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París, Francia. Más de 1 año después de las elecciones presidenciales y legislativas de Francia, la correlación de fuerzas entre los diferentes partidos adquiere tintes enigmáticos cuando el país comienza a prepararse para los comicios europeos.

En mayo de 2019 están previstas las votaciones para elegir al Parlamento Europeo y desde ahora las formaciones empiezan a trabajar con vistas a esa cita en las urnas, que muchos consideran la primera prueba de fuego de estabilidad para el presidente Emmanuel Macron.

Hace poco más de 1 año, en la primavera de 2017, el panorama político quedó trastocado con unos inesperados resultados en las elecciones presidenciales y las legislativas. Los resultados generales de los dos escrutinios mostraron tendencias coincidentes: en primer lugar, la victoria de Macron y su movimiento La República En Marcha (LREM), un triunfo sorpresivo en ambos casos a raíz del cortísimo historial en la política francesa.

Un segundo resultado relevante fue el descalabro de los dos partidos tradicionales del país, el conservador Los Republicanos (LR) y el Socialista (PS), que por primera vez en las últimas décadas quedaron fuera del balotaje final por la Presidencia, y ninguno de los dos tampoco alcanzó la mayoría parlamentaria.

El tercer resultado fue la emergencia de fuerzas políticas ubicadas hacia los extremos: por un lado el ultraderechista Agrupación Nacional (antiguo Frente Nacional), liderado por Marine Le Pen, y en la izquierda el movimiento Francia Insumisa, encabezado por Jean-Luc Melenchon. Ambos políticos lograron altas e inéditas cifras de apoyo en las elecciones presidenciales y se consolidaron como figuras de peso en el debate político a nivel nacional.

No obstante, la principal conclusión de aquel proceso electoral fue la amplia victoria de Macron y su movimiento LREM en la Asamblea Nacional, lo que desde entonces permitía vislumbrar un camino abierto para que el nuevo presidente aplicara su programa de gobierno.

Un año después, el panorama político ha sufrido algunas variaciones, principalmente para la fuerza gubernamental. Gracias a su amplio dominio parlamentario, Macron ha podido aplicar una reforma tras otra sin grandes contratiempos, pero el rechazo popular a la mayoría de las transformaciones se hace sentir con constantes manifestaciones en las calles.

La popularidad del jefe de Estado ha caído en picada en unos 30 puntos, según el más reciente sondeo del instituto Ifop, que reportó en agosto una popularidad de apenas 34 por ciento, frente al 64 registrado al inicio de su mandato.

Al mismo tiempo, la labor de los parlamentarios de LREM es cada vez más cuestionada, y muchos analistas y políticos los consideran un mero ejército encargado de aprobar en bloque todas las leyes y medidas impulsadas por Macron.

Asimismo, se critica en muchos casos los problemas derivados de la falta de experiencia, pues la mayor parte de los diputados de LREM son novatos en política, sin ningún historial en el trabajo parlamentario.

A la luz de tales circunstancias, los analistas ven como un enigma lo que sucederá para las elecciones europeas y muchos opinan que en esa prueba de fuego para el presidente y su movimiento los resultados no serán tan favorables como hace 1 año.

Sin embargo, esas señas de debilitamiento en el bando gubernamental no significan directamente un fortalecimiento en la oposición. En el caso de los partidos tradicionales, la recuperación tras el descalabro de 2017 todavía no se vislumbra en un futuro cercano, con fenómenos similares tanto en el LR como en el PS.

Los dos partidos hicieron procesos internos para seleccionar nuevos líderes e impulsar una renovación, lo cual no ha dado los resultados esperados. En LR, el nuevo presidente Laurent Wazquiez procede del ala más radical de la formación, lo que le genera serias dificultades para lograr la cohesión y cada vez se alejan más los sectores moderados de la derecha.

A ello se añade que los líderes de mayor reconocimiento en el partido, como el expresidente Nicolas Sarkozy o el exprimer ministro Alain Juppé, se mantienen en un segundo plano distanciados de la nueva dirección, un factor que va en detrimento de la unidad, a juicio de los expertos.

En el PS resultó electo como secretario general el diputado Olivier Faure, quien en la actualidad intenta salir de la difícil situación imperante luego del periodo presidencial de François Hollande.
Tras gobernar por 5 años con mayoría parlamentaria, los socialistas lograron sólo 6.36 por ciento de los votos en las elecciones presidenciales (el candidato fue Benoit Hamon y después abandonó el partido para fundar su propio movimiento), mientras en las legislativas apenan alcanzaron 44 escaños, 262 menos que en el periodo anterior.

Mientras los dos grandes partidos todavía intentan recuperarse, sin grandes resultados, el foco de atención se centra en las dos formaciones emergentes y en sus posibilidades de consolidarse como oposición.

Por un lado, Marine Le Pen (que disputó con Macron la Presidencia en el balotaje) realizó un proceso de actualización del antiguo Frente Nacional y hasta le cambió el nombre por Agrupación Nacional, con el fin de distanciarse de la historia más radical de ese partido ultraderechista y darle aires renovadores.

Sin embargo, algunos factores le dificultan el avance como los problemas judiciales derivados del caso de los presuntos empleos ficticios en el Parlamento Europeo. A raíz de ese conflicto, la justicia francesa decidió decomisar la mitad de la subvención anual que le corresponde a la AN, equivalente a 2 millones de euros, lo que afectaría notablemente el funcionamiento y la capacidad de actuar del partido.

Por otro lado, Jean-Luc Melenchon se enfrasca en impulsar su movimiento Francia Insumisa como principal formación de oposición, y así lo demostró al iniciar su campaña con vistas a las elecciones europeas.

 “Vamos a hacer de la elección europea un referendo anti-Macron. Vamos a invitar a los franceses a darle una paliza democrática”, instó recientemente en la ciudad sureña de Marsella.

De acuerdo con los analistas, el principal desafío para el político es superar las tradicionales divisiones de la izquierda francesa, como única vía para reunir el apoyo suficiente que le permita constituirse en una oposición fuerte.

Hacia el futuro, el panorama político de Francia se vislumbra lleno de enigmas: ¿Macron logrará que su movimiento consiga otra vez un apoyo mayoritario de la ciudadanía? ¿Los partidos tradicionales alcanzarán a recuperarse? ¿Alguna de las formaciones emergentes conseguirá convertirse en una competencia real para LREM?

En este nuevo ciclo político, las elecciones europeas darán pistas importantes para responder esas preguntas.

Luisa María González/Prensa Latina
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