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Escribo este texto después de escuchar el pronunciamiento de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y su equipo sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM) de Texcoco. La rueda de prensa me hizo recordar que, durante la campaña presidencial del excandidato de Morena, Josefa González Blanco, virtual titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) en la próxima administración federal, dio a conocer un documento llamado NaturAMLO. Básicamente, el texto es un resumen de las propuestas de López Obrador en materia de medio ambiente. NaturAMLO inicia con la frase: “La tierra no es nuestra, nosotros somos de la Tierra.”. A continuación dice: “Sin embargo, nos hemos comportado como un dueño irresponsable y caprichoso durante años. Esto debe terminar.”

NaturAMLO incluye un decálogo de principios que serán la base de la política ambiental del presidente electo de México, entre los que se cuentan: “Desarrollo Integral y Sustentable”, “Perspectiva de Derechos Humanos”, “Transparencia y Rendición de Cuentas” y “Autodeterminación de Pueblos Originarios y Comunidades Locales”. Posteriormente, NaturAMLO habla de diferentes temas y da un breve diagnóstico y un plan de acción para cada uno: Agua, Biodiversidad, Cambio Climático, Ciudades Sustentables y Justicia Ambiental son los ejes. De esta manera, tenemos un documento primordial por el que –según se entiende– se regirán las acciones del futuro gobierno que dará inicio el 1 de diciembre de este año.

Por su naturaleza, se podría decir que NaturAMLO es la antítesis del proyecto estrella de la actual administración federal. Fincado sobre un terreno de vocación lacustre –fangoso, inundable– que ha sido totalmente desecado para dar paso a la infraestructura aérea, la construcción del NAICM –y su oscura ciudad satélite, la Aerotrópolis– ha terminado por diezmar gran parte de la diversidad biológica –principalmente a las aves residentes y migratorias que vivían en el lugar– remanente de la zona Oriente de la Cuenca de México. Además, esta obra ha alterado los flujos hídricos del área; ha propiciado la introducción del pino salado –una peligrosa especie de árbol invasor que es muy difícil de erradicar–, y ha elevado los niveles de contaminación de aire, agua y suelo de varios municipios que están en la zona de influencia del proyecto –Texcoco, San Martín de las Pirámides y Tepetlaoxtoc, entre otros–. También, el proyecto ha arrasado varios cerros circundantes debido a la extracción de arena y tezontle, causando una pérdida natural irreversible.

Por si lo anterior fuera poco, el proyecto está manchado por la sangre de los pobladores de San Salvador Atenco, los cuales, tan sólo por defender sus territorios, fueron brutalmente vejados y reprimidos por el gobierno del entonces gobernador del Estado de México Enrique Peña Nieto. Estas mismas personas fueron despojadas de sus tierras o fueron obligadas a venderlas a precios irrisorios –dichas tierras, ahora en manos de especuladores inmobiliarios, han multiplicado su valor–. Esas comunidades locales, que aún practican la agricultura de subsistencia, han visto cancelado su derecho a la tierra, al agua, al aire limpio y a un ambiente sano, lo cual les garantiza el Artículo Cuarto de nuestra Constitución Política.

Si López Obrador siguiera al pie de la letra su NaturAMLO, debería anteponer los derechos humanos, la conservación de la biodiversidad y la sustentabilidad urbana a las ganancias privadas de una minoría que disfraza su avaricia de ánimos desarrollistas. Si fuera congruente, Andrés Manuel cancelaría el NAICM sin necesidad de consulta alguna, por ser un proyecto presupuestal y técnicamente opaco, muy lesivo para el ambiente y los derechos de las comunidades del lugar, y en general por comprometer la viabilidad de la zona Oriente de la Cuenca de México –la Aerotrópolis entrará en claro conflicto con el abastecimiento de agua para la población–. Incluso, su edificación sobre un terreno inundable, inestable y cercano a cuerpos de agua, en donde aún vuelan muchas aves, pone en riesgo la integridad de los futuros usuarios de dicha terminal aérea, ya que serán vulnerables a eventuales tormentas, terremotos y colisiones aviares con las turbinas de los aviones.

Ahora, al delegar la decisión a terceros mediante una consulta popular, el próximo presidente de México ha evadido dar una postura formal sobre el tema, por lo que da la impresión de que está en franca contradicción con su propio decálogo. Está por verse si al final el tabasqueño será congruente con sus ideas de campaña, las cuales siempre fueron decididamente contrarias al NAICM de Texcoco.

Omar Suárez García*

*Biólogo y ornitólogo; doctorante en el Centro Interdisciplinario de Investigación para el Desarrollo Integral Regional (Unidad Oaxaca) del Instituto Politécnico Nacional

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