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Un reciente intento de derrocamiento contra el gobierno de Patrice Trovoada, en el archipiélago Santo Tomé y Príncipe, revela que el uso de mercenarios sigue activo en ese continente. En el caso están involucrados tres exsoldados españoles, detenidos durante el frustrado atentado

Marco, Orlando y José Manuel son tres exsoldados españoles que permanecen en la prisión central de Santo Tomé y Príncipe, la única cárcel del país (un archipiélago en el Golfo de Guinea, excolonia africana portuguesa), hasta enfrentar los cargos de mercenarios tras intentar derrocar al gobierno de Patrice Trovoada.

El plan era asesinar al primer ministro y luego secuestrar al presidente del Parlamento y al jefe de Estado, con lo cual desmontarían medularmente la autoridad institucional, y con eso se presume querían eliminar toda la estructura de mando civil que pudiera contrarrestar el golpe.

Ese tipo de conspiración no es novedosa en el continente; se trata de un instrumento neocolonial que golpeó en los pasados 60 años y ahora con otros camuflajes vuelve a ser una práctica que hace estrago, pese a los esfuerzos oficiales por erradicarla y el rechazo de buena parte de la opinión pública mundial.

Actualmente, en un contexto global de privatizaciones neoliberales, los conflictos armados más que guerras son negocios en manos de poderosos gerentes, quienes en muchas ocasiones las emprenden contra estamentos institucionales y hasta contra gobiernos atrapados en el mal mayor, el subdesarrollo.

Los tres acusados cayeron el pasado 3 de agosto con todo su arsenal, declararon fuentes oficiales santotomenses sobre el resultado de una operación en la cual les ocuparon armas de guerra, como fusiles AK-47, municiones de diverso tipo, granadas, gafas de visión nocturna, bayonetas, machetes y otros útiles.

En tanto se despejaban incógnitas sobre la conspiración, el sitio elmundo.es, al indicar el bajo perfil dado al asunto, apuntó: “Como si la supuesta intentona golpista que le atribuyen a los tres españoles en ese archipiélago del golfo de Guinea, antaño mercado de esclavos, fuera cosa menor”, porque lo ocurrido preocupa y rememora otras agitadas épocas.

Soldados de fortuna 

Mercenario es aquel efectivo que en calidad de militar activo, lucha o participa en un conflicto armado para beneficiarse económicamente de ello, generalmente sin miramiento ideológico o de nacionalidad o preferencias políticas para el lado que pelea. Se le considera asesino a sueldo y también se le denomina soldado de fortuna.

Desde la antigüedad existieron guerreros que vendían sus conocimientos y habilidades militares al mejor postor y en África se conoce su uso desde el año 1500 antes de nuestra era, cuando el faraón Ramsés II contrató a 18 mil y les pagaba el desempeño en los combates con lo que saqueaban, la comida y el agua.

En el siglo XIX, los mercenarios actuaron en la guerra colonial anglo-boers, donde sobresalió el mayor estadounidense Frederick_Russell Burnham (1861-1947); se le conoció por servir en el ejército británico, con el que participó en la segunda guerra contra los boers (colonizadores holandeses) y en 1896 en la de Matabele, Rhodesia.

En 1960, junto con la descolonización en el continente, comenzó una escalada de tensiones por el poder, fracturas territoriales y la aplicación de nuevos esquemas en las operaciones antinacionalistas. Fue en ese período de tránsito hacia la configuración definitiva de los Estados recién independientes, en el que el mercenarismo desempeñó un papel marcadamente reaccionario.

Todo un negocio

En África el empleo de mercenarios resultó un ejercicio muy lucrativo luego de los años 60, es decir tras las independencias, cuando los intereses de las antiguas metrópolis corrían peligro ante los fuertes aires de emancipación que batían en la mayor parte del continente.

