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La Habana. Las previsiones estadísticas del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) 2018 no descartan un incremento de los flujos migratorios procedentes de África subsahariana hacia Europa.

A ese pronóstico le secunda el temor de un lamentable incremento desconocido del número de personas que perecerán en el intento de acceder a las costas del viejo continente, tras aventurarse en peligrosas travesías a través del Mediterráneo en embarcaciones frágiles pactadas con traficantes de seres humanos.

Fuentes oficiales hacen énfasis cada vez más en ese último tema, porque la trata constituye de hecho un crimen y de derecho una flagrante violación del respeto debido al individuo, según las convenciones que sirven de plataforma judicial para la convivencia internacional.

Se calcula que cada año 12 millones de migrantes, de ellos 7 millones de niños, cruzan las fronteras de África al sur del Sahara (occidental y central) a fin de mejorar sus vidas, económica y socialmente, aunque la mayoría, 75 por ciento, se queda en este continente y el resto se dirige a Europa.

“Cerca de 41 millones de personas fueron contabilizadas como migrantes internacionales que venían, se dirigían o se mudaban a África, según un informe de 2018 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad), presentado en la capital etíope, Addis Abeba”, destacó la agencia noticiosa Anadolu.

Esas migraciones en la dirección sur-norte se relacionan con  problemas de seguridad en general, fricciones por empleos en el ámbito laboral, así como intensifican otras contradicciones socio-sicológicas entre receptores y emisores, las cuales llegan a promover actos de xenofobia.

Persiste angustia ante posibles aumentos inconmensurables de inmigrantes, por ejemplo, el informe Tendencias Globales de Acnur 2017 indicó que como promedio hay un desplazado cada dos segundos, principalmente en los países en desarrollo, entre otros aspectos por las guerras.

Las secuelas de la violencia al sur del Sahara son evidentes en escenarios como Sudán del Sur y Nigeria, el primero debido a una intensa lucha por el poder entre los exaliados en la guerrilla enfrentada al gobierno de Jartum (1983-2005), y que luego de dos años de constituir un Estado se enfrascaron en una sangrienta contienda, en 2013.

Así la guerra en el territorio sursudanés entró recientemente -desde julio pasado- en una etapa de negociaciones, pero se estima que causó mucho más de 50 mil muertos y forzó a cerca de uno de cada tres nacionales a dejar su hogar; 2.1 millones abandonaron el país. La contienda sursudanesa es por el mando entre las elites de las dos principales comunidades nacionales, dinka y nuer.

En Nigeria, la compleja situación generadora de flujos migratorios deriva de la contienda contra la secta terrorista Boko Haram, lo cual constituye un asunto de seguridad de este Estado.

Respecto a Boko Haram, en 2002 tuvo su origen en el norte nigeriano, territorio habitado mayormente por musulmanes, pero desde 2009 aumentó la agresividad y se extendió a los demás países de la cuenca del lago Chad. Ya asesinó a más de 20 mil personas y generó el desplazamiento forzoso de más de 2.5 millones.

Los dos ejemplos citados no son los únicos generadores de flujos migratorios hacia el norte; también están el conflicto en Somalia, la tensión en las fronteras de la República Democrática del Congo y la violencia en República Centroafricana, así como la persistente amenaza integrista en la región del Sahel: todas fuentes para las estampidas.

No obstante… hay más, incluso ya se evalúa seriamente que las escaladas migratorias hacia Europa encajarían bien en planes conspirativos de los extremistas del llamado Estado Islámico, quienes en compañía de otras facciones africanas podrían motivar el caos para perjudicar a Europa, donde existen mucho recelo al respecto.

David Beasley, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA), aseguró al periódico británico The Guardian que esos terroristas “buscan continuar su injerencia y preservar la desestabilización para crear una nueva ola migratoria a Europa, con la cual penetrarían y provocarían el caos”.
“El origen de esta ola migratoria provendría del Sahel, región africana al sur del Sahara, donde Boko Haram y otros grupos mantienen una fuerte presencia desestabilizadora. Y el destino sería, una vez más, Europa”, conforme el sitio digital infobae.com.

Entonces, comienza a llegarse a conclusiones de que los flujos migratorios son problemas con un factor común: el subdesarrollo sureño, pero requieren una solución integral, compensada y promisoria, tanto para los emisores como para los receptores, pues es un desafío con muchos factores que le colocan en una doble vía.
Durante una reunión en 2015 en Malta, un Estado insular en el Mediterráneo, clave en las rutas migratorias hacia el viejo continente, se reforzó la percepción de que África era fuente de grandes éxodos que aumentaban la inseguridad y vincularon el asunto con la falta de oportunidades en los países pobres.

“El origen de este tipo de migración está más ligado a la pobreza y a la falta de oportunidades que ofrecen los países de origen a sus ciudadanos (…), así como de los que huyen de regímenes políticos, guerras civiles, hambrunas y estados fallidos en Sudán del Sur, Somalia y Nigeria”, resumió el diario ecuatoriano El Universo.

De ahí que para revertir tales situaciones se requiere no medidas coercitivas, sino regulaciones inteligentes y constructivas que -al parecer- aún no han visto la luz en los diseños de políticas multilaterales, las cuales deben transitar por el cambio de la imagen del “enemigo sureño” y avanzar en el tratamiento del asunto con voluntad constructiva.

En ese contexto se requieren acciones afirmativas que sobrepasen los esquemas y trituren el hábito neocolonial excluyente, con lo cual tal vez comiencen a darse pasos reales de manera natural para detener el flujo de “pateras” y  con ello la tragedia del migrante subsahariano.

“Estamos en un punto de inflexión y para que la gestión del desplazamiento en el mundo tenga éxito, es necesario un nuevo enfoque mucho más integral, que no deje solos a los países y a las comunidades frente a estas situaciones”, declaró el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Filippo Grandi.

Es preciso el redimensionamiento conceptual del asunto en el orden internacional respecto a cómo enfrentarlo sin deshonrar o destrozar al migrante, quien generalmente es un eslabón martirizado en la cadena de causas-consecuencias, en un escenario de situaciones en el cual las soluciones aplicadas aún dejan mucho que desear.

De todas formas, Masood Ahmed y Kate Gough, del Centro para el Desarrollo Global, afirman que “la combinación de desequilibrios demográficos y económicos significa que el flujo migratorio entre África y Europa casi con seguridad aumentará en las próximas décadas”.

Julio Morejón*/Prensa Latina

*Periodista de la redacción África y Medio Oriente.

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