con todo, en su momento los desacuerdos y las críticas incluso los punzantes cuestionamientos de los liberales que antes y después de la crisis y ante las reelecciones de Juárez, nunca fueron reprimidas ni censuradas por el triunfante estratega de la República. A Guillermo Prieto, que había abandonado a Juárez en plena crisis, días después de que el indio de Guelatao se ha instalado en Palacio Nacional (despreciando ir a vivir al Castillo de Chapultepec, que utilizó de lo lindo Porfirio Díaz y ha sido la tentación de presidentes y sus esposas pretendiendo imitar a Carlota), solicitó audiencia, para buscar la reconciliación: “Aquí estoy –le dijo a Juárez al ser recibido–. Haz conmigo lo que quieras”. Juárez lo abrazó, y nunca más se habló de su distanciamiento.

Ante la libertad de prensa, Juárez se mantuvo fiel a su declaración de Veracruz del 7 de julio de 1859: “La emisión de las ideas por la prensa debe ser tan libre, como es libre en el hombre la facultad de pensar, y el gobierno no cree que debe imponérsele otras trabas que aquellas que tiendan a impedir únicamente la publicación de escritos inmorales, sediciosos y subversivos, y de los que contengan calumnias o ataques a la vida privada”. Y en su discurso al triunfo de la República: “No ha querido, ni ha debido antes el gobierno y menos debiera en la hora del triunfo completo de la república, dejarse inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido”.

Prácticamente el último periodo presidencial de Juárez fue el que inició en diciembre de 1867, porque el que inició 4 años más tarde fue interrumpido a los 6 meses de iniciado: Juárez fallecía el 18 de julio de 1872.

Referencias:

 [1] Francisco López Serrano, Los periodistas republicanos, Editorial Libros de México, 1969.

[2] Benjamin Constant, Curso de Política Constitucional, Taurus ediciones, España, 1968.

[3] Anastasio Zecerero, Benito Juárez. Biografía, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. México, 1987.

[4] Hans Kelsen, Teoría general del Estado, Editora Nacional, México, 1980.

[5] John Neville Figgis, El derecho divino de los reyes, Fondo de Cultura Económica, México, 1982.

[6] José María Luis Mora, México y sus revoluciones y Obras sueltas; Editorial Porrúa, México, 1986 y 1963, respectivamente.

[7] Walter V Scholes, Política mexicana durante el régimen de Juárez: 1855-1872, Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

[8] Mario V Guzmán Galarza, Documentos básicos de la Reforma: 1854-1875 (Tomo II), Federación Editorial Mexicana, México, 1982.

[9] Francois Furet y Mona Ozzuf, Diccionario de la Revolución Francesa, Alianza Editorial, España, 1989.

[10] Veit Valentin, Historia Universal: los pueblos. Los hombres. Las ideas; Editorial Sudamericana, Argentina, 1957.

[11] Veit Valentin, op cit.

[12] Arthur Koestler, Espartaco. La rebelión de los gladiadores, Edhasa, España, 1993.

Álvaro Cepeda Neri/Tercera de cuatro partes

[ANÁLISIS HISTÓRICO]