El dictador Joseph Mobutu (1930-1997), uno de los asesinos del líder congoleño Patricio Lumumba, empleó esos criminales a sueldo contra grupos guerrilleros y la sublevación en Katanga, así como aportó finanzas y ayuda militar a los “perros de la guerra” que agredieron Angola en noviembre de 1975.

Esa embestida se ejecutó con el desplazamiento de los agresores en la dirección norte-sur desde la frontera con Zaire, cuyo presidente negoció -desde 1972 identificado como Mobutu Sese Seko- con representantes de Estados Unidos la participación de tropas nacionales para invadir al país vecino antes que éste pudiera formalizar su independencia de Portugal.

Fue precisamente durante su incursión en el norte angoleño que los soldados rentados, quienes pretendían en un paseo llegar a la capital, resultaron detenidos en un área entre las localidades de Panguila y Quifangondo, en la provincia de Luanda, donde sufrieron su primera gran derrota en África.

El 23 de octubre de 1975, el Frente Nacional de Liberación de Angola, de Holden Roberto y sus seguidores de la comunidad bakongo, 120 mercenarios portugueses, soldados zairenses y dos grupos de asesores, uno sudafricano y otro de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense, se lanzaron a ocupar la capital angoleña.

En la urbe era fuerte la presencia de la guerrilla del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), preparada para el Día de la Independencia, el 11 de noviembre y con ella se hallaba un pequeño grupo de cubanos; ambas fuerzas enfrentaron a los invasores en Quifangondo.

La victoria el 10 de noviembre en esa zona atravesada por el río Bie, se concretó con la estampida de los soldados de fortuna, de los que 13 fueron juzgados en Luanda y sobre los que pesaban 139 cargos: cuatro fueron condenados a pena de muerte, tres a 30 años de prisión, tres a 24 y el resto a 16.

El resultado de aquella campaña posibilitó al MPLA, de Antonio Agostinho Neto, convertirse en el principal protagonista del poder en la post-independencia, aunque años después la Sudáfrica del apartheid emplearía nuevamente mercenarios para agredir al Estado angoleño, en ese entonces con el llamado Batallón Búfalo o 32 Batallón.

El color rosado de leyenda, el glamour y la valentía con los cuales la propaganda occidental identifica a los mercenarios, crea una extraña y peligrosa orla de virtuosismo alrededor de los soldados de fortuna.

Esa imagen amplificada y repetida contagió muchas mentes, mientras distorsionaba el carácter criminal de los mercenarios, lo cual en África llegó a convertirse en un instrumento del quehacer reaccionario, del que se valió el neocolonialismo para intentar retrotraer o secuestrar la historia.

Perros rabiosos

Gilbert Bourgeaud es el verdadero nombre de un francés que trascendió como el mercenario más conocido en el siglo XX, cuando identificado como Bob Denard realizó sus operaciones contra gobiernos africanos establecidos, las cuales recorrieron escandalosamente las páginas de la prensa occidental.

En 1978, Ahmed Abdallah Abderramane asumió el poder en las Comoras con el apoyo de Denard y de entre 300 y 700 mercenarios, quienes formaron la Guardia Presidencial, ya que el ejército contaba con sólo 1 mil efectivos. El mandatario fue asesinado en 1989 y el jefe de fortuna tuvo que exiliarse.

El 28 de septiembre de 1995 un grupo de exsoldados europeos encabezados por el propio Bob Denard y apoyados por militares de las Comoras derrocaron al gobierno y tomaron en calidad de rehén al presidente Said Mohamed Yohar, pero tropas especiales galas procedentes de la isla de Mayotte desarticularon la conspiración.

Considerado como el soldado de fortuna más mediático, Bob Denard fue detenido en 1995 por el Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional y el 13 de octubre del pasado año falleció a causa del Alzheimer en un hospital de París, luego de archivar una larga historia de atentados, secuestros, asesinatos y golpes de Estado.

