Autor:

I. Se mezclan convicciones religiosas con principios político-jurídicos, para imprimirle al gobierno valoraciones metafísicas con la finalidad de llamar a la buena fe como medio para tratar los delitos. Hay en el ambiente lópezobradorista un fuerte olor religioso-místico, sustentado en la propuesta de “perdonar” a los delincuentes. Es propio de las religiones pregonar tales cosas, pero no jurídicamente. No se trata de perdonar, sino de cancelar preventivamente la actividad delincuencial. Y de reparar tales hechos ante los tribunales e imponer sanciones penales, al margen de la supuesta bondad de que es mejor perdonar. Así que en este país no debe aplicarse a los delincuentes aquello de que todos somos buenos, “perdonaos los unos a los otros” y “perdón y olvido”, invocando la moral e incluso la ética como propaganda para engañar a los creyentes de buena fe. Pues no hay más que derecho positivo desde la Constitución para tipificar los actos delincuenciales y llevarlos a los tribunales, con el intermediario del Ministerio Público, para recibir la sanción correspondiente.

II. El “perdón y olvido” entra como una finalidad religiosa, pues incluso los ofendidos o víctimas no siempre tienen derecho a otorgar el perdón. Por lo que hay que aclarar que los votos de los ciudadanos en las urnas el día de las elecciones son sufragios políticos para elegir funcionarios, que han de ajustar sus conductas a las normas jurídicas en vigor y no son sacerdotes de sectas o iglesias. Así que el lópezobradorismo debe dejar sus sermones, pues millones de víctimas reclaman que se respete el orden jurídico hasta sus últimas consecuencias. Y no confundir votos en las urnas con votos religiosos. Esto nos remite al memorable ensayo de Max Weber, El Político, donde nos dice que “la mística del mundo es de aquellos que no han estado a la altura de sus propio actos, a la altura del mundo como realmente es… Y no han tenido, en sentido profundo, la vocación para la política que creían tener”. Y que “quien busca la salvación de su alma y la de los demás, que no la busque por el camino de la política, cuyas tareas, que son muy otras, y que se vaya a un convento.

III. Andrés Manuel López Obrador quiere imponer el “perdonaos los unos a los otros”, en lugar de cumplir y hacer cumplir la Constitución, que jurará cuando tome posesión del cargo. Él ya se pronunció y también su próximo secretario de Seguridad, Alfonso Durazo, contra el “ojo por ojo, diente por diente”. Pero la nación demanda, como dijo Benito Juárez: “justicia a secas” para resolver el gravísimo problema de la violencia, o se multiplicará el hacer justicia por propia mano hasta llegar a las rebeliones sociales que pondrán en jaque-mate a las instituciones. Ni siquiera por una supuesta piedad parcial se debe proponer el “perdón y olvido”. Meter la religión en la política es antilaico, ya que lo único que cuenta es, al menos, reparar los daños conforme a la ley penal. Y parar la violencia, restaurar la paz social, tranquilizar las calles y que la impartición de la justicia sea rápida, expedita, imparcial e incorruptible.

cepedaneri@prodigy.net.mx

Lunes, 03 de Septiembre 2018