El escritor británico Frederick Forsyth se inspiró en Denard para crear un personaje (el irlandés Thomas Alfred Carlo ”Cat” Shannon) en la novela Los perros de la guerra, un título que tomó de una frase pronunciada en la obra Julio César, de William Shakespeare, de 1599.

En 1964 estalló en el entonces Congo-Léopoldville la Rebelión de los Simbas, un movimiento encabezado por seguidores de Patricio Lumumba, entre ellos Pierre Mulele y Christopher Gbenye, quienes profesaban un nacionalismo profundamente comprometido con la izquierda política.

Para enfrentar la insurrección, el gobierno de Joseph Kasavubu acogió a Moisés Tshombe -ambos implicados en la traición y el asesinato de Lumumba- y lo convirtió en primer ministro, con la idea de que combatiera a los simbas, para lo cual empleó a los mercenarios de Thomas Michael Hoare (Mike Hoare) denominados los Patos Salvajes (o Gansos Salvajes).

Tshombe además había recurrido al apoyo de Bélgica y de Estados Unidos para acabar con la rebelión, lo cual logró el llamado Quinto Comando, la unidad mercenaria de Hoare, que masacró a miles de rebeldes simbas entre 1964 y 1967, así como a una cantidad similar de insurrectos katangueses presos.

En las Seychelles, en 1978, se frustró un intento de golpe  organizado por Mike Hoare, quien comprometió en esa aventura a medio centenar de efectivos y según un comité internacional de la ONU, el gobierno sudafricano era parte del complot, al igual que en 2004 fracasó el plan del mercenario Simon Mann para derrocar al presidente ecuatoguineano Teodoro Obiang Nguema.

Mann, exoficial del ejército británico, fue cofundador de la firma de seguridad sudafricana Executive Outcomes, estuvo encarcelado en Guinea Ecuatorial por su intento de preparar un golpe de Estado y el asesinato de Obiang Nguema y tras ser capturado en ese intento fallido le condenaron a 34 años de prisión en Zimbabwe.

La relación de contactos para perpetrar el golpe de Estado en Guinea Ecuatorial incluían a Nick du Toit y Mark Thatcher, el hijo de la exprimera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, quien en 2005 fue juzgado en Sudáfrica por su vínculo con la conspiración y por lo cual debió pagar una multa de 380 mil euros.

Du Toit es un afrikáner vendedor de armas y exoficial del antiguo 32 Batallón, de mercenarios, en la Sudáfrica del apartheid. Su papel en el complot contra el presidente ecuatoguineano fue abastecer a los conspiradores con AK-47, lanzacohetes RPG-7, ametralladoras PK y morteros, así como tomar la torre de control del aeropuerto capitalino.

Otras mascaras

Con nuevas manifestaciones del mercenarismo salieron al ruedo las empresas de seguridad, algunas de ellas excomulgadas como Executive Outcomes y Sandline International, menos tradicionales pero con funciones afines a las “clásicas” en el ámbito de la privatización de la guerra, un concepto aupado en el proceso de globalización.

La sudafricana Executive Outcomes se disolvió oficialmente el 31 de diciembre de 1998, en tanto la firma británica Sandline International cesó todas las operaciones el 16 de abril de 2004, según manifestó en su sitio web por: “La falta de apoyo gubernamental para las empresas militares privadas dispuestas a ayudar a terminar con los conflictos armados en lugares como África (…)”.

Con novedosas versiones, presumiblemente otros camuflajes, las empresas de mercenarios continúan siendo un lastre en el siglo XXI, por lo cual el continente africano debe estar alerta para sobrevivir a los giros de la violencia neocolonial y a ingenuidades de sueños de lobos vengadores y rebaños inermes, que siempre terminan siendo pesadillas.

A esas últimas entidades de la muerte parecen adscribirse los tres ciudadanos españoles apresados en Santo Tomé, a quienes se sigue el proceso de investigación, durante el cual se espera todo salga a la luz y la justicia se concrete para finalizar de una vez la amenaza de los perros de la guerra.

Julio Morejón */Prensa Latina

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